El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 38
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Alvar atiende la llamada internacional. No es el procedimiento habitual, pero la urgencia del caso ha llevado a Madrid a saltarse los protocolos y facilitarle directamente el contacto con el policía italiano.

—¿No se investigó? —se sorprende.

—Ella denunció los hechos, pero fue imposible seguirle la pista. Desapareció sin dejar rastro. Lo hemos comprobado y, lamentablemente, fue así. La mujer está aquí mismo. Puede hablar con ella, si quiere.

Diez minutos después, el inspector se sienta frente al ordenador de la sala de reuniones, preparado para comunicarse con la testigo mediante el sistema de videollamada encriptada de la policía.

El resto del equipo guarda silencio. Cuando la conexión se establece, la pantalla se divide en dos ventanas.

En una aparece la declarante —una mujer menuda, morena y de unos cuarenta y cinco años, vestida con ropa deportiva y gesto asustado— acompañada de un policía italiano.

En la otra, el traductor de la División de Cooperación Internacional, en Madrid.

—Alcoy, aquí Madrid —saluda el agente—. Tenemos línea con la Questura de Siena. Haré la traducción simultánea. Inspector, cuando quiera.

—Buenas tardes, señora Barroso —comienza Alvar, mirando a la testigo—. Dígame cómo puede ayudarnos. ¿Ha reconocido al hombre de la fotografía?

Ella permanece en silencio unos instantes mientras escucha la traducción.

—Sí —confirma al fin—. Ese hombre me secuestró. Me tuvo retenida un día entero en una casa. Creí que iba a matarme.

—¿Lo conocía?

—Estudiábamos juntos en la universidad. Por eso confié en él y entré por mi propio pie. Entonces se llamaba Edward Sanders. Es él, aunque haya cambiado de nombre. Nunca podría olvidarlo.

—Cuénteme qué pasó.

—Salimos temprano de clase y me propuso dar un paseo.

Dijo que quería enseñarme un lugar. A mí me gustaba.

Era atractivo. Pensé que quería estar conmigo, que el paseo era una excusa para...

, ya sabe. Era joven. A esa edad una nunca piensa que vaya a sucederle algo así.

Cuando entramos en la casa me golpeó. Desperté maniatada.

—¿Cómo logró escapar?

—Porque me dejó sola varias veces. En uno de los golpes perdí el conocimiento y, cuando desperté, ya no estaba.

No sé cómo lo hice, pero conseguí desatarme y huir.

Cuando llegué a la comisaría para denunciarlo, ya había desaparecido.

Me alegro de que lo hayan encontrado. Espero que esta vez no escape.

Alvar no aparta la vista de ella. Sin duda, es la única pista sólida que tienen para localizar con vida a las dos desaparecidas. Necesita averiguar todo lo posible del lugar donde estuvo retenida. Después, confiar en que exista algún paralelismo.

—Hábleme del sitio al que la llevó.

—Era una especie de masía, una casa antigua…

una f attoria, como decimos aquí . No puedo darle más detalles porque escapé de noche y tampoco me fijé demasiado al llegar.

Estaba entretenida y muy pendiente de él.

Cuando me quise dar cuenta, ya estábamos dentro.

Lo único que puedo decirle es que los muros eran gruesos, de piedra, y las ventanas, pequeñas.

—¿Qué había alrededor? ¿Recuerda algo que le llamara la atención?

—Campo. Vegetación. Montaña. Lo típico de esas construcciones. No se oía nada, eso seguro. La casa estaba completamente aislada. De nada servía que gritara...

La voz de la mujer se quiebra y acaba rompiendo a llorar.

Alvar espera en silencio mientras trata de serenarse.

A su alrededor, el resto del equipo ya empieza a moverse: Gisbert da órdenes para revisar las masías aisladas de la zona y varios agentes consultan bases de datos y cruzan información desde sus móviles y portátiles.

Pero Alvar necesita acotar más.

—Señora Barroso —insiste—. ¿Había algo alrededor de esa construcción que la diferenciara de las demás?

La mujer se encoge de hombros. Llora con la frustración de quien no sabe cómo ayudar.

—Solo recuerdo eso. Estaba oscuro. Olía a humedad y hacía mucho frío. Yo estaba en ropa interior… y mojada.

—¿Mojada? —se incorpora de golpe.

—Él me pegaba y luego me lavaba con agua para purificar mis pecados. Decía que me ayudaría a alcanzar el Paraíso cuando me matara. Aseguraba que el agua era sagrada, que provenía de un pozo que solo él podía tocar y...

—¿Qué acaba de decir? —la interrumpe.

—Que el agua era sagrada.

—Muchas gracias, señora Barroso. Madrid, corten la comunicación.

Alvar se aparta del ordenador y se vuelve hacia su equipo.

—Montad el operativo. Creo que ya sé dónde buscar.

Mientras terminan de coordinar el dispositivo de búsqueda, Alvar se toma unos minutos para comprobar cómo está Aura. La encuentra recostada en el mismo lugar donde la dejó hace un rato.

—¿Alguna novedad? —se interesa ella, incorporándose de golpe.

—Tenemos una pista. Voy a salir en unos minutos.

Ella le sostiene la mirada unos segundos.

—Quiero ir contigo.

—Eso ni lo sueñes —zanja él.

—Es mi hermana.

—Aunque eso no fuese una locura y, además, ilegal, no te dejaría venir.

—¿Es porque estoy embarazada? ¿Ahora sí te importa?

Se arrepiente al instante de lo que ha dicho. No tanto por las palabras como por el tono. No es el lugar ni el momento para tener esa conversación. Espera que él se dé la vuelta y se marche enfadado, pero Alvar se acerca y la abraza con fuerza. Ella rompe a llorar.

—Aura, no puedes imaginar cuánto lamento lo que hice.

Sé que quizá nunca puedas perdonarme esa reacción, y lo entiendo.

—Se separa para mirarla a los ojos—. Pero quiero que te grabes a fuego lo que voy a decirte: no hay nada más importante para mí que tú y el hijo que vamos a tener.

Me has dado la mejor noticia que nadie podrá darme jamás.

Aura deja escapar una sonrisa.

—Cuando discutamos, cuando tengas ganas de mandarme a la mierda, cuando sientas que lo nuestro no vale la pena… recuerda esto: vosotros sois mi vida. Y ahora —añade con una sonrisa—, por favor, quédate aquí. No puedo trabajar si pienso que estás ahí fuera. Te llamaré en cuanto sepa algo.

Durante un momento ambos permanecen en silencio, incapaces de apartar la vista el uno del otro. Es él quien da el primer paso y la besa.

Después, abandona la sala con la promesa de que encontrará a su hermana con vida.