El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 27
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—« Buenas tardes, señoras y señores, les habla el comandante del vuelo Iberia Skies siete cuatro dos con destino a Londres.

En unos minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Heathrow.

Son las siete de la tarde, hora local. El cielo está despejado y la temperatura exterior es de dos grados centígrados, por lo que les recomiendo tener los abrigos a mano en el momento de desembarcar.

En nombre de la tripulación, queremos agradecerles que hayan elegido nuestra compañía para volar en estas fechas tan señaladas.

Esperamos que disfruten de su estancia en Londres».

La voz del piloto y las turbulencias despiertan a Alvar.

El estrés y la falta de sueño de las últimas horas han hecho que se quedara dormido nada más despegar.

Consulta su reloj: el vuelo tomará tierra quince minutos antes de lo previsto.

Mira por la ventanilla y contempla la vista aérea.

Es noche cerrada y la ciudad brilla con las luces de Navidad, aún encendidas.

Es una estampa bonita. Si no fuera por el motivo del viaje.

Recoge el equipaje de mano, se abrocha el cinturón y se prepara para el aterrizaje.

Media hora después, el inspector toma un taxi a la salida del aeropuerto.

Da las indicaciones al conductor y se recuesta en su asiento.

Observa Londres tras el cristal. Y deja escapar una sonrisa.

No puede evitar sentir cierta nostalgia al volver a recorrer sus calles con la mirada.

Entonces era un joven impulsivo y obstinado, alguien convencido de que iba a comerse el mundo.

Eligió Londres, como podría haber elegido cualquier otro destino, únicamente para escapar de unos padres demasiado controladores y, gracias a la herencia de su abuelo, pudo alquilar un piso en Oxford Street, una de las mejores zonas de la capital británica.

Estuvo allí menos de un año, pero recuerda esos meses con cariño: trabajaba de noche como camarero, dormía por las mañanas y tenía mucho tiempo libre por las tardes.

Perfeccionó su inglés hasta hablar casi como un nativo e hizo buenos amigos.

Se pregunta si tendrá ocasión de llamar a James, con quien aún mantiene el contacto, antes de regresar.

El taxi avanza con lentitud debido al tráfico. Tras cruzar el Támesis, el vehículo se desvía hacia una zona residencial hasta detenerse frente a su hotel, el Kew Richmond, un alojamiento de cuatro estrellas con un pub tradicional en la planta baja.

Paga, baja del coche y entra en el hotel.

Una vez se ha registrado, sube a su habitación y se da una ducha rápida.

Son las ocho. Tarde para cualquier británico.

Piensa que quizá debería descansar y posponer la visita para el día siguiente, pero el tiempo apremia y necesita hablar con la mujer que le contactó por teléfono y que insistió en que tenía información importante sobre el caso.

La dirección queda a unas calles del hotel.

Si se da prisa, puede estar allí antes de las nueve.

Richmond upon Thames es una zona residencial de calles arboladas y vistas al río. El inspector entra en Chaucer Avenue y se detiene frente a la casa indicada. No tardan en abrirle la puerta.

—Buenas noches. ¿Es usted la señora Whitman? —pregunta en un perfecto inglés.

La anciana debe de rondar los noventa años, pero mantiene un aspecto cuidado. Lleva el pelo corto, teñido de un rubio casi platino, y unas gafas de montura fina. El rostro, surcado de arrugas, está plagado de pecas. Viste un pantalón de lana gris y un jersey de cuello vuelto.

Ella asiente.

—Soy el inspector Javier Alvar. Hablamos por teléfono.

—Pase, inspector. Le estaba esperando.

Él la sigue por el pasillo. Pese a su edad, se mueve con agilidad, de forma grácil, como si en otro tiempo hubiese sido bailarina.

Cuando llegan a la sala de estar, ella le pide que tome asiento en una butaca.

Es una estancia pequeña, decorada al más puro estilo inglés, con moqueta y muebles tapizados con motivos florales.

Frente al sofá hay un único mueble con la televisión.

Alvar se fija en que no hay ni una sola fotografía.

La mujer le ofrece una taza de té, que él agradece, y se acomoda en la otra butaca.

—Una casa preciosa. ¿Vive usted sola?

—No. Mi marido y yo. Hoy ha preferido quedar con su hermano. Le pido que le disculpe; es una de esas personas a las que no les gusta airear las intimidades del hogar.

El policía asiente mientras bebe un sorbo de su taza.

—Decía que tenía información relevante para el caso...

—Así es. Verá, inspector, escuché en las noticias que van tras el asesino de Dante. —Le clava la mirada—. La prensa lo ha bautizado así, ¿verdad?

Alvar exhala un leve suspiro.

—Supongo. Aunque se imaginará que no todo lo que dicen es cierto, sobre todo en estos tiempos. Hoy en día circulan demasiadas noticias falsas. Internet y las redes...

—Me hago cargo —lo corta ella—. Pero hubo un detalle que me llamó la atención. Me refiero al dibujo que aparece en los escenarios del crimen: los nueve círculos entrelazados.

El inspector deja la taza de nuevo sobre la mesita y se inclina hacia delante.

—Antes de nada, debe entender que esto no es fácil para mí —añade la anciana mientras juguetea nerviosa con su alianza—. Ni para mi marido.

—Lo comprendo. Lo que hablemos no saldrá de aquí. Tiene mi palabra.

