El Clan de Cazadores (Hijos de la Luna 1) Capítulo 39 #3
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Capítulo 39 #3

Ira percibió el movimiento por el rabillo del ojo antes de permitirse mirar, una figura cruzando el campo sin prisa mientras ya se quitaba el abrigo.

El estómago se le desplomó y, justo después, algo desagradable y contradictorio se alzó detrás, mitad alivio y mitad algo más cercano al resentimiento.

Milo podía desaparecer durante una semana y regresar como si no le hubiera costado nada.

Como si el beso no hubiera ocurrido.

Como si Ira no hubiera pasado cada noche desde entonces reviviéndolo en su cabeza, despertando cada mañana con el fantasma de la boca de Milo sobre la suya.

Cade miró hacia él, lo vio acercarse y retrocedió sin decir nada para dejarle ocupar la línea.

Milo se colocó frente a Ira y lo miró como hacía siempre antes de un ejercicio: firme, expectante, esperando la primera combinación.

Nada en su rostro.

Ninguna vacilación, ningún peso detrás de sus ojos, nada que indicara que recordaba la última vez que se habían visto.

Las manos de Ira se cerraron a los costados antes de que se obligara a abrirlas. Tenía el pulso demasiado acelerado, la garganta tensa y sentía el calor trepándole por el cuello. Se obligó a respirar y a encontrar su voz.

—Combinación básica —dijo, y su voz salió más firme de lo que se sentía—. A máxima velocidad.

Milo la ejecutó. Limpia. Eficiente. En el tercer golpe desplazó el peso unos centímetros demasiado hacia delante, el mismo error que Ira había corregido semanas atrás. Normalmente, Ira lo habría señalado con tono plano y habría seguido adelante.

En cambio, se descubrió contemplando la línea de la mandíbula de Milo, el lugar donde sentiría su pulso si apoyara allí una mano, y tuvo que obligarse a mirar de nuevo el ejercicio.

—Tienes mal repartido el peso —dijo Ira, un instante demasiado tarde.

Milo recuperó la posición y volvió a ejecutar la combinación.

El mismo error.

—No estás escuchando.

—Te he oído.

—Entonces corrígelo.

Los ojos de Milo se desviaron hacia él, breves e indescifrables, antes de repetir la combinación por tercera vez sin corregir nada.

Ira sintió que algo caliente le ascendía por la nuca. La frustración crecía dentro de su pecho, la misma que llevaba siete días instalada allí, empujando contra sus costillas y exigiendo salir.

Avanzó con la intención de apoyar una mano en la cadera de Milo y corregirlo mediante el contacto, como había hecho decenas de veces con otros lobos. Su palma se posó sobre hueso y músculo, y durante un segundo inestable toda la atención de Ira se redujo a aquel único punto de contacto.

El calor del cuerpo de Milo se filtró a través de su palma y la respiración se le quedó atrapada en algún lugar del pecho antes de que consiguiera controlarla.

—Aquí —dijo Ira en voz baja, más áspera de lo que pretendía—. El peso va aquí. No hacia delante.

Milo no lo miró. Recuperó la posición sin decir una palabra, ejecutó la combinación correctamente y retrocedió rápidamente, fuera del alcance de Ira.

Ira apretó la mandíbula hasta que le dolió. La palma todavía le ardía débilmente donde lo había tocado.

Milo ya había seguido adelante, ya se preparaba para la siguiente repetición, como si la mano de Ira no hubiera estado sobre él, como si no lo hubiera besado hasta que su espalda chocó contra la madera y su propio pulso le martilleó en la garganta.

Ira había pasado siete días reviviendo aquel beso cada vez que su mente quedaba lo bastante quieta para dejarlo entrar.

Al mirar ahora a Milo, ejecutando el ejercicio con limpieza y sin mostrar la menor inquietud, Ira comprendió que Milo no había pasado ni uno solo de aquellos días pensando en ello.

