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—Déjame pasar, por favor. Somos compañeras.
Aura discute con la intensivista de guardia del Hospital Virgen de los Lirios de Alcoy, que se niega rotundamente a permitirle asistir a las maniobras de reanimación de su hermana.
—Tú sabes mejor que nadie que los familiares están mejor fuera, Aura —le recuerda la médica—. Lo mejor que puedes hacer por tu hermana es esperar aquí.
Cuando Alvar la llamó para decirle que habían encontrado a Isabel con vida, aunque en estado crítico, suplicó a uno de los agentes que la llevara al hospital donde iban a trasladarla.
Por lo que el inspector pudo adelantarle —habían encontrado varios blísters de antidepresivos en el zulo donde retenían a Isabel y a Lucía— y por lo que escuchó comentar al médico del SAMU durante el relevo en la puerta de urgencias, todo apuntaba a una intoxicación por antidepresivos, probablemente los mismos con los que su hermana había intentado quitarse la vida tan solo unos días antes.
Lucía, sin embargo, no ha tenido tanta suerte. Aunque la encontraron con vida, entró en parada durante el traslado y murió en la ambulancia de camino al hospital. Probablemente a causa de la hipotermia.
Alvar le confesó que, cuando Gisbert y él entraron en el habitáculo donde las retenían, las encontraron desnudas, maniatadas e inconscientes, tumbadas sobre un charco de orina y excrementos.
No hizo falta que añadiera más detalles.
Aura sabe que, de haber llegado unos minutos más tarde, su hermana tampoco habría sobrevivido.
Son casi las once de la noche y el hospital parece desierto. Le sorprende encontrar el vestíbulo tan vacío, acostumbrada al trasiego constante del Hospital General de Alicante.
Aunque no tiene apetito, recuerda que ya no puede permitirse estar con el estómago vacío.
Aprovechando que no la han dejado entrar en la UCI, baja a la cafetería.
A esas horas está cerrada, así que unas galletas saladas de la máquina pasan a convertirse en su mejor opción.
Está a punto de subir de nuevo cuando ve entrar a Alvar con el teléfono en la mano.
—¿Cómo está? —pregunta él tras saludarla con un beso breve en los labios.
—No lo sé. Todavía no me han dejado entrar. He bajado a tomar algo.
—¿Quieres que te traiga algo caliente? —se ofrece, después de ver el paquete de galletas que sostiene entre las manos.
—Déjalo, no tengo hambre. ¿Alguna novedad?
—He conseguido la confesión —admite, aunque sin rastro de satisfacción—. Supongo que la fiscalía pedirá la prisión permanente revisable. Con suerte, no saldrá de la cárcel.
—No pareces muy contento.…
Aura se da cuenta de lo inapropiado del comentario. Sabe cuánto debe de atormentarlo no haber podido salvar a Lucía. Y aun así, no puede evitar sentirse egoístamente agradecida. Después de perder a sus padres, Isabel es la única familia que le queda.
Regresan a la segunda planta, donde se encuentra la UCI, justo cuando la intensivista sale para hablar con ella.
—Está estable —la tranquiliza en cuanto la ve acercarse—.
Le hemos administrado sesenta miliequivalentes de bicarbonato sódico porque presenta un cuadro compatible con la intoxicación por antidepresivos tricíclicos.
Con eso hemos conseguido corregir la acidosis.
No hemos realizado lavado gástrico porque no sabemos cuánto tiempo había pasado desde la ingesta.
También le hemos administrado carbón activado y, de momento, no ha presentado complicaciones cardíacas.
Aun así, le he pautado midazolam para prevenir las crisis convulsivas.
—¿Cuánto tiempo crees que estará intubada?
—Esta noche, seguro. Mañana ya veremos, según evolucione. Puedes pasar a verla si quieres.
Alvar le pide que entre tranquila, que él la esperará fuera haciendo unas llamadas.
El inspector se despide de Aura y se acerca a la máquina de café. Necesita mantenerse despierto unas horas más. Pulsa el botón y espera mientras el líquido empieza a caer en el vaso. Todavía no ha tenido tiempo de retirarlo cuando suena el móvil.
—¿Cómo está tu cuñada? —se interesa Gisbert al otro lado de la línea.
—Bien. Parece que está estable. ¿Cómo vais por ahí? En cuanto pueda volveré a comisaría para seguir con el papeleo.
—Me alegro. Pero no te llamo por eso.
Alvar deja de remover el café.
—¿Qué ocurre?
—Es Cantó. Insiste en que quiere hablar contigo.