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Son las dos de la madrugada cuando Alvar se tumba por fin en la cama, exhausto. Ha recorrido el camino hasta Alicante en silencio. Aura, a su lado, tampoco ha encontrado fuerzas para hablar. Ahora duerme profundamente, encogida bajo el edredón.
Él, en cambio, permanece boca arriba, mirando el techo. Sabe que la descarga de adrenalina le impedirá conciliar el sueño tan pronto. Tiene la sensación de que el cuerpo ha llegado al límite. Cree que necesitará dormir dos días seguidos para recuperarse de las últimas horas.
Cuando por fin lo vence el sueño, lo hace en forma de pesadilla.
Sueña con un lago de sangre hirviendo. Miguel Bornay flota boca arriba sobre la superficie escarlata. Los ojos abiertos. La lengua hinchada, fuera de la boca. El cable al cuello.
Alberto Fernández Gandía ofreciendo el veneno a sus hijos, a Pilar Ampuero. Ellos retorciéndose de dolor. La expresión congelada por el asombro.
Silvia Esteve susurra algo al oído de Ferrán antes de que este salte al vacío desde su balcón.
Y luego aparece Isabel.
Sostiene entre sus brazos al hijo que espera con Aura.
Alvar se acerca y comprueba que es un niño.
Pero no llora. No respira.
Las imágenes se suceden una tras otra, cada vez más nítidas, más reales, hasta que, antes de que las luces del alba empiecen a filtrarse por las rendijas de la persiana, Alvar se despierta de un sobresalto, empapado en sudor.