26
—El paciente ya está en quirófano.
Aura, al teléfono, le hace un gesto a su compañera Elena para que le conceda unos minutos más. Habla con Alvar, que está a punto de coger el vuelo a Londres para continuar con la investigación. Se despide, cuelga y entra en quirófano.
El paciente ya está sentado en la mesa quirúrgica, preparado para que ella le administre la anestesia raquídea.
Tras lavarse las manos minuciosamente, se coloca los guantes y prepara la medicación.
Después se sienta en un taburete detrás del paciente y comienza a aplicar la solución antiséptica en su espalda.
Es entonces cuando siente la primera náusea.
Termina la técnica como puede y, tras comprobar que el paciente está estable, sale corriendo del quirófano hacia el baño de los vestuarios.
No consigue llegar. Acaba vomitando en medio del pasillo.
Un rato después, cuando ha conseguido que la sustituyan, Aura se recupera en uno de los sillones de la sala de descanso.
—¿Cómo estás? —pregunta Elena, que se ha escapado un momento del quirófano para verla.
—Un poco mejor. No sé qué me ha pasado. La otra noche me ocurrió lo mismo. Pensé que estaba incubando algo, pero no tengo fiebre ni nada.
—¿Y también estás muy cansada y tienes mucho sueño últimamente? —pregunta Elena con una sonrisa socarrona.
Aura la mira, desconcertada.
—Pues… ahora que lo dices… ¿Qué pasa?
—¿No estarás embarazada?
—No —responde ella al instante—. Imposible.
Pero no lo es. De hecho, ahora mismo y sin hacer demasiada memoria, recuerda un par de veces en las que Alvar y ella se dejaron llevar. No entiende cómo no ha podido darse cuenta antes. El estómago revuelto, los mareos, el cansancio…
La duda la golpea de pronto.
El corazón le da un vuelco solo de pensarlo y siente de nuevo el impulso de devolverlo todo, pese a estar segura de que no le queda nada en el estómago.
—¡Enhorabuena, Aura! —exclama Bea al ver el embrión en la ecografía vaginal.
Bea Vallejo estudió con ella en la facultad y siempre se han llevado muy bien.
Hicieron juntas la residencia y ahora trabajan en el mismo hospital.
Ha sido la primera persona en la que ha pensado nada más sospechar el embarazo.
En cuanto Aura la llamó, su compañera le pidió que bajara a la consulta para verla.
—Así que va en serio… —murmura Aura.
—Pues claro. ¿No lo estás viendo? —Bea le señala el monitor con una sonrisa de oreja a oreja.
Aura vuelve a mirar la imagen borrosa. El corazón del pequeño embrión late a mil por hora y una sensación extraña, mezcla de terror y alegría a partes iguales, la invade.
—¿De cuánto estoy?
—Según la fecha de tu última regla, de diez semanas. Pero por las medidas… casi doce.
—¡¿Doce?! ¡Pero si eso es ya el segundo trimestre!¿Cómo no he podido darme cuenta antes?
—Es bastante común en mujeres con ciclos irregulares, como es tu caso —explica Bea—. No pasa nada. Lo único es que habrá que ponerse al día con las analíticas. Ahora te daré las citas. Pero la buena noticia —añade al ver su cara— es que, a estas alturas, el riesgo de aborto disminuye mucho.
A Aura le sorprende el alivio que le provocan esas palabras. La verdad es que el embarazo no entraba en sus planes, pero, al pensar en esa vida creciendo dentro de ella, no puede evitar esbozar una sonrisa.
Contárselo a Alvar es otra cuestión. No sabe cómo se lo tomará. No llevan ni un año juntos y, aunque no duda de que él la quiere, sabe que todo ha sucedido muy deprisa y teme que no lo encaje bien.
Se viste, recoge los papeles con las citas y se despide de Bea con la promesa de volver a verla en un par de semanas para confirmar que todo marcha como debe.
Cuando, un rato después, entra en el vestuario del bloque quirúrgico, se tropieza con Elena.
—¿Qué?
No necesita respuesta. Al ver la expresión de Aura, su compañera la abraza.
—No te preocupes, todo irá bien —le susurra—. Esto es una alegría, ya lo verás. Corre a contárselo a tu inspector.
Ella guarda silencio. Claro que le gustaría llamarlo y compartir su ansiedad. Pero él está en medio de una investigación y decirle algo así lo alteraría. No le parece el momento adecuado. Además, no quiere darle la noticia por teléfono sino mirándolo a los ojos.
Decide entonces que guardará el secreto hasta que todo termine. Y con ese pensamiento regresa a quirófano para terminar su jornada.
Entra, recibe el relevo de su compañera y se sienta junto al monitor. Los cirujanos trabajan mientras charlan animadamente.
Todo parece igual.
Pero ya nada lo es.