El Clarividente Capítulo 4
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Capítulo 4

Zoé sentía su presencia. Estaba a pocos centímetros de ella. Oía su respiración. Era la primera vez que se le acercaba tanto. Por eso, cuando notó el calor de sus manos, se encabritó como una yegua asustada.

—No tenga miedo —dijo él.

¡Su voz! Nunca le había hablado. Zoé se estremeció.

—Solo quiero quitarle esto.

Volvió a notar sus dedos en la nuca, entre el pelo.

Le estaba desatando la venda. Zoé apenas había entreabierto los párpados cuando la luz de la linterna, que estaba en el suelo, se le clavó en las córneas como mil agujas, por débil que fuera.

En un acto reflejo, levantó las muñecas atadas para protegerse.

—¡Maldita sea! Pero ¿qué está pasando? —preguntó él mientras le quitaba la mordaza.

Ella apartó la cabeza para escapar del resplandor de la linterna.

—¿Quién le ha hecho esto?

Como ella seguía sin responder, la atrajo hacia sí.

—¡Míreme!

Zoé hizo una mueca de dolor.

—¿Está herida? Déjeme ver.

Ella desvió la mirada hacia la pared de enfrente mientras él le desabrochaba la blusa. La tela le resbaló por el hombro. Dio un respingo al notar sus manos en la piel.

—Lo siento —dijo él—, no quería hacerle daño.

Zoé cerró los ojos mientras él fingía examinarla como un médico. Tenía ganas de gritar.

—No tiene nada roto ni dislocado —concluyó él—. Solo es un hematoma.

—¿Cómo puede saberlo?

Él pareció desconcertado.

—Lo sé, y ya está.

Por fin, Zoé se decidió a mirarlo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, el rostro del hombre que la obsesionaba desde hacía meses fue cobrando nitidez.

Según el perfil elaborado por los analistas de Europol, era blanco, tenía entre treinta y cuarenta años e inspiraba confianza a sus víctimas.

No se habían equivocado. Era atractivo, a pesar de la barba de varios días, el pelo revuelto y la nariz algo chata.

Una cicatriz le cruzaba la ceja derecha y le suavizaba la mirada.

Parecía perdido, inocente. El típico chico malo que despierta el instinto maternal.

Sin embargo, en el fondo de aquellos ojos azules como el océano, ella intuía el torbellino de sus pensamientos.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó a bocajarro.

Él ladeó la cabeza sin dejar de mirarla fijamente.

—¿Su hermana?

—Gabriela Rossi. La secuestraste hace poco más de un año, el día de Todos los Santos.

No se había dado cuenta de que lo estaba tuteando.

Después de meses intentando comprenderlo, pensando en él día y noche, se había acostumbrado a hablarle.

En voz alta, como una niña con un amigo imaginario.

Y ahora lo tenía allí, sentado en el suelo.

Con los ojos cerrados y la cabeza gacha, como un niño al que han pillado haciendo una travesura.

—Tú la mataste —prosiguió ella.

Él alzó la vista y clavó los ojos en ella.

Su expresión era indescifrable. Cállate, Zoé, le susurraba una vocecita.

¡Cállate o te hará daño! Pero ya no podía parar, espoleada por su presencia, como si el mero hecho de verlo allí, en carne y hueso, lo volviera menos aterrador que el monstruo de su imaginación.

El corazón le latía con fuerza, de miedo y de emoción.

—La mataste y abandonaste su cuerpo, como hiciste con las demás.

—¿Las demás?

—Klaudia Nochbauer. Laura Messing. Selma Lorenzen.

Zoé escrutaba cada gesto de su cara, pero aquellos nombres no le decían nada. ¿Por qué iban a decirle algo? Esas mujeres no eran más que objetos destinados a satisfacer sus fantasías.

—No conozco a ninguna de esas mujeres. Y tampoco conozco a su hermana. ¡Todo esto es absurdo!

—¿Ah, sí? ¿Y la mujer que te has llevado hace un rato? ¿A esa tampoco la conocías?

Él se pasó la mano por el pelo, completamente desorientado.

—Estaba prisionera, como yo. Ahí, sobre las mantas.

