El Clan de Cazadores (Hijos de la Luna 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—No lo fuerces —dijo Sera—. Recuerda la primera vez que curaste a otra persona. A Rafa. Recuerda lo que sentiste.

Ira cerró los ojos. Intentó encontrar de nuevo aquel calor desesperado.

Sus manos comenzaron a calentarse. Podía sentir la magia, un calor lento y constante acumulándose en sus palmas. Pero no salía. Permanecía detrás de su piel, esperando, retenida por el mismo muro que había intentado derribar durante años.

Era como intentar empujar agua cuesta arriba.

Volvió a intentarlo. Sus manos se calentaron y la magia se filtró dentro de la herida. El corte empezó a cerrarse. Lo hizo despacio y con dificultad, los bordes uniéndose a tirones. Ira empujó, tratando de obligarlo a avanzar y hacerlo más rápido, y la magia titubeó y murió.

Abrió los ojos.

El corte solo estaba curado a medias. Se sentía agotado, tenía las manos frías y podía notar cómo el cansancio se le instalaba en los huesos. No podía hacer nada más. No le quedaba nada que ofrecer.

Sera miró la herida. Después lo miró a él.

—Buen trabajo —dijo—. Es un avance. La próxima vez harás más.

Ira contempló el corte medio cerrado. Sentía que intentaba abrirse paso a través del barro sin llegar a ninguna parte. Cada paso hacia delante le costaba todo lo que tenía y nunca era suficiente.

Apretó los labios y asintió.

Entrenar con el grupo de Cade era lo único que todavía le parecía normal.

El campo de entrenamiento estaba frío, con la tierra compacta y dura bajo sus pies, y el aire olía a escarcha y esfuerzo.

Bryn practicaba el juego de pies, repitiendo la misma secuencia una y otra vez hasta que sus pies encontraban el ritmo sin necesidad de pensar.

Petra entrenaba el desarme con cuchillo junto a un compañero.

El arma de entrenamiento giraba y caía, giraba y caía, con un movimiento limpio y preciso.

Ira avanzaba entre ellos, señalando correcciones, demostrando técnicas, y su cuerpo encontraba el ritmo del trabajo. Allí, dentro de aquella rutina familiar, parte del peso que llevaba en el pecho se aflojaba.

Entonces apareció Milo.

Llevaba observándolos desde la distancia desde antes del ataque de los lobos solitarios. Ira siempre había sido consciente de su presencia. Siempre había sabido exactamente dónde se encontraba, de pie en el borde del campo. Siempre había sentido el peso de su mirada.

Pero nunca se había unido.

Aquel día lo hizo.

Atravesó el campo con pasos firmes sobre la tierra compacta, se quitó el abrigo y lo lanzó sobre el banco. Le dijo a Cade que se encargaría él, y Cade retrocedió sin discutir.

Las manos de Ira se enfriaron. Tenía el corazón en la garganta.

Se las metió en los bolsillos para ocultar el temblor, aunque seguía sintiéndolo en los dedos, junto con la forma en que su pulso se había disparado en cuanto Milo cruzó el campo.

Sintió que el calor le subía por el cuello y se extendía sobre las mejillas, y lo odió.

Odiaba que Milo pudiera provocarle aquello con solo aparecer. Odiaba no poder dejar de mirarlo, no poder evitar seguir cada uno de sus movimientos, fáciles y seguros, como si fuera dueño de la tierra que pisaba.

Milo ocupó su lugar en la fila. Ira se obligó a respirar, a encontrar su voz.

Indicó el primer ejercicio, una combinación básica que el grupo había practicado cientos de veces.

Milo la ejecutó una vez, de forma limpia y eficiente.

Sus movimientos eran rápidos y controlados, e Ira no conseguía dejar de observar cómo se movían los músculos bajo su camisa, cómo trasladaba el peso con cada gesto.

Entonces Milo lo miró.

—Enséñame la versión rápida —dijo.

Ira avanzó hasta el centro del campo. Sentía los ojos de Milo sobre él mientras se movía, el peso de aquella mirada siguiendo cada cambio de posición y cada ángulo de sus brazos.

Le erizaba la piel y hacía que sus movimientos parecieran más precisos, más deliberados. Terminó la combinación y retrocedió.

Milo volvió a ejecutarla, esta vez más rápido. Desplazó demasiado peso hacia delante.

—Tienes mal repartido el peso —dijo Ira.

Los ojos de Milo se estrecharon. Repitió el movimiento.

El mismo error.

—No estás escuchando —dijo Ira.

Milo volvió a hacerlo, con la mandíbula tensa y la frustración filtrándose en sus movimientos. Estaba empujando con más fuerza, intentando obligarse a conseguirlo.

El mismo error.

Ira avanzó. Entró en el espacio de Milo, lo bastante cerca para sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Podía olerlo: el aroma limpio del jabón, la intensidad del sudor y algo debajo que era simplemente él.

Apoyó una mano sobre la cadera de Milo, con la palma sobre el hueso y el calor de su piel filtrándose a través de la fina tela de la camisa.

El contacto fue breve, pero Ira lo sintió en todas partes.

El calor del cuerpo de Milo. Su solidez bajo la mano. La forma en que su respiración se detuvo apenas al sentir el contacto. Ira notó la tensión de su cuerpo, cómo se quedaba inmóvil y los músculos se endurecían bajo su palma.

