El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 39
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—Ese cabrón está obsesionado con el agua. Buscamos una masía aislada con un pozo o un aljibe propio —informa Alvar mientras Gisbert conduce.

El todoterreno policial se abre paso a duras penas bajo la intensa nevada. La carretera empieza a desaparecer bajo un manto blanco.

—He localizado diez o quince casas por esta zona —Gisbert va señalando en el mapa que Alvar sostiene entre las manos—.

Las he marcado con un círculo. Podemos ir una por una, pero nos llevará demasiado tiempo.

Si sigue nevando, tendremos que poner las cadenas.

No recuerdo haber visto nevar así. ¿Por qué estás tan seguro de que es aquí?

—Porque ese cabrón es jodidamente metódico. Seguramente busca escenarios que se parezcan a los anteriores. Y esto es lo más parecido a la Toscana que tenemos.

—Espero que tengas razón —murmura el alcoyano sin apartar la vista de la carretera—. No tendremos otra oportunidad. Ese hijo de puta conoce la zona. Sabe dónde esconderse.

Alvar asiente mientras estudia las marcas sobre el mapa. La Font del Rossinyol es una de las fuentes vinculadas a las rutas de masías de la zona de Polop Alt, un valle situado entre el Parque Natural de la Sierra de Mariola y el de la Font Roja, a unos diez kilómetros de Alcoy.

El lugar que más puede parecerse a lo que buscan en las inmediaciones de la ciudad.

Por la descripción de la mujer italiana, el entorno encaja. Seguir esa ruta parece la opción con más probabilidades de éxito.

Toman la salida en dirección a Bañeres de Mariola.

Tras varios kilómetros, la carretera abandona la recta y empieza a serpentear entre las montañas.

Diez minutos después, dejan atrás la vía principal y toman un desvío a la derecha.

El asfalto desaparece bajo la nieve. El crujido de la grava bajo los neumáticos es la única prueba de que siguen en el camino correcto.

Más allá del alcance de los faros, solo existe nieve.

El valle se abre ante ellos, revelando un paisaje salpicado de masías dispersas y construcciones en ruinas.

Cuando llegan a la ermita de Polop, detienen el coche y esperan al resto de unidades. Ese es el punto acordado. Desde allí parten la mayoría de senderos que conducen hacia las masías.

En cuanto aparece el coche de sus compañeros, se distribuyen las rutas. Alvar y Gisbert toman uno de los caminos; Fernández y Holloway, el otro.

El sendero acaba obligándolos a detener el vehículo y continuar a pie.

La nieve ya les llega casi hasta los tobillos.

Según los cálculos del veterano, la primera masía debe de estar a poco más de un kilómetro.

Avanzan con dificultad mientras mantienen comunicación por radio con el otro equipo, que ya está inspeccionando la primera casa sin éxito.

Están a punto de llegar cuando suena el móvil de Alvar.

—Inspector —le comunica uno de los agentes de guardia—, acaba de llamar un vecino. Cree haber visto un vehículo azul, parecido al que estamos buscando, circulando por uno de estos caminos hace un par de días.

—De acuerdo. Pasa la información a comisaría y llámame si hay cualquier novedad.

—Joder… —Gisbert da un golpe al volante—. Ya sé qué masía es. Y no sé cómo coño no he caído antes. Es el lugar perfecto para esconderse. Y para escapar. Tiene que ser esa.

—¿Volvemos al coche? —pregunta Alvar.

—No podremos avanzar sin cadenas. Podemos llegar andando. Solo tenemos que desviarnos un poco.

Los dos hombres retroceden unos metros y toman otra senda mientras Alvar avisa al resto del operativo.

El terreno, cubierto por una capa de nieve cada vez más espesa, los obliga a avanzar todavía más despacio.

El viento silba y golpea con fuerza, devorando cualquier otro sonido.

Avanzan unos cuantos metros más hasta que, a lo lejos, distinguen la silueta de la masía, débilmente iluminada por la luna.

Se trata de una construcción de dos plantas con muros de piedra. La finca está rodeada por un pequeño muro de mampostería. Sin duda, encaja con la descripción de la mujer italiana.

—Tiene que ser aquí —dice Alvar—. Avisa a los sanitarios. Que estén preparados.

Echan a correr hacia la casa.

Desde fuera no se escucha nada. Solo el viento azotando las capuchas de sus anoraks.

Tampoco se ve una sola luz.

De un par de patadas, Alvar revienta la puerta y ambos entran empuñando sus armas. El haz de sus linternas ilumina débilmente la estancia en la que se encuentran: un amplio espacio diáfano de salón y cocina, del que parten varias puertas que conducen a los dormitorios y a un aseo.

—¡Policía!

Nada.

Ni rastro de que alguien haya estado allí recientemente. No hay restos de comida a la vista y enseguida comprueban que la nevera está vacía.

Alvar registra minuciosamente cada rincón de la planta baja mientras su compañero hace lo propio en la superior. Aunque la construcción es amplia, no tarda más de un par de minutos en comprobar que no hay nadie.

—¡Aquí arriba también está despejado! —informa Gisbert.

El pulso de Alvar se acelera.

Holloway informa de que ellos tampoco han encontrado nada en la masía que acaban de registrar.

—Seguid buscando —ordena Alvar—. Separaos si es necesario. No pararemos hasta comprobar cada una de las casas.

Se asegura en una esquina, baja el arma y se masajea la nuca. El pulso le martillea las sienes.

Quizá Cantó no esté imitando el patrón de Siena.

Quizá ya sea demasiado tarde.

Gisbert baja las escaleras y le hace una señal para que salga de la casa con él. Está a punto de seguirlo cuando tropieza con algo junto a la puerta. Se agacha y palpa con los dedos un pequeño desnivel en el terrazo.

—Alumbra aquí un momento.

Su compañero ilumina el suelo mientras él golpea la baldosa con la culata de la pistola. Al segundo impacto, la losa cede y revela una robusta asa de hierro.

Tira de ella con fuerza y levanta el conjunto de baldosas. Una abertura, por la que apenas cabe una persona, queda al descubierto.

—¿Qué coño es eso? —suelta el veterano.

—Su escondite.

Alvar desciende primero.

La abertura conduce a unas escaleras que bajan hasta una planta oculta. El alcoyano lo sigue en silencio, cubriendo la retaguardia. Los peldaños desembocan en una puerta metálica gris, similar a las de los trasteros de cualquier garaje.

—¡Policía! —grita Alvar—. ¡Abran la puerta!

Silencio.

Golpea dos veces. A la tercera, la puerta cede de golpe.

Lo primero que perciben es el hedor, tan insoportable que ambos tienen que cubrirse la boca y la nariz con la ropa para no vomitar. El frío, mucho más intenso que en el exterior de la casa, los hace encogerse dentro de los anoraks, ni siquiera la descarga de adrenalina consigue mitigarlo.

Es un espacio estrecho y con el techo tan bajo que apenas pueden permanecer de pie. Los haces de luz de las linternas recorren las paredes húmedas y desconchadas.

Alvar distingue una figura inmóvil al fondo y comprende entonces que no han llegado a tiempo.

Hasta que, desde algún punto de la oscuridad, un gemido rompe el silencio.