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Alicante, España
Muchas personas no creen en la casualidad.
No comprenden que gran parte de su vida está condicionada por el azar; que el universo se rige por fuerzas que determinan que ciertas cosas sucedan de manera impredecible.
Estas personas no saben qué es la fe. Creen en la ciencia por encima de todo y solo admiten aquello que puede verse, tocarse y cuantificarse.
Prefieren pensar que son dueños de su propio destino.
Tom nunca lo vio así.
Desde el fondo del aula, observa al pintoresco grupo: el azar ha hecho un buen trabajo. Las sillas han sido dispuestas en semicírculo y todos conversan animadamente, ajenos al destino que les aguarda.
Hace meses que el profesor organiza estas reuniones y se enorgullece de su éxito.
Al departamento le encantó la idea. Por fin habían contratado a alguien con iniciativa.
Para sus compañeros, aquella era la forma ideal de fomentar la lectura, de hacerla accesible a cualquiera, sin importar la edad o el nivel socioeconómico.
Lleva en España más de veinte años, seis de ellos en esta universidad. Atrás quedaron otros lugares y empleos. Mejor o peor remunerados. Más o menos reconocidos.
Cuando dejó Siena no tenía ni treinta años y aún le quedaba mucho que aprender, mucho que perfeccionar. Como tantas otras veces, tuvo que salir huyendo. No podía seguir allí; lo habrían atrapado. Lo que le hizo a aquella chica había sido necesario, pero nadie lo entendió. No estaban preparados.
Concluyó sus estudios en Salamanca, una buena universidad.
Después consiguió empleo en un colegio privado como profesor de Lengua.
Fueron años tranquilos en los que se esforzó por pasar desapercibido.
Se integró y aprendió a camuflar el acento.
Conoció a una mujer. Trabajaba con él. Era inteligente, dulce, hermosa. Una excelente persona.
La tapadera perfecta.
Se casaron tras dos años de noviazgo. Durante un tiempo, creyó que ella podría salvarlo, que llenaría el vacío que siempre sintió. Le hizo imaginar una vida distinta.
Nada de eso ocurrió. Su destino ya estaba escrito.
Cambió de empleo porque no quería que ella controlara sus pasos. Y así consiguió llevar una doble vida. De cara a la galería era un buen profesor y un marido ejemplar. De puertas para adentro, trataba de reprimir sus impulsos.
Cinco años después de la boda llegó el diagnóstico: cáncer de pulmón.
Ella, que nunca había fumado. Que practicaba ejercicio y comía sano.
Ella, que siempre hizo el bien. Cuando le hicieron el estudio de extensión, tenía metástasis en hueso, en hígado, en cerebro.
Intentaron la quimioterapia. Murió seis meses después en una cama de hospital, llena de tubos y con el gesto deformado por el dolor.
Durante el ingreso, se toparon con un oncólogo hastiado y negligente. No respondía a las llamadas cuando estaba de guardia, trataba mal a los pacientes y no les administraba las mejores terapias. En cierto modo, los dejaba morir. Le traían sin cuidado.
Tom lo observó todo.
Y volvió a ceder a sus impulsos.
Empezó a seguir al médico. Lo estudió durante semanas hasta que encontró la oportunidad.
Aún recuerda el miedo en sus ojos.
Hizo que pareciera un suicidio. Nadie lo cuestionó. Todos sabían que el hombre estaba quemado, harto de su trabajo. No hicieron preguntas. No investigaron.
Tom se mudó. Ya no había nada que lo atara a ese lugar, salvo el propósito de continuar.
Para cuando llegó a Alicante, nadie dudaba de su nacionalidad.
Su acento escocés casi había desaparecido.
Se integró entre vecinos y compañeros. Iba al cine, leía y hacía deporte con regularidad.
Interpretó a la perfección el papel de viudo que ya no quería saber nada de mujeres.
La soltería le brindaba muchas horas libres y pocas preguntas.
Era respetado entre alumnos y profesores.
Aplicado, metódico y competitivo, no tardó en obtener la cátedra.
La idea de los talleres de lectura surgió casi por casualidad.
Pero no quería crear un mero club. Aspiraba a algo más ambicioso.
Quiso convertirlo en una propuesta verdaderamente atractiva.
Lo publicitó con dinero de su bolsillo. Llevaba café, infusiones y dulces.
Corrió la voz y las reuniones pronto tuvieron éxito.
Incluso la prensa se interesó por entrevistarlo y hacer algunas fotografías.