La mujer respira aliviada, pero se toma unos minutos antes de hablar.

—Hace cuarenta años, las cosas eran muy diferentes —comienza, con la mirada fija en el suelo—.

Eran tiempos difíciles para las parejas que no podían tener hijos.

Había tratamientos, claro, pero eran muy caros y no tuvimos suerte.

Después de años intentándolo, tiré la toalla.

Me resigné a que nunca sería madre. Después caí en una depresión.

Fueron años muy duros. Mi marido, desesperado por verme mejor, decidió acudir a una agencia de adopción.

Alvar escucha el relato sin terminar de comprender la relación con el caso. Empieza a pensar que quizá Urriaga tenía razón y se ha precipitado al venir a Londres.

—Supongo que se estará preguntando qué tiene que ver esto con su investigación —se anticipa la anciana, leyéndole el pensamiento—.

No se impaciente. Verá como todo guarda relación.

—Hace una pausa—. En fin, como le iba diciendo, fue una época difícil para los que no podíamos concebir, así que, puede imaginarse la alegría que sentimos cuando, solo unos meses después de registrarnos, nos llamaron de la agencia.

Un niño de doce años se había quedado sin familia y nos lo ofrecieron.

En ese momento, si le digo la verdad, yo ni siquiera me planteé un «no». Deseaba tanto ser madre...

La mujer se levanta y camina hasta la ventana. Fuera ha comenzado a llover. Dando la espalda al inspector y con la mirada fija en el jardín, continúa su relato:

—Ni siquiera quise saber qué le había sucedido.

Por supuesto, luego me enteré. El pobre niño había perdido a su madre de manera trágica hacía pocos meses.

Ella... —se vuelve hacia el inspector con el rostro ensombrecido— se había suicidado delante de él.

Pero no piense que era un niño problemático.

Al contrario, era maravilloso. Estaba traumatizado, lógicamente, pero era educado y buen estudiante. Nos lo puso fácil desde el primer día.

—Me está hablando de su hijo, entonces... —deduce Alvar.

—Sí —confirma la mujer con una sonrisa triste—. Ben. Él es el motivo por el que le he llamado. Ya le he dicho que era un niño muy bueno y un estudiante ejemplar. Sacaba muy buenas notas y, cuando terminó el instituto, entró en Medicina en el Imperial College London. Estábamos tan orgullosos…

El policía empieza a impacientarse. Es tarde y teme que la anciana esté divagando o, peor aún, que no se encuentre en plenas facultades mentales.

—Lamento interrumpirla, señora Whitman —apunta con el mayor tacto posible—, pero sigo sin comprender qué tiene todo esto que ver conmigo.

Ella se yergue en su butaca, molesta.

—Lo siento, inspector. Tiene usted razón. Le he llamado porque temo que Ben pueda estar implicado en esos asesinatos.

Al ver la reacción de Alvar, hace una pausa antes de explicarse:

—Él… empezó a cambiar. Todo comenzó a raíz de un suceso en la universidad. Un profesor apareció muerto en su despacho, en la facultad. Dijeron que se había golpeado accidentalmente la cabeza contra el pico de una mesa al caer.

—¿Tuvo algo que ver su hijo en todo eso?

—No que supiéramos, pero, a partir de entonces, su comportamiento cambió por completo.

Se encerraba durante horas en su habitación.

Apenas salía y, las pocas veces que lo hacía, volvía ebrio o drogado.

Dejó de hablar con nosotros. Mi marido y yo estábamos muy preocupados.

Un día, un amigo suyo vino a casa aprovechando que Ben no estaba.

Nos confesó que lo había visto salir del despacho del profesor el día del «accidente» y nos pidió que no le habláramos a Ben de su visita.

Cuando regresó, tratamos de sacarle algo, pero él se puso muy violento.

La anciana guarda silencio unos segundos, como si necesitara el permiso del inspector para continuar. Él no dice nada.

—Unos meses más tarde, tuvo lugar otro suceso. Una noche llegó de madrugada y con la ropa manchada de sangre. Dijo que se había metido en una pelea para defender a una amiga y que no nos preocupáramos.

—¿No acudieron a la policía? —se extraña el inspector.

—Por supuesto que no —replica ella, tajante—. ¿Por qué habríamos de hacerlo? Solo había sido una pelea. No le dimos más importancia. Sin embargo, a los pocos días nos enteramos de que había muerto un chico de su universidad. En aquel momento… —titubea— no quisimos indagar.

—Pero ahora sí lo han hecho…

—Sí. —Baja la mirada, avergonzada—. No ahora. Hace años, cuando empezamos a ver esos dibujos.

—Los círculos… —murmura Alvar.

Ella asiente, se levanta y sale de la sala. Unos instantes después regresa con una libreta que tiende al inspector con las manos temblorosas.

—Eso es lo que hacía mientras estaba encerrado en su habitación.

El policía hojea el cuaderno. En cada una de las páginas, el mismo dibujo de los nueve círculos entrelazados.

—Joder —masculla.

Levanta la vista y ve cómo las lágrimas han empezado a rodar por las mejillas de la anciana.

—Dígame, señora Whitman… ¿dónde está su hijo ahora?

—Le aseguro que no lo sé —alcanza a decir con un hilo de voz, completamente agotada—. Hace años que se marchó de esta casa sin dejar rastro. No hemos vuelto a saber de él.