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Siena, Italia
Tom cierra el libro, se levanta y paga el café.
Está a punto de empezar una de sus clases favoritas y prefiere llegar pronto para asegurarse un buen sitio en primera fila.
Acceder a la Facultad de Letras y Filosofía no le costó más que un par de exámenes y algunas entrevistas.
Haber cursado dos años de Medicina en Londres le abrió las puertas de una de las universidades más prestigiosas de Italia.
Siena, esa joya medieval de la Toscana, resultó ser el refugio perfecto para un joven intelectual como él.
Sale de la cafetería y contempla la Piazza del Campo.
A esa hora de la tarde, con el sol de primavera acariciando los ladrillos, le parece más hermosa que nunca.
Decenas de estudiantes descansan en el suelo, tomando el sol o repasando apuntes.
Saluda a varios al pasar. Ninguno conoce su verdadero nombre.
No lo llaman Tom, por supuesto. Tampoco Ben.
Tuvo que cambiar de identidad, de nuevo. Después del incidente.
Ni siquiera pudo despedirse de sus padres adoptivos.
Se marchó una mañana diciendo que se iba de viaje con unos amigos y nunca regresó a Londres.
No podía. No quería arriesgarse a que lo descubrieran.
Nunca quiso hacer daño a unas personas que lo habían tratado como a un hijo, pero ellos jamás lo habrían entendido.
Aquel chico se lo merecía. Igual que el profesor.
Aunque aquello había sido diferente. Un accidente.
Pero lo del chico no. Una noche en la que Tom había salido a tomar unas cervezas con sus compañeros, vio a un hombre forcejeando con una chica en un callejón.
Al saberse descubierto, el agresor echó a correr y dejó a la joven tirada en el suelo.
Cuando Tom llegó hasta ella, apenas podía moverse.
Después de hablar con la chica, se dedicó a buscarlo.
Durante semanas preguntó, investigó y siguió cualquier pista que pudiera llevarlo hasta él, hasta que por fin lo encontró.
Aún recuerda con satisfacción el momento en que le hizo pagar.
Y se sintió, por segunda vez en su vida, como un hombre con un verdadero propósito.
Alguien destinado a hacer cumplir la ley divina.
Quizá empieza a parecerse a su padre. Quizá uno no puede desprenderse de lo que realmente es, de la sangre que corre por sus venas. Quizá su padre lo hizo todo por su bien. Quizá Ishbel simplemente nunca lo entendió.
Sin embargo, Tom no fue lo bastante cuidadoso. La policía no tardó en hacer preguntas y tuvo que desaparecer. Italia le pareció un buen lugar para empezar de cero. Ahora tiene un trabajo que le permite pagar el alquiler y su rendimiento académico es excelente. Nadie sospecha de él.
Cuando la clase termina, recoge sus cosas, se despide de sus compañeros y se apresura a coger uno de los autobuses naranjas que lo llevará hasta el barrio de San Miniato. El trayecto se le hace eterno.
Sube las escaleras con una calma que le sorprende. Nada más abrir la puerta del apartamento, un intenso olor metálico penetra en sus fosas nasales. Un aroma que ya reconoce y que le resulta agradable. El inconfundible olor de la sangre.
Quizá no debería haberlo hecho. Pero esa zorra merecía ser castigada. Durante meses ha abusado de una compañera con insultos, humillaciones y amenazas.
Ahora Tom la observa tumbada sobre la cama, atada de pies y manos. Indefensa. Con los ojos muy abiertos, le suplica en silencio. Y siente una agradable tibieza.
Se regodea en su sufrimiento.
Se repite una y otra vez que está haciendo lo correcto.
Que alguien tiene que hacerlo.