Durante las reuniones hablaban de literatura, de cine o de cómo las dos artes se influenciaban mutuamente.
El aula se llenaba. No solo asistían estudiantes, sino también familiares y personas ajenas a la universidad.
Y entonces apareció Alberto Fernández Gandía.
El hombre capaz de asesinar a sangre fría a su mujer y a sus dos hijos solo porque ella había decidido divorciarse.
Ese malnacido se presentó una tarde en el domicilio familiar con la excusa de ver a los niños y ultimar los detalles de la separación.
Debió de interpretar el papel de su vida porque, según la autopsia, ni Pilar Ampuero ni los pequeños mostraban signos de defensa.
Además, la cerradura no estaba forzada y la casa estaba perfectamente ordenada.
Lo que sí reveló el examen forense fue el característico color cereza en la piel propio de la intoxicación por cianuro.
Pilar lo ingirió en un café. Sus hijos, en una tableta de chocolate.
Aunque había huellas suyas por toda la vivienda, en el juicio no pudieron demostrar su relación con el veneno.
Gandía era abogado y conocía todos los recovecos de la ley.
Junto a un colega elaboró una defensa brillante, propia de las mejores películas judiciales, y consiguió eludir la cárcel.
Nadie dudó nunca de su culpabilidad. Ni la familia de Pilar, ni la opinión pública.
Ni Tom.
Cuando lo conoció, Gandía acababa de instalarse en Alcoy. No tardó ni diez minutos en decidir qué haría con él. Fue ahí cuando todo alcanzó una dimensión diferente. El anonimato dejó de parecerle importante. Comprendió que su obra debía trascender. Que el mundo debía entender. Y agradecer.
La sed de justicia se convirtió en una enfermedad, una obsesión que ocupaba cada pensamiento.
Volvió a pensar en su padre.
En los castigos.
Todo empezó a cobrar sentido.
El Cielo y el Infierno, como Dante los había concebido. Todo perfectamente ordenado. Cada pecado, un castigo. Cada falta, un lugar. El séptimo círculo, el de los violentos, dividido en tres: los que ejercen la violencia contra el prójimo, contra sí mismos, y contra Dios y la naturaleza.
Y, por encima de todo, el contrapaso. La relación perfecta entre el pecado y el castigo.
Antes de matarlo intentó hacerlo hablar. Lo golpeó una y otra vez. Pero Gandía no confesó. Ni siquiera cuando la pintura empezó a invadirle los pulmones. Lloró. Suplicó. Mintió hasta el final.
Él no necesitó una confesión. Vio la culpa en sus ojos.
Para quien aún no cree en el azar, ¿cómo explicar que, casi al mismo tiempo, coincidiera con Miguel Bornay en una de aquellas reuniones literarias?
Empresario corrupto.
Ni el primero ni el último.
Acudió acompañando a uno de sus hijos, alumno de la universidad.
Tom tardó poco en averiguar quién era en realidad.
Bornay ejercía un abuso constante sobre sus trabajadores, especialmente sobre las mujeres.
Ya se había librado de un par de denuncias por agresión sexual gracias a la intimidación y las coacciones.
Hoy, sentado en el fondo del aula, Tom vuelve a sentirlo.
El impulso.
La observa hablar con otra mujer sentada a su derecha.
Silvia Esteve, psicóloga. Una narcisista que acude a los talleres solo para exhibir su superioridad intelectual.
Interrumpe constantemente al resto de alumnos.
Siempre tiene un argumento mejor, uno más brillante. Al menos, eso es lo que ella cree.
A él no le gustó desde el principio. Quizá por intuición, quizá por experiencia, pero sospechó de ella desde el primer momento.
La siguió durante semanas hasta que se cruzó con ese chico saliendo de su consulta.
Intentó ayudarlo. Le dio una estampa de san Nicolás de Bari, patrón de los niños, para que lo protegiera.
Lamenta no haber podido salvarlo. Pero, en el fondo, piensa que el chico resultó ser un débil, un pobre de espíritu que prefirió lanzarse desde un balcón.
La reunión está a punto de terminar. El profesor da las recomendaciones literarias para la semana siguiente y agradece la asistencia.
Silvia recoge sus cosas y sale de la sala. Esa noche estará sola en su consulta. Él lo sabe porque la ha escuchado hablar antes, durante el descanso.
Silvia Esteve, mujer de ciencia.
Una mujer convencida de que controla su destino.
La observa alejarse mientras reprime una sonrisa.
Porque ha sido precisamente la casualidad la que acaba de marcar su destino, condenándola.