Capítulo 2
«Ha llegado a su destino. El destino está a su derecha».
La lluvia había arreciado. Apagó el GPS y se inclinó para mirar a través del parabrisas.
Las gotas acribillaban la carrocería y, pese al vaivén de los limpiaparabrisas, no lograba distinguir la casa.
Paró el motor y decidió salir. Con la cabeza gacha, echó a correr bajo el diluvio, subió por el camino hasta la puerta de entrada y metió la llave en la cerradura. Se atascó. No había manera de abrir.
—¡Mierda!
Un trueno retumbó en el cielo. Sacó la llave rebelde y se quedó mirando el llavero como si lo viera por primera vez, incapaz de decidir cuál de las tres llaves restantes abría la puerta.
No le quedaba más remedio que probarlas una a una.
A la tercera fue la vencida. Cerró la puerta a su espalda y encendió la luz.
Una de las dos bombillas del pasillo se había fundido.
Ya la cambiaría más tarde, se dijo mientras avanzaba arrastrando los pies.
El cuerpo, molido de dolor, le pedía descanso, pero a ese paso temía desplomarse antes de llegar al dormitorio.
El sofá del salón, más cerca, le pareció una opción más realista.
Dio unos pasos hasta el centro de la estancia y se detuvo, presa de una sensación extraña.
Los objetos le resultaban familiares, pero no estaban exactamente donde debían estar.
¿De dónde le venía esa impresión confusa de que nada estaba en su sitio, empezando por él mismo?
Quizá fuera por la migraña que lo había torturado durante todo el camino de vuelta, mientras se esforzaba en vano por recordar qué había hecho durante el día.
¡Una aspirina! Eso era lo que necesitaba.
Miró a su alrededor. La cocina quedaba a la izquierda, con una bonita vista al jardín.
Las pastillas estaban allí, en alguna parte, junto a los cubiertos…
¿o junto a las latas de conserva? Abrió todos los cajones y buena parte de los armarios antes de dar con ellas.
¡Era un extraño en su propia casa, eso es lo que era!
No tenía sentido. Había un vaso en el fregadero.
Lo enjuagó y lo llenó con agua del grifo, demasiado cansado para buscar uno limpio.
El agua sabía asquerosamente a cloro, pero tenía la garganta seca y no se saciaba.
Con las prisas, volcó el frasco sobre la encimera.
Algunas pastillas cayeron al suelo. Tenía que recogerlas antes de que se las tragara el gato, pensó mientras se agachaba.
Las recogió todas, incluso las que habían rodado bajo los muebles, pero al incorporarse se golpeó violentamente la cabeza contra uno de los cajones que se habían quedado abiertos.
Su grito de dolor resonó en toda la casa.
Se palpó la cabeza y luego se miró los dedos.
Sintió que iba a desmayarse y cerró los ojos.
¡Respira! Cuando volvió a abrirlos, la cocina entera se tambaleó unos instantes antes de estabilizarse.
Algo le resbalaba por la mejilla. Sangre, otra vez.
Se la limpió con el dorso de la mano. Tenía que detener la hemorragia y desinfectar la herida.
Pero antes tenía que encontrar el cuarto de baño.
Se levantó y cruzó el pasillo tan deprisa como se lo permitieron las piernas.
Cada vez que se apoyaba en la pared para no caerse, dejaba en ella la huella ensangrentada de la mano.
Segunda puerta a la derecha, al fondo del pasillo.
De pie frente al espejo, evaluó los daños.
Tenía una marca roja en la frente, donde se había dado con el cajón, pero no fue eso lo que le llamó la atención.
Tenía la cara cubierta de sangre. Sangre que se había secado al chorrear.
Siguió el reguero hasta su origen, en lo alto del cráneo: una brecha de dos centímetros en el cuero cabelludo.
Y eso no era todo: por lo visto, alguien le había suturado la herida.
Notaba los puntos bajo los dedos. Bien apretados.
Al menos no tendría que volver al hospital.
Pero tenía que encontrar algo para desinfectarla, solución de Dakin o Betadine.
Lo encontró en el armario de arriba, junto a varias cajas de gasas estériles, suero fisiológico y otro material sanitario.
Parecía que hubiera saqueado una farmacia.
En cuanto a la aspirina, tendría que olvidarse de ella: era demasiado peligrosa después de un traumatismo craneoencefálico, igual que quedarse dormido.
Eso, al menos, se repetía mientras volvía al salón.
Se sentó en el sofá y encendió la televisión.
Una presentadora anunciaba el tiempo para los próximos días.
Lluvia, por supuesto, y temperaturas por debajo de lo normal para la época.
Otra vez esa incomodidad, esa extraña familiaridad.
Vencido por el cansancio, apoyó la nuca en un cojín y cerró los ojos.
Solo un momento , se dijo. No me voy a dormir.
Se sentía como el protagonista de uno de esos cuentos infantiles.
Ricitos de Oro o algo así… La idea le habría hecho sonreír si no hubiera pasado nada grave.
Porque hoy había pasado algo terrible. Estaba seguro. Hoy no era un día como los demás.