El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 33
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El repiqueteo constante de la lluvia contra el tejado saca a Isabel del sueño en el que lleva sumida desde hace unas horas.

Abre los ojos lentamente para acostumbrarse a la penumbra de la habitación.

Consulta el reloj de su móvil, sobre la mesita de noche, y se sorprende al comprobar que aún son las cinco de la madrugada.

Desde que empezó a tomar la medicación, siente que cada vez necesita dormir menos horas. Los médicos le explicaron que el fármaco podía provocar ese efecto, pero que no se preocupara porque pronto recuperaría el ritmo normal.

Da unas cuantas vueltas en la cama para intentar volver a dormirse, pero siente la boca cada vez más seca, así que sale sin hacer ruido y baja a la cocina en busca de agua.

Antes de dejar el dormitorio, dirige una mirada a la cama, que continúa ocupada por la única persona que ha logrado apartarla, aunque solo sea por unas horas, de todo lo que está viviendo.

Nunca pensó que se dejaría llevar de esa manera. Sin embargo, la perspectiva de pasar varios días lejos de sus hijos, sumada a todo lo ocurrido durante las últimas semanas, ha conseguido que le importe un poco menos el qué dirán.

Precisamente fue la improvisación lo que más le gustó. Estaban tomando un café, hablando de cosas banales, cuando él le propuso una pequeña escapada.

—Para que te distraigas y estos días sin tus hijos se te hagan más llevaderos —le sugirió él—. Sin compromiso. Como amigos.

Ella apenas necesitó unos segundos para aceptar. Rubén le atrajo desde la primera conversación. Es educado, amable y divertido, además de atractivo. Y, encima, la mima como nadie lo había hecho nunca.

No ha querido contárselo a nadie, ni siquiera a Aura.

Sabe perfectamente que su hermana le habría dado una larga lista de razones para no marcharse con él.

La primera: que no lo conoce. Y es cierto.

Solo hace unos días que entró en su vida, pero siente que ha conectado con él, que la escucha sin juzgarla. Ahora mismo, eso le basta.

Por primera vez en semanas, vuelve a sentirse esperanzada. Si algo bueno puede sacar de su ingreso hospitalario, es haberlo conocido.

La intimidad también ha resultado mucho más natural de lo que esperaba.

Después de tantos años con el mismo hombre, acostumbrada a sus caricias y a su forma de moverse, temía sentirse insegura.

Pero nada de eso. Con él se siente libre como no se había sentido nunca.

Aun así, a ratos la asalta el remordimiento y no descarta acabar arrepintiéndose de una decisión tan impulsiva.

Recorre el pasillo descalza mientras se ajusta el cinturón de la bata y baja las escaleras. En la planta baja hace tiempo que la calefacción se apagó. El frío es tan intenso que puede ver el vaho de su respiración al exhalar.

La casa que han alquilado y el entorno que la rodea son preciosos.

Conserva gran parte del encanto de las construcciones típicas de montaña, aunque el arquitecto que la reformó supo integrar elementos modernos sin romper el espíritu rústico de la vivienda.

Todo resulta tan distinto de lo que ella conoce que no puede evitar sentirse fascinada.

Pese a haber vivido siempre en Alicante, nunca había visitado esa zona, tan cercana a la ciudad y, al mismo tiempo, tan alejada de ella.

Si él pretendía apartarla del ruido urbano, desde luego lo ha conseguido.

Como continúa completamente desvelada, coge una botella de agua mineral, el tabaco, se envuelve en una manta gruesa y sale a la terraza.

Fuera no se escucha nada, salvo el canto aislado de algunas aves, que rompe de vez en cuando el murmullo incesante de la lluvia sobre la vegetación.

Enciende un cigarro y contempla la montaña, que empieza a perfilarse con las primeras luces del alba.

Durante un instante fantasea con dejarlo todo e instalarse allí.

Buscar un empleo. Empezar de cero. Pero sabe que es imposible. Nunca podría hacerles eso a sus hijos.

A pesar de la calma que siente, el frío la obliga a volver dentro en cuanto se consume el cigarro.

La casa continúa en silencio.

Regresa al dormitorio y se desliza bajo las mantas junto a su compañero. Él permanece inmóvil, aunque protesta de forma inconsciente cuando ella se acurruca a su lado.

Pasa casi una hora más descansando junto a ese hombre antes de que él abra los ojos.

Ignora que, en realidad, su acompañante lleva despierto mucho más tiempo que ella.