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—No sabes cuánto me alegro por ti. Por los dos.
Aura juguetea con la bolsita de té mientras escucha a su hermana repetir esa frase una y otra vez como si fuera un mantra.
No debería habérselo contado, pero estaba demasiado nerviosa y necesitaba hablar con alguien.
Confía en que Alvar no se tome mal no haber sido el primero en enterarse.
Aunque no debería, su reacción es precisamente lo que más le preocupa ahora mismo.
—Ya verás como se lo toma genial —augura Isabel como si adivinase sus preocupaciones—. Está súper enamorado de ti. Le vas a dar una alegría.
—No sé yo…
—Vas a contárselo en cuanto vuelva, ¿verdad?
Aura pone cara de circunstancias. Sigue pareciéndole una pésima idea darle la noticia ahora, cuando él está completamente absorbido por una investigación que no avanza, pero tampoco cree que pueda soportar el peso del secreto mucho más tiempo.
Visitar a su hermana ha sido una buena idea.
Sabía que hablar con ella la tranquilizaría.
Además, hoy la encuentra extrañamente bien.
Demasiado, quizá. Está animada, habla sin parar e incluso se ha arreglado.
Teniendo en cuenta que ha pedido un tiempo a Marcos y que este ha aprovechado para llevarse a los niños unos días con sus padres, hay algo que no termina de encajar.
—¿Qué pasa? —pregunta Isabel con una sonrisa.
—Nada. Me gusta verte así.
Su hermana baja la mirada, ligeramente avergonzada.
—Quiero contarte una cosa —confiesa—, pero no me juzgues, por favor.
—Sabes que nunca lo haría. ¿Qué pasa? Me estás asustando.
—He conocido a alguien.
—¿Cuándo? —A Aura le cuesta ocultar su extrañeza.
—Lo conocí en el hospital, durante mi ingreso.
—Pero si hace solo unos días…
—Has dicho que no ibas a juzgarme —se defiende.
Aura no da crédito. No es que le parezca mal que su hermana se distraiga un poco, pero teme que todo lo ocurrido la haya empujado a los brazos del primero que se ha cruzado en su camino.
Además de sospechar que la medicación administrada pueda estar desencadenando un episodio maníaco.
Cuando hacía prácticas de psiquiatría, recuerda que una paciente con ese diagnóstico abandonó a su familia por un tío que había conocido por internet apenas una semana antes y al que había nombrado heredero de todos sus bienes.
—Lo sé. Te juro que no lo estoy haciendo. Es solo que me preocupo por ti.
—Y te lo agradezco, pero tienes que confiar en mí. Te aseguro que esto es bueno para mí. Es como una pequeña ilusión en medio de todo lo malo que me está pasando.
La serenidad con la que habla la tranquiliza. Comprende que necesite un nuevo apoyo para salir del bache y recomponerse. Un apoyo que vaya más allá de sus hijos. Quizá no sea tan malo. Así que prefiere no opinar más y mantenerse fiel a la promesa de no juzgarla.
—Yo siempre voy a apoyarte —Aura se acerca y la abraza—. ¿Sabes? —le susurra al oído—. Si mataras a alguien, te ayudaría a ocultar el cadáver.
Isabel suelta una carcajada.
—Pero entonces tendría a tu marido detrás de mí. Y créeme que no lo quiero como enemigo. Dicen que, como poli, es muy duro.
Mientras su hermana termina de arreglarse, Aura enciende la televisión.
Las noticias sobre el «asesino de Dante», como lo ha bautizado la prensa, ocupan tanto los informativos como los programas de entretenimiento.
Alvar casi no le cuenta nada de la investigación y ella no puede evitar estar preocupada, así que sube el volumen.
—«… fuentes policiales aseguran que se está trabajando sin descanso para esclarecer las circunstancias que rodean unos crímenes que mantienen a la provincia de Alicante en alerta.
Con el de Silvia Esteve ya son tres los asesinatos cometidos por el llamado asesino de Dante.