—Aquí —dijo Ira. La voz le salió más áspera de lo que pretendía—. El peso debe estar aquí. No hacia delante.

Milo lo miró. Apretó la mandíbula. Sus ojos eran oscuros e indescifrables, e Ira pudo ver algo parpadeando en ellos, algo que hizo que su pulso se saltara un latido.

Milo no discutió.

No se apartó.

Se limitó a permanecer allí, sosteniendo la mirada de Ira, mientras este sentía el calor de su cuerpo contra la palma, el ritmo lento de su respiración y la forma en que su pecho subía y bajaba bajo aquella camisa fina.

Durante un momento, ninguno de los dos se movió.

Entonces Milo recuperó la posición y repitió el movimiento.

Mejor.

Continuaron con el siguiente ejercicio. Ira señaló un fallo en el giro de Milo. Milo le señaló que estaba dejando expuesto el lado izquierdo. Corrigieron, ajustaron y se presionaron mutuamente.

Cada vez que se tocaban, el contacto se prolongaba.

Cada vez que se separaban, les costaba algo.

Ira demostró un bloqueo. Milo se acercó para probarlo. Levantó el brazo demasiado despacio.

—Puedo verlo venir —dijo Ira.

—Lo sé —respondió Milo.

—Entonces hazlo más rápido.

Milo lo hizo más rápido. El bloqueo fue bueno.

En el siguiente, Ira entró en su espacio y redirigió el movimiento con su propio cuerpo.

Su pecho rozó el hombro de Milo. Su mano se deslizó por el antebrazo de Milo.

Sus pieles se tocaron durante un segundo, desnudas y cálidas, e Ira lo sintió como una descarga: el calor de la piel de Milo contra la suya, la aspereza de su antebrazo, la forma en que su respiración se detuvo al contacto.

Ira retrocedió. Los ojos de Milo estaban fijos en él, oscuros e indescifrables. Ninguno dijo nada, pero algo había cambiado. Algo quedó suspendido entre ellos, denso y cargado.

El ejercicio continuó.

Ahora estaban peleando. Se movían en círculos el uno alrededor del otro, mientras el resto del grupo se desvanecía en el fondo.

Milo era más grande y fuerte, y lo aprovechaba.

Hizo retroceder a Ira y lo obligó a esforzarse.

Ira era más rápido y preciso, y también lo aprovechaba.

Se deslizó dentro del alcance de Milo y le asestó un golpe en las costillas.

La respiración de Milo se cortó contra la mano de Ira, una inhalación brusca que sintió a través de la palma, y aquel sonido le provocó un estremecimiento de placer.

—Mejor —dijo Milo. Su voz era baja, más áspera que antes.

—Sigues anunciando tus movimientos.

Los ojos de Milo se agudizaron. Regresó con más fuerza.

Ira le hizo frente. Intercambiaron golpes, y cada enfrentamiento los acercaba más.

El espacio entre ellos disminuyó hasta casi desaparecer.

Ira sentía el aliento de Milo en el rostro, cálido e irregular.

Olía el sudor sobre su piel y el aire frío adherido a su ropa.

Sentía el calor de su cuerpo, tan cerca que resultaba casi abrumador.

—Estás bajando el hombro —dijo Milo.

Entró en su espacio y tocó las costillas de Ira. Sus dedos se hundieron en el músculo y permanecieron allí, y aquella presión envió un escalofrío por la piel de Ira.

—Lo sé.

—Entonces deja de hacerlo.

—Estoy trabajando en ello.

Milo presionó con más fuerza. En el siguiente intercambio, Ira se ajustó y corrigió la caída del hombro.

El siguiente golpe de Milo resbaló contra su defensa.

Ira encontró una abertura y se metió en ella.

Su cuerpo se apretó contra el de Milo al completar el golpe.

Quedaron pecho contra pecho, con el aliento de Milo cálido contra la sien de Ira.

Ira sentía el calor de su piel a través de la fina tela de la camisa. Sentía los latidos de su corazón, rápidos y fuertes. Sintió cómo el cuerpo de Milo se quedaba inmóvil por un instante, congelado contra el suyo, con la tensión de sus músculos temblando por algo que Ira no sabía nombrar.

Se apartó.

La mandíbula de Milo estaba tensa. Sus pupilas se habían dilatado hasta oscurecerle los ojos, llenos de deseo.

No dijo nada, pero Ira podía verlo: lo mismo que él sentía, la misma atracción, el mismo calor.

Estaba escrito en la forma en que Milo sostenía su mirada, en cómo abría y cerraba las manos a los costados.

Volvieron a intentarlo.

Continuó así. Cada corrección era una excusa para tocarse. Una mano sobre una cadera. Un antebrazo contra un pecho. Un cuerpo apretándose contra otro para mostrar una posición. Cada contacto duraba un instante de más.

Ira sentía cómo crecía dentro de su pecho, profundo y caliente.

La atracción. La fuerza con la que tiraba de él.

Podía verla en los ojos de Milo, en cómo las pupilas se habían tragado el dorado.

En la forma en que apretaba la mandíbula cada vez que Ira lo tocaba.

En cómo sostenía su mirada un momento más de lo debido.

No sabía qué significaba.

Solo sabía que no quería que terminara.