El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 29
69%

29

Alvar recorre las calles del barrio de Kensington siguiendo la única pista que la señora Whitman ha podido darle sobre el paradero de su hijo: el contacto de una antigua amiga.

La anciana le anotó la dirección y le deseó suerte con el entusiasmo resignado de quien sabe de antemano que va a fracasar.

El inspector se ajusta la capucha del anorak y aprieta el paso.

El viento es helado y la lluvia fina, tan característica del Reino Unido, se le clava en el rostro como agujas.

Ni siquiera sabe si logrará localizar a esa mujer; han pasado muchos años.

Aun así, confía en que sus padres todavía vivan allí y puedan ponerlo en contacto con ella.

Vuelve a consultar la dirección en el móvil.

Tiene que darse prisa si quiere coger el vuelo de esta tarde.

Le urge reunirse con sus compañeros. Además, está deseando ver a Aura.

Ella le ha dicho que no hace falta que pase a verla, que comprende lo complicada que es la situación, pero la ha notado rara.

Sabe que no está atravesando un buen momento y desearía estar a su lado para apoyarla.

Se detiene frente al número indicado. Es una elegante casa adosada de dos plantas.

Sube los escalones de la entrada y llama a la puerta.

Tiene que insistir tres veces antes de que una mujer de unos cuarenta años, de tez pálida y cabello rubio y largo, le abra la puerta.

Detrás de ella, un par de niños en edad escolar lo observan con curiosidad.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? —pregunta mirándolo con desconfianza.

—Buenos días, me llamo Javier Alvar. Soy inspector de policía en España —se presenta mostrando su identificación—. Estoy buscando a Claire Collins. Según tengo entendido, vivía aquí con sus padres en el noventa y siete.

—Ya no vive aquí. ¿Por qué la busca?

—Lo lamento, pero eso tendría que hablarlo con ella. ¿Podría decirme dónde puedo encontrarla?

La mujer vacila un instante.

—Es mi hermana —revela al fin—. Las dos hemos venido a visitar a nuestros padres. Espere aquí. Voy a avisarla.

Al inspector le sorprende que no lo invite a pasar, sobre todo con el frío que hace.

Desde luego, no es un comportamiento propio de una cultura que presume de su exquisita educación.

A través de la puerta entreabierta asoman un par de cabecitas que desaparecen entre risas y cuchicheos.

No tarda en salir otra mujer mientras termina de ponerse el abrigo.

A diferencia de su hermana, Claire tiene la tez más morena y el pelo oscuro.

Alvar calcula que tiene más o menos la misma edad.

—Buenos días. Mi hermana me ha dicho que quiere hablar conmigo.

Él se presenta de nuevo y le explica el motivo de su visita: averiguar el paradero de Ben Whitman.

—Sí, éramos muy amigos —responde ella, arqueando las cejas—, pero hace siglos de aquello, cuando estábamos en la universidad. Ambos estudiábamos Medicina. Debió de ser… finales de los noventa o principios de los dos mil. Luego, él se marchó y no lo he vuelto a ver.

—¿Tiene idea de adónde pudo ir?

—No, la verdad. Como le acabo de decir, perdimos el contacto. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Ha pasado algo?

—No, no se preocupe. Pero es importante que haga memoria. Sé que hace mucho tiempo, pero ¿recuerda si alguna vez mencionó algo? Aunque fuera de pasada.

Ella niega con un gesto.

—Me gustaría poder ayudarle, inspector, pero ya le he dicho todo lo que sé. Éramos muy buenos amigos, pero un día, sencillamente, desapareció.

Alvar se despide, frustrado por el tiempo perdido en Londres, y se marcha calle abajo. No ha caminado ni cinco minutos cuando escucha unos pasos acelerados tras de él. Es Claire.

—Inspector —dice ella, tratando de recuperar el aliento mientras saca algo del bolsillo—. No sé si esto puede servirle de ayuda, pero acabo de recordarlo.

Es una postal con el Coliseo romano fotografiado desde el aire. No tiene remitente ni ninguna anotación, salvo un escueto «Feliz cumpleaños» escrito a mano.

—La recibí por mi cumpleaños un par de años después de que él se marchara —explica Claire—.

No puedo demostrarlo, pero siempre sospeché que fue Ben quien me la envió.

Quizá se sentía culpable por no haberse despedido.

¿Sabe? Mi madre aún me riñe porque dice que lo guardo todo. Y ahora… espero que le sirva de ayuda.

Unos minutos después, ya en el taxi que lo lleva a su hotel, Alvar no puede apartar la vista de la postal. Roma. Por primera vez desde que llegó a Londres, siente que ha encontrado algo.

Marca el número del subinspector Arques.

—Envía un mensaje SIRENE —ordena en cuanto su compañero descuelga—.

Necesito que la fotografía que os he enviado llegue a todas las patrullas de los Carabinieri cuanto antes.

Puede que nuestro hombre se trasladara de Gran Bretaña a Italia.

Y habla con Urriaga para que tramite una orden europea de investigación y contacte con nuestro agregado de Interior en la embajada.

Si cometió algún delito allí, necesitamos saberlo.

Quizá encontremos las respuestas que buscamos.