El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 34
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Ya está amaneciendo cuando Alvar detiene el coche frente a la comisaría de Alcoy.

Tras abandonar el domicilio de Jesús Cantó y dar instrucciones a los agentes, acordó con Arques que este se quedaría en Alicante mientras él regresaba a Alcoy para coordinar las tareas de búsqueda.

Antes de volver, ha pasado por casa. Necesitaba hablar con Aura antes de marcharse.

Imaginaba el susto que debió de llevarse cuando dos agentes llamaron a su puerta a las tres de la madrugada.

Al verlo, ella se ha mostrado distante. Él ya no sabe si por las circunstancias o por el enfado. Se ha vuelto a disculpar y ella le ha pedido que esté tranquilo y que se ocupe de lo más importante en ese momento: encontrar a la chica con vida.

Holloway y Gisbert, que se le han adelantado y ya están reunidos con el resto del equipo, se han mostrado comprensivos.

Especialmente el veterano, mucho menos hostil desde que sabe que Alvar está bajo amenaza.

En ese momento, en el que cualquiera habría abandonado todo, el inspector supo mantener la frialdad que exigía la investigación.

Gisbert pareció comprender de pronto por qué sus superiores lo habían puesto al frente del operativo.

Le gustaría decirle que lo respeta, pero, como es demasiado orgulloso, prefiere guardar silencio.

Los copos de nieve que caían sobre el asfalto unas horas antes no han cuajado y han dado paso a una lluvia tan intensa como la de la noche del primer asesinato.

Alvar se pone la capucha del anorak y sale del vehículo.

Al atravesar las puertas de la comisaría, encuentra bastante ajetreo.

Varios agentes organizan las batidas de búsqueda, que se reanudarán en cuanto la visibilidad lo permita.

Se dirige a la sala de reuniones, donde Gisbert y Holloway analizan el ordenador de la chica, que ya han recuperado del departamento de informática.

Cristina Máiquez y Manuel Fernández trazan sobre un mapa los últimos lugares donde fue vista Lucía.

—He hablado con los padres de la chica —comienza Máiquez en cuanto él toma asiento—.

Como suponíamos, la madre asistía al taller de literatura de Jesús Cantó.

Allí fue donde él la conoció. Me ha contado que su hija presuntamente había estado implicada en el acoso a Alba, cuyo suicidio probablemente estuvo motivado por esa situación.

El profesor solía charlar con los participantes en los descansos con la excusa de intercambiar impresiones.

Ese ha debido de ser su modus operandi .

—Y acaba de llamar el padre de una de sus amigas —añade Fernández—. Dice que su hija tiene información que podría ser de ayuda para localizarla. Está a punto de llegar.

—Yo hablaré con ella. ¿Algo interesante? —pregunta, señalando el portátil.

—Tiene varias carpetas de fotografías. Estamos revisándolas una por una —detalla Holloway.

—¿Y el vehículo?

—Nada —se lamenta Fernández—. Es como si se lo hubiese tragado la tierra.

Alvar suspira, agotado. Al igual que sus compañeros, lleva toda la noche levantado.

Recuerda que no ha probado bocado desde la tarde anterior.

Además, siente cómo la cefalea es cada vez más intensa.

Necesita un café, pero no otro de máquina, así que propone a los demás ir al bar de al lado para desayunar y despejarse un poco.

Al salir, se cruzan con voluntarios y curiosos.

—No sé si es buena idea que nos vean desayunando —murmura la agente al sentirse observada.

—Supongo que entenderán que tenemos que comer. ¿O no tenemos derecho? —replica Gisbert.

Entran en el local y buscan una mesa al fondo. Acaban de servirles unas tostadas y unos cafés cuando suena el teléfono de Alvar.

—Ha llegado la amiga —anuncia al colgar—. Vosotros quedaos y terminad. Voy a ver qué cuenta.

—Yo no quería mentir, pero ella me lo hizo jurar…

La chica tiene dieciséis años y seguramente más miedo que en toda su vida. Vestida con un chándal rosa de Minnie, parece todavía una niña. El padre, sentado a su lado, la mira con una mezcla de dureza y lástima.

—Tranquila, Ana —intenta calmarla el inspector—. Eso ahora no importa. No te lo tendremos en cuenta, pero cuéntame toda la verdad.

—Ya le he dicho todo lo que sé, se lo juro —solloza—. No dije nada porque pensé que estaría con él y no quise delatarla. Pero al ver que no volvía y no respondía a los mensajes…

—¿Qué pasó con Alba, la chica que se quitó la vida? El padre de Lucía dice que su hija se metía con ella.

Ana baja la mirada.

—Yo no tuve nada que ver —se defiende, mirando de reojo a su padre—. Es cierto que Lucía se metía con ella, pero no pueden culparla de lo que pasó. Alba ya estaba mal. Se burlaba de ella, vale, pero no la acosaba.

—Eso, Ana, es acoso —replica Alvar con dureza—. Pero hablemos de ese hombre. ¿Lo viste alguna vez?

El padre lanza una mirada fugaz a su hija.

—Una vez, de lejos…

—¿Es este? —le muestra una foto de Jesús Cantó.

Ella asiente y vuelve a echarse a llorar.

—Ana, ¿mencionó algún lugar? ¿Algún detalle? Lo que sea.

La chica guarda silencio durante unos instantes.

—No, lo siento. Sé que llevaban unas semanas viéndose, pero nunca dijo dónde. Él era muy bueno con ella. Siempre le traía cosas.

—¿No sospechabas nada? —estalla el padre—. ¡Si ese hombre os dobla la edad!

—Señor Quiles —interviene el inspector—. Deje que termine. —Se vuelve hacia la menor—. Dime, ¿qué le regalaba?

—Dulces. Peladillas, sobre todo.

Alvar recuerda que ese fue precisamente el dulce que probó en casa del profesor.

—¿Algo más?

La chica se encoge de hombros.

—¿La encontrarán?

Él miente y le asegura que sí. Aunque, por primera vez, empieza a pensar que quizá ya sea demasiado tarde.

—Arques dice que los vecinos de Cantó no saben nada. Tampoco sus compañeros de trabajo.

Alvar informa a su equipo de los escasos avances en Alicante.

—¿Habéis averiguado algo sobre él? —pregunta mientras se cruza de brazos.

—Está usando una identidad falsa —revela Máiquez, sacando un papel de su carpeta—.

Lo hemos rastreado hasta 2002; antes de esa fecha no hay nada.

Sabemos que ese año ingresó en la Universidad de Salamanca para terminar la carrera de Literatura.

He hablado con ellos y en su expediente consta que fue un traslado desde Marsella, pero no hay registro de él en ninguna universidad francesa.

Estuvo casado, pero su mujer falleció y entonces se mudó a Alicante.

—¿Algo sospechoso?

—Un excompañero dice que, justo cuando él se marchó de Salamanca, el médico que trató a su mujer se suicidó. Él se enteró porque su esposa, médica también, trabajaba con él. Podría ser casualidad, pero es extraño.

Alvar asiente, aunque hace mucho tiempo que dejó de creer en las casualidades.

Se levanta y se acerca a la ventana. Son más de las cuatro de la tarde y la lluvia sigue complicando las tareas de búsqueda.

Repasa mentalmente las palabras del profesor: « Sé que está buscando a una chica .

No debe hacerlo aquí. Piense un poco. Deje a un lado la impulsividad que le caracteriza… ».

¿Qué es lo que no está viendo?

Un agente irrumpe en la sala.

—Inspector… Ha venido alguien preguntando por usted.