El pensamiento se le clavó bajo las costillas y permaneció allí.

—Otra vez —dijo Milo.

Repitieron el ejercicio.

Y otra vez.

Las correcciones de Ira se volvieron más cortantes, su voz más tensa, y Milo aceptó cada una sin discutir, sin reaccionar.

Aquella indiferencia era peor que la ira.

Ira habría podido enfrentarse a la ira. Habría podido responder con la suya.

Pero aquella calma, aquella distancia, le daban ganas de gritar.

Pasaron al combate. Milo avanzó utilizando su tamaño como siempre, e Ira le hizo frente en lugar de ceder terreno. Era más rápido y preciso, y consiguió golpear a Milo en las costillas, un impacto que debería haber merecido algún reconocimiento.

No lo recibió.

—Otra vez —fue lo único que dijo Milo.

Ira no respondió. No podía decir lo que tenía en la punta de la lengua, no allí, con Bryn y Petra lo bastante cerca para oír cada palabra, y contenerlo ardía más de lo que habría ardido decirlo.

En el siguiente ataque golpeó con más fuerza, dejando que la frustración saliera a través de sus manos en lugar de su boca.

Milo lo bloqueó, absorbió el golpe y no devolvió nada.

—Otra vez —dijo.

Volvieron a enfrentarse. Los ataques de Ira seguían superando la intensidad que exigía el ejercicio, y Milo lo igualaba en cada repetición sin siquiera alzar una ceja.

Ira sentía que su respiración se volvía irregular, el sudor descendiendo por su espalda a pesar del frío, y en algún momento, durante el cuarto o quinto intercambio, dejó de señalar correcciones.

Ya no quedaba nada que corregir.

Solo estaban ellos dos, cerrando la distancia y rompiéndola, volviendo a cerrarla, con el espacio entre ambos reduciéndose cada vez hasta que Ira podía oír la respiración de Milo volviéndose áspera, aunque apenas se reflejara en su rostro.

Se movieron en círculos.

Intercambiaron golpes.

Milo atrapó la muñeca de Ira en mitad de un ataque y la mantuvo sujeta. Durante un segundo, perdió la compostura.

Algo cruzó sus ojos, rápido y desprotegido.

—Ira.

—Suéltame.

El agarre de Milo se cerró con más fuerza como respuesta.

Algo dentro de Ira se liberó antes de que pudiera sentirlo llegar. No hubo una acumulación lenta, ni aquella presión reuniéndose detrás de sus costillas como Sera le había enseñado a reconocer.

Surgió de él de forma cruda y absoluta, invisible e inmensa, golpeando a Milo de lleno en el pecho y lanzándolo hacia atrás como si no pesara nada.

Milo cayó con fuerza, se deslizó sobre la tierra endurecida por la escarcha y se detuvo a unos cuatro metros de distancia.

Todo el campo quedó en silencio.

Todas las cabezas se volvieron.

Ira sentía el peso de sus miradas, la conmoción propagándose por el aire, y no podía apartar los ojos del cuerpo de Milo tendido sobre el suelo helado.

Milo se incorporó sobre un codo y miró a Ira con los ojos muy abiertos, aturdidos.

El golpe le había arrebatado casi todo el aire, su pecho subía y bajaba con fuerza y se había abierto un corte sobre una ceja.

Una fina línea de sangre descendía lentamente por un lado de su rostro, brillante contra su piel.

Las manos de Ira comenzaron a temblar.

Las miró como si pertenecieran a otra persona y después volvió los ojos hacia Milo. Sintió que las lágrimas inundaban los suyos antes de que pudiera detenerlas.

—Yo… No pretendía hacerlo —dijo, con la voz quebrada—. Lo siento. Lo siento tanto…

No terminó.

No podía.

La vergüenza era demasiado grande, demasiado abrumadora, y le cerraba la garganta hasta impedirle respirar.

Se dio la vuelta y echó a correr.