El Clarividente Capítulo 6
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Capítulo 6

Sin abrir los ojos, Anthony Lavera se volvió hacia un lado de la cama. Extendió el brazo y buscó a tientas el móvil, que no dejaba de sonar y vibrar sobre la mesita de noche.

—¿Sí? —respondió con voz pastosa.

Normalmente habría mirado la pantalla para ver quién llamaba antes de descolgar, pero le pesaban demasiado los párpados como para abrirlos.

—¿Señor Lavera?

La voz nasal le perforó los tímpanos.

—No hace falta que grite…

Se incorporó a duras penas en la cama. La sangre le martilleaba en las sienes, como si alguien tocara un tambor dentro de su cráneo. La voz seguía hablando, pero él no la escuchaba. Solo pensaba en el tubo de aspirinas que había guardado en el neceser.

—¿Señor?

Anthony cruzó la habitación dando tumbos hasta el cuarto de baño. El olor a vómito le revolvió el estómago.

—¿Señor? ¿Se encuentra bien?

El móvil se le cayó al suelo. Apenas le dio tiempo a inclinarse sobre la taza del váter.

La bilis le subió por la garganta como lava fundida y le abrasó el esófago a su paso.

Cuando terminó, se recostó contra la pared, agotado.

Posó la mirada en el móvil. Al parecer, quien llamaba seguía al otro lado. Anthony hizo una mueca.

—Joder, ¿quién coño es usted? —soltó mientras se secaba la boca con el dorso de la mano.

Hubo un breve silencio.

—Eh… Llamo de la…

Lo cortó en seco.

—¿Qué quiere a estas horas de la mañana?

Otra vacilación al otro lado de la línea.

—Son las dos y media, señor. De la tarde.

La voz volvió a preguntarle si se encontraba bien, pero Anthony no la oyó. Se había apartado el teléfono de la oreja y miraba la pantalla, incrédulo. 14:32. Eso marcaba el reloj.

—Necesito saber si es usted el señor Anthony Lavera, con domicilio en el número 15 de la rue des Pinsons, en Marsella.

Anthony se levantó de un salto, impulsado por la adrenalina que le inundaba el organismo. Ahora estaba completamente despierto.

—¿Es usted poli?

—Soy el brigada Gauthrie, de la Gendarmería de las Landas.

La cabeza de Anthony funcionaba a toda velocidad. Las Landas…

—Hemos encontrado un vehículo abandonado. Un Peugeot 2008 de Avis, alquilado en el aeropuerto de Burdeos. El contrato de alquiler está a su nombre.

Anthony se abalanzó hacia la ventana, que daba directamente al pequeño aparcamiento del hotel. Descorrió las cortinas de un tirón. Un rayo de sol le taladró las retinas y le arrancó un grito. Retrocedió como un vampiro sorprendido por el amanecer.

—¿Señor?

—¡Deme dos segundos, joder!

Haciéndose visera con la mano, volvió despacio a la ventana.

El aparcamiento del hotel estaba casi vacío.

Tres coches y una autocaravana, pero ni rastro del Peugeot que había aparcado la noche anterior.

Se dio la vuelta y vio la cazadora colgada junto a la puerta.

Cruzó la habitación a zancadas y rebuscó en los bolsillos.

Las llaves del coche ya no estaban. ¡Mierda! , pensó con todas sus fuerzas.

—Zoé se lo habrá llevado mientras yo dormía —dijo entonces, esforzándose por mantener la calma.

—¿Es su mujer?

Anthony se tensó. Miró la alianza que aún llevaba en el anular.

—No —respondió por fin—. Es mi cuñada.

—¿Cuándo habló con ella por última vez?

Recorrió con la mirada la habitación revuelta.

Había una manta enrollada en el sofá. Seguramente Zoé había pasado allí el resto de la noche.

El suelo estaba sembrado de restos de comida para llevar y sobre la mesa baja seguían dos vasos de plástico.

Zoé apenas había probado el whisky que él le había servido.

—¿Señor Lavera?

La voz del gendarme le llegaba lejana, amortiguada por el tamborileo que había vuelto a retumbarle en la cabeza con más fuerza.

Sabía que Zoé no bebía alcohol, pero odiaba beber solo, así que le había servido de todos modos.

No recordaba cuántas copas se había tomado.

En cualquier caso, no las suficientes para borrarle de la memoria la discusión de la víspera.

Había ido mucho más allá de lo aceptable entre un hombre y su cuñada.

Pero lo que ahora lo torturaba no era tanto lo que había hecho como lo que pudiera haberle dicho. Ojalá pudiera recordarlo con exactitud.

—Hablé con ella anoche —respondió por fin—. ¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Ha tenido un accidente?

El gendarme no contestó enseguida. Parecía estar hablando con alguien, quizá un superior.

—Vamos a hacer lo siguiente, señor Lavera. Quédese donde está. Mandaré a alguien a recogerlo. ¿Dónde se aloja?

—En un hotel a pocos minutos del aeropuerto.

Buscó la dirección exacta y se la dio.

—Muy bien. Estarán ahí en una media hora. Mientras tanto, busque una fotografía de su cuñada y, si es posible, su cepillo de dientes.

Anthony tragó saliva con dificultad. Sabía lo que eso significaba. Aun así, se negaba a creerlo. No era posible.

—¿Su cepillo de dientes? —repitió en voz baja, para asegurarse de que había entendido bien.

—Sí. Es para los perros. Están adiestrados para seguir un rastro por el olor.

Anthony colgó, aturdido. Zoé se había puesto en peligro y era culpa suya.

Media hora. Se dio una ducha helada para acabar de despejarse y se vistió deprisa.

Estuvo a punto de olvidarse del cepillo de dientes que su cuñada había dejado en el baño con el resto de sus cosas de aseo.

Al ponerse la cazadora, se dio cuenta de que las llaves del Peugeot no eran lo único que Zoé le había robado.

Su arma reglamentaria también había desaparecido.