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—Tenemos a dos mujeres desaparecidas: Lucía e Isabel, vistas por última vez ayer por la tarde.
No sabemos si las tiene retenidas en el mismo sitio, pero su metodología nos hace suponer que sí.
En el caso de Lucía, pudo ser elegida por su participación en el acoso a Alba Sánchez Romero.
En cuanto a Isabel, no encaja en el perfil; supongo que es su forma de hacerme partícipe de su macabro juego.
Alvar expone las novedades con todo el aplomo que la situación le permite. Minutos antes, Gisbert ha sugerido apartarlo del caso por sus implicaciones personales. La discusión estuvo a punto de acabar en la calle, a puñetazos.
—Tenemos varios coches patrullando, pero hoy es difícil —advierte Holloway—. Las calles están abarrotadas y muchas están cortadas.
—¿La cabalgata no es mañana? ¿Por qué han cortado hoy?
—Hoy es el día de la Burreta —responde Gisbert.
—¿Alguien puede explicarme qué es eso? —pregunta Alvar.
—Se nota que no tiene hijos, inspector. Es el día en que salen los pajes; los niños van detrás de la burrita para entregar la carta a los Reyes.
—Suspendedlo. Quiero un coche patrulla cada dos calles, sobre todo en el centro. Ese hijo de puta está aquí y vamos a darle caza. —Señala los puntos clave del mapa—. Bloquead las salidas de Alcoy.
Una agente asoma para informar de que Aura ya se encuentra mejor. Él sale a verla. La encuentra recostada en una butaca y se sienta junto a ella.
—Voy a enviarte a casa —le dice mientras la abraza—. Arques enviará a Salgado para que pase la noche contigo.
—Ni lo sueñes —se planta ella, separándose bruscamente—. Es mi hermana. No me moveré de aquí.
Alvar sabe que es inútil discutir. Acuerdan que ella se quedará en la comisaría, pero no se moverá de allí bajo ningún concepto.
—¿Tienes hambre? —se interesa antes de dejarla sola de nuevo.
—No. Me he comido un buen puñado de estas. —Le muestra unas bolitas envueltas en celofán verde con letras doradas—. ¿Quieres una?
Reconoce el envoltorio: son las peladillas que el profesor le dio en su casa.
—¿Dónde las has conseguido?
—No las he comprado. Me las dio Isabel. Se las habían regalado.
El inspector coge una y corre hacia la sala de reuniones.
—¿Estas peladillas son de aquí? —pregunta con brusquedad.
—Sí, de La Española —le aclara Gisbert—. Una pastelería del centro, en la Plaza de España. Diría que es la única que las vende con ese envoltorio. ¿Por qué?
—Porque Cantó las ha comprado, al menos, dos veces allí. Y no creo que recorra media provincia para comprar siempre las mismas. Quiero que acotéis la búsqueda a un kilómetro a la redonda de esa pastelería. Tiene que estar cerca.
Pese a que no son ni las siete de la tarde, la oscuridad invernal y los nuevos copos de nieve, que empiezan a teñir el asfalto de blanco, hacen imposible continuar con las batidas a pie.
Algunos voluntarios regresan cabizbajos mientras varios coches policiales parten desde la comisaría.
A pesar de la suspensión de la Burreta, las calles siguen atestadas de gente.
Alvar y Holloway aparcan en el centro de la Plaza de España, donde varios agentes ya establecen un perímetro de seguridad. El inspector da instrucciones apoyado sobre el capó del coche mientras su compañero coordina los interrogatorios a los vecinos y pregunta en la pastelería.
—El dueño no está, pero la chica que han contratado de refuerzo cree haberlo visto esta mañana —lo pone al corriente Holloway—. Su jefe bajará en unos minutos.
—Bien. ¿Qué hay de los vecinos? —pregunta dirigiéndose a uno de los agentes que se aproxima al puesto de mando.
El policía lamenta no poder traer mejores noticias. Alvar vuelve sobre el mapa cuando otro agente se acerca corriendo.
—Inspectores, creo que tenemos un testigo —informa, señalando a un hombre en un portal cercano a la pastelería.
Cuando lo interrogan, el hombre les dice que cree haber visto a Cantó entrar un par de veces en el edificio. No le sorprendió porque hace un par de años que las dos viviendas del último piso se alquilaban como apartamentos turísticos tras haber sido reformadas.
—¿A dónde da este edificio? —pregunta mientras hace señas a sus hombres para que rodeen el edificio.
—A un patio de manzana —responde el testigo, asustado.
El inspector entra en el portal desenfundando el arma, al tiempo que Holloway avisa a Gisbert de que despejen la manzana y bloqueen todas las salidas del centro de la ciudad.
Un oficial inutiliza el ascensor mientras Holloway sigue a Alvar escaleras arriba.
Varios agentes les siguen. Cuando llegan al rellano, se reparten las dos viviendas de la planta.
—Policía —grita Alvar, aporreando la puerta.
No grita una segunda vez. La derriba de una patada y entra.
Avanza apuntando con el arma. La única luz es la de la linterna acoplada a ella.
Recorre la casa con la precisión que le enseñaron en la academia.
Revisa habitación por habitación sin poder controlar la descarga de adrenalina que siente cada vez que irrumpe en una estancia.
Solo queda una puerta al fondo del pasillo.
Le parece oír algo tras ella, así que se acerca con cautela.
El golpe que recibe al abrir la puerta es tan fuerte que cae al suelo, inconsciente.
Cuando recobra la consciencia, se asoma a la ventana.
El profesor se ha descolgado por la tubería y casi ha alcanzado el suelo.
Avisa a Holloway mientras baja las escaleras de cuatro en cuatro.
Sale a la calle y corre hacia la parte trasera del edificio ordenando a sus hombres que no dejen entrar ni salir a nadie.
Escucha las indicaciones de su compañero, que está haciendo exactamente lo mismo desde el otro extremo.
Pocos segundos después llegan a un callejón. Cantó aparece al fondo.
Está atrapado. Frente a él, Alvar. A su espalda, Holloway. Las salidas ya están bloqueadas por varios agentes.
—¡Alto! ¡Levanta las manos, cabrón! —grita Alvar, con la cabeza cubierta de una mezcla de nieve y sangre.
El hombre avanza despacio hacia el inspector, que le alumbra el rostro con la linterna.
—¡Levanta las manos, hijo de puta! —grita Holloway a sus espaldas.
El profesor continúa caminando sin mover los brazos hasta quedar a solo un par de metros. Alvar está a punto de disparar, pero se contiene.
—Tranquilo, inspector. Dígale a su compañero que no voy armado y que haga el favor de hablar con más educación. Recuérdele que está ante un catedrático y que merezco un respeto.
Habla con una serenidad y una cadencia que ponen a Alvar los pelos de punta.
—Hace tiempo que perdiste todo mi respeto. Ponte de rodillas.
—Solo le estoy pidiendo, inspector, que me trate con respeto. Créame, es lo que más le conviene.
—¡Que te pongas de rodillas, hijo de puta!
El hombre lo hace lentamente mientras se lleva las manos a la cabeza sin que nadie se lo ordene. Holloway se acerca por detrás y comienza a esposarlo.
—Queda detenido por el asesinato de Alberto Fernández, Miguel Bornay y Silvia Esteve…
Cantó alza la vista y mira fijamente Alvar.
—Y por el secuestro de Lucía Medina e Isabel Martín. No se vayan a olvidar, inspectores.