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Alvar pisa a fondo el acelerador del coche mientras desciende por el Maigmó en dirección a Alicante. Detrás de él, al menos cuatro vehículos policiales lo siguen con las sirenas encendidas.
—Quiero a todas las unidades preparadas.
El sospechoso podría estar dentro del domicilio.
Os recuerdo que es muy peligroso y que seguramente vaya armado.
Que no entre nadie hasta que lleguemos. Y quiero bloqueadas todas las salidas de la ciudad.
Si ese cabrón trata de huir, que no lo haga por carretera.
Conduce en silencio, concentrado en llegar cuanto antes sin matarse por el camino. No puede creer que no haya sido capaz de verlo antes.
La fotografía. El taller de lectura.
Había acudido a él en busca de ayuda. La coartada perfecta: un experto en literatura italiana.
Ahora trata de recordar cuánta información le dio. Cuánto sabe ese hijo de puta sobre él. Cuánta ventaja les lleva.
—No podías saberlo —intenta consolarlo Arques, tratando de aliviar la tensión.
Alvar no contesta. Permanece con la mandíbula apretada. La mirada concentrada en la conducción.
Cuando llegan a la rotonda de San Vicente, varios coches policiales ya cortan el paso y detienen a los conductores de los vehículos sospechosos. La comitiva continúa hacia la universidad. Siguiendo sus órdenes, no hay presencia policial visible en las inmediaciones del domicilio del profesor.
El inspector detiene el coche a una distancia prudencial y se apea junto a su compañero. Holloway y Gisbert, tras ellos, hacen lo mismo. Los cuatro recorren los últimos metros hasta el adosado, ya rodeado por agentes que esperan instrucciones en silencio.
Alvar desenfunda el arma mientras se acerca a la vivienda. Él y Arques entrarán por delante; los alcoyanos cubrirán la parte trasera.
—Todas las unidades, prepárense.
Arques se acerca a una de las ventanas. No hay luz y no se oye nada.
No llaman. De una patada, revientan la puerta y entran empuñando sus armas.
—¡Policía!
Los miembros del operativo registran la casa habitación por habitación. Algunos suben directamente a la planta superior; otros permanecen en la planta baja. Fuera, varias patrullas ya interrogan a los vecinos puerta por puerta.
No tardan en comprobar que la vivienda está vacía.
Uno de los agentes baja las escaleras a toda prisa con algo en la mano.
—Hemos encontrado esto. Es para usted.
Alvar abre el sobre. Dentro hay un pendrive y una nota escueta dirigida a él.
En menos de un minuto le traen un ordenador portátil con bloqueador de escritura, donde conecta el dispositivo.
En su interior, un único archivo de vídeo.
Alvar hace clic sobre él y un primer plano del profesor aparece de inmediato en la pantalla.
—Qué cojones…
—« Hola, inspector. Lamento que tengamos que comunicarnos de este modo. Tengo que reconocer que empezaba a acostumbrarme a su grata compañía».
Jesús Cantó e stá sentado ante una mesa de despacho, con las manos entrelazadas y el gesto serio. Habla con calma, con un discurso ensayado, mirando fijamente a cámara sin apenas parpadear.
—« Si está viendo esto es porque ha conseguido unir algunas piezas. Aunque me temo que llega tarde. Si está ahora ahí, inspector, es porque yo así lo he querido».
Alvar siente un escalofrío. Ha detenido a asesinos antes, pero nunca se había cruzado con uno como ese.
—«Pero no se ponga triste. Este no es el final. Al menos, para usted. Créame, solo acabamos de empezar».
El profesor hace una pausa. Chasquea la lengua mientras niega despacio con la cabeza.
—« Sé que está buscando a una chica. No debe hacerlo aquí.
Piense un poco. ¿O es demasiado pedir? Usted siempre se ha creído mejor que los demás.
Le recomiendo que, por una vez, deje a un lado esa impulsividad que le caracteriza, ese…
complejo de héroe, y trabaje en equipo. Quizá aún llegue a tiempo».
Alvar detiene el vídeo de golpe.
—Aún está viva —murmura sin apartar la vista de la pantalla—.
Llama a los padres de la chica —ordena a Arques—.
Pregúntales por esas reuniones en la universidad.
Despertad a las amigas si hace falta. Necesito saber todos los movimientos que hizo Lucía esta semana, ¿entendido?
Y quiero ese ordenador en Informática ahora mismo. Lo revisaré personalmente.
El inspector reanuda el vídeo.
—«Tengo que admitir que esperaba un poco más de usted, inspector. Alguien con una carrera tan brillante, un experto en perfiles criminales, debería haberme descubierto antes, ¿no está de acuerdo?».
El catedrático sonríe.
—«Le dejé algunas pistas».
Hace una mueca de tristeza.
—«Imagino que su superior, el comisario Urriaga, estará decepcionado. Un hombre que ha depositado tanta confianza en usted. Que lo ha puesto al frente de esta investigación».
Alvar traga saliva.
—« Oh, sí. Llevo tiempo observando a su superior. A usted también. Y a su familia».
Holloway y Gisbert intercambian una mirada fugaz.
—«Tengo entendido que está a punto de casarse».
— Hijo de puta… —masculla Gisbert al ver cómo palidece su compañero.
—Enviad una patrulla a mi casa. Ahora —ordena mientras marca el número de Aura.
Sus compañeros observan en silencio cómo llama una vez tras otra.
—No responde.
—Son las tres de la mañana —trata de tranquilizarlo Arques—. Estará dormida. Ya hay dos patrullas en camino. No tardarán en llegar.
Pero las palabras de su compañero no logran calmarlo. Recuerda a Aura de pie en la cocina, conteniendo el llanto, diciéndole que espera un hijo suyo.
Y él marchándose de casa sin saber qué decir.
No podría haber escogido peor momento para joderlo todo.
Si le pasa algo…
No piensa perderla. Hará lo que haga falta para que lo perdone, para recuperar su confianza.
—¿Cuánto tiempo hace que se marchó de aquí? —oye preguntar a Gisbert detrás de él.
—Por el consumo eléctrico, diría que no más de un par de días —estima Holloway—. Le ha dado tiempo a salir del país.
—No —interviene Alvar—. Sigue aquí. Ya lo habéis oído. Aún no ha terminado. Quiere jugar con nosotros. Si Lucía estuviera muerta, no habría dejado el vídeo. Necesita estar cerca. Ver cómo trabajamos.
Se vuelve hacia el resto de agentes.
—Quiero saberlo todo de ese cabrón. Todo. Qué hace, dónde compra, cómo se desplaza, con quién se relaciona. Hasta lo que desayuna.
Todos asienten. Varios agentes abandonan el domicilio.
—Despertad a sus compañeros de trabajo, a sus vecinos, a cualquiera que haya tenido contacto con él en las últimas semanas.
Se gira de nuevo hacia el ordenador. El profesor lo mira desde la imagen congelada en la pantalla.
—Te voy a atrapar, hijo de puta.