El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 25
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Londres.

Tom observa a la chica llorar en silencio, sentada en un banco del campus. No es la primera vez. Y no parece que vaya a ser la última. Hace unos días se acercó, le preguntó qué le pasaba y se ofreció a ayudarla, pero ella le dijo que no podía hacer nada y que era mejor que se mantuviera al margen.

Preocupado, decidió seguirla.

Hoy ha podido confirmar sus sospechas.

Ben es un nombre que le sigue pareciendo extraño, ajeno.

Excepto por el cambio de identidad, la vida en Londres no le ha resultado tan mal como pensó en un principio.

Hace años que vive allí, desde que su madre se quitó la vida.

Después de eso llegaron las casas de acogida.

Familias nuevas. Maletas siempre medio deshechas.

Hasta que un matrimonio se ofreció a adoptarlo.

Tom agradeció la oportunidad, consciente de lo difícil que era lograrlo a su edad.

Es una buena familia que siempre lo ha tratado con respeto y cariño, como al hijo biológico que no pudieron tener.

Gracias a ellos fue a un buen colegio y pudo ingresar en una prestigiosa universidad.

Aprendió rápido cuál era su cometido: sacar buenas notas, no meterse en líos y no dar motivos para que la gente hiciera preguntas.

Atrás quedaron las noches de insomnio, los duermevelas en los que se despertaba gritando.

Sus padres no hicieron preguntas; respetaron sus tiempos.

Las horas de terapia dieron sus frutos y ahora lleva una vida casi normal.

Una cosa no ha cambiado: odia a su padre y jamás lo perdonará por lo que le hizo, sobre todo por lo que le hizo a Ishbel.

No hay día que no la recuerde ni noche que no se pregunte qué habría sido de ella.

La imagina viviendo allí, con él, con sus padres adoptivos.

Un futuro distinto para la única persona que lo quiso de verdad en su infancia. El único recuerdo bueno de su niñez.

Continúa mirando a su compañera. Ella ya ha dejado de llorar, pero sigue con la mirada perdida en el mismo punto, sin saberse observada.

Hace tiempo que Tom sospecha que existe algún tipo de relación entre el docente y ella.

Es muy atractivo, eso tiene que concedérselo.

Además, es simpático y accesible, y tiene un aire elegante y distinguido.

Llegó el semestre pasado para sustituir a otra profesora e impartir una de las asignaturas de la carrera.

Desde el principio, encandiló a las alumnas.

Una nube de estudiantes lo escoltaba en cada descanso y las colas frente a su despacho durante las horas de tutoría eran interminables.

Él se movía con desparpajo, conocedor del efecto que podía causar en las mujeres, y en el campus se sucedían los rumores sobre su vida amorosa.

Decían que en todos los centros en los que había trabajado había tenido relaciones tanto con estudiantes como con profesoras.

Sin embargo, Tom percibe algo innoble en el tutor, algo oscuro.

Una oscuridad que solo se puede atisbar si uno está muy pendiente.

Una perfección que no termina de encajar con el resto.

Por eso hoy ha seguido a su compañera hasta su despacho.

El hombre la ha hecho pasar deprisa y ha cerrado la puerta con llave.

Él se ha quedado fuera, esperándola. A esas horas, ese pasillo está poco concurrido; quizá por ello haya decidido citarse allí con ella.

Tom ha escuchado parloteo entre risas y, después, silencio.

Un silencio que se alarga demasiado. Luego, el sonido de un par de golpes secos lo ha hecho esconderse detrás de las escaleras.

Y entonces la ha escuchado salir llorando y, mientras ella bajaba por la escalera, ha podido ver cómo se bajaba la falda.

Tom la observa con la mandíbula apretada.

La chica guarda el sándwich, que apenas ha probado, en su bolso y se levanta. Debería volver a clase, pero toma la dirección contraria. Cuando pasa a su altura, él la detiene.

—Claire, ¿no vas a clase? —pregunta él.

Silencio por respuesta.

—Oye, ¿te encuentras bien?

Ella continúa sin responder hasta que él la obliga a detenerse sujetándola del brazo.

—Suéltame, Ben —replica ella intentando zafarse—. Ya te he dicho muchas veces que estoy bien y que no te metas.

—Dime —insiste él—, ¿en qué no debo meterme?

Ella lo mira, desafiante.

—¿En serio lo preguntas? ¿Acaso no has estado siguiéndome? ¿Creías que no me había dado cuenta?

—No era mi intención, Claire —se excusa él, avergonzado—. Es que estás muy rara últimamente. Solo quería saber si estabas bien. ¿Qué te ha hecho?

Ella cambia de expresión. Si antes se la veía angustiada, ahora parece un témpano de hielo.

—Te lo volveré a repetir, Ben: no te metas.

—Deberías denunciarlo…

Ella ignora el comentario y vuelve a ponerse en camino, apretando el paso, dejándolo con la palabra en la boca. Entonces él, haciendo caso omiso de la orden de Claire, decide enfrentarse al profesor.

Cuando llega al despacho, la puerta está entornada, así que entra sin llamar. Lo encuentra sentado a su mesa, leyendo tranquilamente el periódico.

—Deberías llamar a la puerta. Es una cuestión de educación —dice al verlo entrar.

—¿Qué le has hecho a Claire? —pregunta él sin poder disimular su ira—. La he visto salir de aquí llorando.

—Ha suspendido el examen —responde el profesor con indiferencia—. ¿Puedo saber qué quieres? Te recuerdo que estás en el despacho de un docente y que puedo abrirte un expediente por faltarme al respeto. Así que, por favor, márchate.

Tom está a punto de hacerlo. Se dice a sí mismo que su compañera tiene razón, que es ella quien debe denunciarlo, que es mejor que no se meta.

Da un paso atrás.

Luego otro.

Pero entonces se despierta algo en su interior, algo que todavía no sabe describir.

Nota cómo se tensan todos los músculos de su cuerpo.

Y entonces cede al deseo irrefrenable de abalanzarse sobre él.

El golpe resuena en el despacho. El profesor, sorprendido por el arrebato de su alumno, trata de quitárselo de encima y acaba devolviéndole el golpe.

En cuestión de segundos, los dos están enfrascados en una espiral de violencia.

Durante unos minutos resuena el ruido de sillas arrastradas, golpes y respiraciones entrecortadas hasta que, un último golpe, el de gracia, es el que estrella la nuca del profesor contra el pico de la mesa.

El silencio se instala en el despacho.

El cuerpo se desploma, rendido.

No es el hecho de haber presenciado la muerte de otro ser humano —después de lo de su hermana— lo que lo aterra. Lo que lo estremece es algo mucho peor.

Una sensación de profunda calma.

El hecho de no haber querido detenerse.

La siniestra certeza de encontrarse, por fin, frente a la justicia.