Recordamos a los teleespectadores que en el registro del domicilio de Esteve fueron halladas varias grabaciones en las que la víctima presuntamente abusaba de sus pacientes, la mayoría, menores de edad.
En el caso del empresario Miguel Bornay, este programa ha tenido acceso al testimonio de una mujer que asegura que el empresario manipuló a sus trabajadores para encubrir el incendio en la fábrica que se cobró varios heridos… »
A paga el televisor. Lo que acaba de escuchar le ha revuelto el estómago todavía más de lo que ya lo hace el embarazo.
Cuando Isabel está lista, le pide a su hermana que se pase un momento por la cafetería donde ha quedado con Rubén, el hombre al que está conociendo. Aura accede a regañadientes.
Conduce detrás de su hermana hasta el centro de Alicante.
Deja el coche en el garaje y se dirige al local.
Al llegar, la encuentra ya acompañada. Antes de entrar, los observa a través del cristal.
Charlan animadamente, con los típicos gestos torpes y nerviosos de los que se conocen desde hace poco.
Él es alto, atractivo y va bien vestido.
En cierto modo, puede entender a su hermana.
Mejor eso que quedarse en casa lamiéndose las heridas.
Entra y saluda. Ellos se levantan, nerviosos.
—Encantado de conocerte —saluda él con una sonrisa casi perfecta—, Isabel me ha hablado mucho de ti. ¿Qué quieres tomar?
Aura está a punto de preguntarle cuánto puede haberle contado su hermana de ella si acaban de conocerse, pero se calla.
Preferiría marcharse a casa, pero los ojos de su hermana le suplican que se quede, así que pide una infusión y se sienta un rato con ellos.
Hablan de cine, de las últimas novelas que han leído y de sus respectivos trabajos.
Rubén les cuenta que es ingeniero informático en una empresa internacional y que llegó a Alicante hace unos años por motivos laborales, aunque nació y creció en un pequeño pueblo de Santander.
En todo momento se muestra atento con Isabel.
Tanto que parece medir cada gesto antes de hacerlo. Es amable, educado y culto.
Aura no tiene nada que objetar. Salvo que le parece demasiado pronto para que su hermana se ilusione.
Cuando considera que ha estado un tiempo prudencial, se despide con la excusa de que aún tiene que hacer la compra y quiere estar en casa cuando llegue Alvar.
Sale de la cafetería y se le ocurre que, como aún no es demasiado tarde, podría dar un paseo por la zona comercial. Hace tiempo que no lo hace. Antes, solía pasar tardes enteras en la avenida de Maisonnave, saltando de una tienda a otra hasta aburrirse.
De regreso, se detiene frente a varios escaparates de ropa infantil.
Sus sentimientos respecto al embarazo oscilan constantemente entre el temor más genuino —por lo que vendrá, por sus dudas como madre y por el miedo, como médico, a que algo salga mal— y la ilusión que le provoca esa nueva etapa que, en el fondo, siempre supo que acabaría llegando.
Se dice a sí misma que ha de ser valiente y afrontarlo, como siempre ha hecho con todas las dificultades que ha tenido que ir superando a lo largo de su vida.
Una vez en casa, se da una ducha y, antes de ponerse el pijama, se observa desnuda frente al espejo del vestidor con las manos sobre el vientre.
Está tan delgada que ya distingue el pequeño bulto que en poco tiempo no podrá ocultar.
Le preocupa el trabajo. No sabe cómo le dirá a su jefe que está embarazada y que tendrá que ausentarse durante la baja maternal.
No hay anestesistas suficientes —o el hospital no quiere contratarlos—, lo que supondrá que sus compañeros tendrán que hacerse cargo de las guardias que ella no pueda cubrir.
Angustiada y con la cabeza a mil por hora, se tumba en el sofá y pone una serie. Algo absurdo con lo que distraerse.
Está tan cansada que, en menos de cinco minutos, cae rendida.