Él no se movió.

—Viniste a buscarla hace ya varias horas.

Zoé hizo una pausa. Le vino a la memoria la voz de su compañera de infortunio, ahogada por la mordaza que le impedía articular palabra.

Sonidos confusos que para Zoé resonaban con total claridad: le suplicaba que la dejara vivir.

Así de sencillo. ¡No, por piedad, por piedad!

Eso era lo que había creído distinguir entre los sollozos.

—Te la llevaste para matarla.

Él negó con la cabeza.

—Se equivoca. No fui yo.

A Zoé le daban igual sus mentiras.

—Te la llevaste a un lugar alejado de la ciudad y de las carreteras principales. No sale en ningún mapa, ninguna carretera llega directamente hasta allí. Hay que coger un camino de tierra. Puede que incluso hubiera algún edificio abandonado: una casa o una granja.

Él abrió mucho los ojos.

—Un aprisco —dijo—. Estaba en ruinas. ¿Cómo puede saberlo?

Zoé se apoyó en la pared húmeda. Con la cabeza echada hacia atrás, soltó el aire ruidosamente para aliviar el peso que le oprimía el pecho desde que lo había oído volver.

—Porque tus víctimas han aparecido en sitios así. A Klaudia Nochbauer la encontraron en una cabaña abandonada, en Italia. A Laura Messing, en un granero, en Alemania; a Selma Lorenzen, en un bosque, en Bélgica. Y lo mismo le pasó a mi hermana. Tú la mataste, tú la…

—¡Cállese!

Zoé lo vio alejarse hacia la escalera. Pero, cuando ya había subido los primeros peldaños, dio media vuelta.

—No entiendo lo que está pasando —dijo, como si hablara consigo mismo—.

Lo único que recuerdo es ese edificio de piedra en medio de la nada.

Un aprisco, creo. Una de las puertas golpeaba con el viento y empezó a llover.

Yo estaba fuera. En el suelo. Debía de haber perdido el conocimiento.

Corrí hasta el coche. Las llaves estaban puestas.

Reproducía cada gesto mientras hablaba.

—Arranqué y el GPS me preguntó adónde quería ir. Le contesté que a casa, ¡y aquí estoy!

—No estamos en tu casa.

—¿Qué?

—Tú no llevas a tus víctimas a tu casa. Eres un asesino itinerante, un oportunista. Así que, como no estamos ni en mi casa ni en la tuya, supongo que esta es la casa de la mujer que te has llevado hace un rato.

—Yo no he hecho nada de eso. ¡No soy quien usted cree!

—Muy bien, pues dímelo tú. ¿Quién eres?

Se quedó paralizado, como fulminado por la pregunta.

—Soy… No tengo ni idea.

Zoé estaba harta de aquella farsa. De todos modos, iba a matarla.

—Pues te lo digo yo. ¡Eres un monstruo! ¡Una aberración!

Eliges a tus víctimas al azar y te acercas a ellas sin miedo, a cara descubierta.

Sabes que no desconfían de ti. Caen de lleno en las trampas que les tiendes.

Cuando comprenden con quién están tratando, ya es demasiado tarde.

Te gusta ver el terror que les inspiras.

Te da una sensación de poder y de control que de otra manera no tendrías.

Te las llevas a lugares aislados donde nadie puede oír sus gritos mientras las torturas. Y solo cuando están muertas…

—¡Basta! —gritó él, y volvió a ponerle la mordaza para que no dijera ni una palabra más.

Ahí estás , pensó ella, con el corazón desbocado. Por fin se había mostrado tal como era. Y ahora le tocaba a ella también. Él levantó el brazo. Zoé cerró los ojos, preparada para recibir el golpe en la cara. Pero lo que sintió, para su sorpresa, fue una suave caricia en la mejilla.

—Se equivoca —murmuró él, con el rostro muy cerca del suyo—. Y se lo voy a demostrar.

Lo vio alejarse. Los escalones que subían al piso de arriba volvieron a crujir. La puerta del sótano se cerró. Unos pasos y, luego, silencio. Entonces suspiró, aliviada de seguir con vida.