37
Alvar termina el café mientras observa a Cantó a través del cristal de la sala de interrogatorios.
El profesor continúa impasible. Sentado con la espalda muy recta y las manos sobre las rodillas, mira fijamente al espejo, como si supiera exactamente quién está al otro lado del cristal.
Viste como de costumbre, con un pantalón de vestir y una camisa sobre la que lleva un chaleco de punto.
Cuesta creer que sea el mismo hombre que, apenas un rato, antes se descolgaba desde un tercer piso.
No han conseguido sacarle nada de camino a la comisaría. Ha insistido en que no hablaría sin un abogado, así que han tenido que esperar a que llegara el letrado para tomarle declaración.
—¿Qué opinas? —pregunta Holloway.
—No va a decirnos nada —vaticina él, sin apartar la vista del cristal—. Sabía que íbamos a atraparlo. Está demasiado tranquilo. Y el abogado no ayudará.
—No importa. Confiese o no, sus huellas coinciden con las encontradas en la consulta de Silvia Esteve. Ya es nuestro.
Un agente les indica que el sospechoso ya ha terminado de hablar con su abogado. Alvar y Holloway entran en la sala y toman asiento frente al profesor y su letrado.
El subinspector pone en marcha la grabadora bajo la mirada suspicaz del licenciado.
—Son las ocho y cuarto de la tarde del día cuatro de enero de dos mil veintiséis —comienza Alvar—.
Comparecen en la sala de interrogatorios de Alcoy el inspector Alvar, el subinspector Holloway y el detenido, Jesús Cantó Domingo, asistido por su letrado, don Mateo Oñate Albiñana.
Se le reitera que comparece en calidad de detenido y que se le acusa de los asesinatos de Miguel Bornay, Silvia Esteve y Alberto Fernández, así como del secuestro de Lucía Medina e Isabel Martín.
¿Ha comprendido los derechos que se le han leído previamente?
—Por supuesto, inspector.
—¿Reconoce haber cometido estos actos?
—Mi cliente no tiene por qué responder a esa pregunta —se interpone el letrado.
—No importa. Contestaré —accede el profesor, frenando a su abogado con un gesto—. Sí, lo reconozco.
—Dinos dónde las tienes.
—Suponiendo que sigan con vida, inspector.
La ira empieza a pesar más que la cordura.
—Que nos digas dónde están, hijo de puta.
—Contrólese, inspector —advierte el abogado.
—Como le dije, no hablaré si no se me trata con el respeto que merezco —dice Cantó con serenidad.
—Eres un puto loco que no merece ningún respeto —escupe Alvar—. Como no encontremos a esas mujeres con vida, te juro que no vas a volver a respirar tranquilo un solo día.
El profesor sonríe, satisfecho al verlo perder los papeles.
—Le repito —vuelve a llamarle la atención el abogado— que, si sigue así, tendré que tomar medidas legales. Está amenazando a mi cliente.
—Y tú —advierte Alvar, volviéndose hacia él—. ¿Estás orgulloso del trabajo que haces? Porque, si no encontramos a esas mujeres, te aseguro que buscaré la forma de encerrarte a ti también.
Ahora es el abogado quien sonríe.
—Déjelo, letrado —interviene el detenido—. Comprenda que el inspector está... emocionalmente implicado.
Alvar levanta el brazo, dispuesto a golpearlo, pero Holloway consigue frenarlo y convencerlo para que salga unos minutos. Cuando abandona la sala, su compañero lo sigue.
—Déjame intentarlo a mí —propone Holloway con cautela—. En una cosa tiene razón: estás implicado personalmente. Va a intentar hacerte perder el control todo el tiempo. Ese es su juego.
Alvar lo piensa unos segundos y acaba accediendo. Su compañero tiene bastante más mano izquierda que él. Entrará únicamente como oyente.
Los inspectores regresan a la sala. Holloway toma asiento; Alvar permanece de pie junto a la puerta.
—¿Qué hacía cuando lo detuvimos? Según tengo entendido, usted no vive en Alcoy.
—Ni yo ni la mitad de la gente que hay hoy aquí. No sé si sabe —deduzco por su apellido que no— que Alcoy celebra una de las cabalgatas de Reyes más importantes del mundo.
—Llevo viviendo aquí diez años, pero gracias por su interés, señor Cantó. No sé si sabe que la cabalgata es mañana, no hoy.
Cantó ni se inmuta ante el tono del policía.
—Sabemos que alquiló ese domicilio hace unas semanas —continúa Holloway—. Sí, ya tenemos esa información. Así que debo asumir que tiene a esas mujeres cerca de aquí. Ese piso era su centro de operaciones.
—Sé que ambos están deseando averiguar dónde se encuentran, pero tengan paciencia. Todo llega a su debido tiempo.
Alvar pierde la paciencia y golpea la mesa con fuerza.
—Ya estoy cansado de tanta gilipollez. Está haciéndonos perder el tiempo. Le juro por Dios...
El abogado protesta mientras el profesor sonríe, divertido.
—¿Por Dios? Ahora empezamos a entendernos, inspector. Le dije que pensara un poco. Vamos, no es tan difícil. Seguro que puede averiguarlo sin mí…
—Eres un puto enfermo. Voy a asegurarme de que pases el resto de tu vida encerrado. Tendrás mucho tiempo para estudiarte ese librito tuyo que tanto te gusta.
—En serio, inspector, no le hacía tan malhablado.
¿Qué tiene de malo lo que hago? ¿Acaso no hago el bien?
El contrapaso ha de ser aplicado. Es la única forma de salir de este infierno y alcanzar el cielo.
Igual que Virgilio condujo a Dante por el Infierno para alcanzar la salvación, yo los guío para que también puedan salvarse.
¿Acaso no merece morir alguien que ha matado a su familia?
¿O quien induce al suicidio o explota a sus trabajadores?
¿O quien atenta contra su propia vida? Debería darme las gracias en lugar de detenerme.
—¿Qué daño ha hecho Isabel? —pregunta Alvar
—A su manera, también se lo ha ganado. No tanto como los otros, eso se lo concedo. Pero eligió rendirse.¿No es eso también un pecado? Tiene dos niños pequeños. Los habría dejado solos, con un marido infiel incapaz de proteger a su familia.
Cantó se detiene un instante para beber agua. Después continúa:
—Mi hermana también se suicidó. Pero ella, al menos, tenía una excusa.
¿Sabe que mi padre la dejó embarazada? ¿Y que casi muere intentando abortar?
Él quiso salvarla. Ella no quiso aprender.
¿Sabe, inspector? Mi padre era un hombre brillante, pero se equivocó en una cosa: nunca hay que ir en contra de la familia.
Mi madre debió deshacerse de él, pero, en lugar de eso, también se quitó la vida.
Supongo que no pudo superar haber presenciado durante años aquellos abusos sin defender a sus hijos.
—Eso no justifica nada. Vas a ir a prisión. Quieren pedir la permanente revisable. Pero, si colaboras y nos ayudas a encontrarlas...
—No me importa. Si es la voluntad de Dios…
—No creo que Dios tenga nada que ver contigo.
—Eso ya lo veremos, inspector. Ya lo veremos.
El móvil vibra antes de que pueda responder. Es el subinspector Arques.
—Han llamado de Madrid —anuncia nada más descolgar—. Acaba de saltar una alerta en la División de Cooperación Internacional. Los italianos deben de haber encontrado algo relevante para la investigación. Quieren hablar contigo.