El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 24
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—¡Ni de coña te vas ahora! ¿Eres consciente de la cantidad de recursos que hemos invertido ya en esta investigación? Y no tenéis nada. ¡Ni un solo sospechoso!

Alvar está a punto de perder los nervios. Lleva más de media hora encerrado en el despacho de Urriaga escuchando despotricar a su jefe.

—Mira, David —replica el inspector cruzándose de brazos—. Me conoces y sabes que no he venido a pedirte permiso. Creo que esa mujer puede tener información importante.

—Pues yo creo que es otra loca con ganas de protagonismo.

—Si lo pensara, no iría hasta Londres. Como tú bien dices, estamos estancados. ¿Cómo vas a explicar a tus superiores que teníamos información y no la aprovechamos? Sabes que habrá más muertes. Esto es una carrera contrarreloj y me estás haciendo perder el tiempo.

Urriaga mira a su subordinado con expresión desafiante. Al ver que no se amilana, termina cediendo, como casi siempre.

—Está bien. Tienes dos días. Ni uno más. Y más vale que traigas algo.

—Perfecto. —Alvar se pone en pie—. Mi vuelo sale dentro de cuatro horas.

Nada más salir de la comisaría, llama a su compañero para ponerlo al corriente.

—¿Cómo ha ido? —pregunta Arques nada más descolgar.

—En su línea, pero bien. ¿Y vosotros? ¿Alguna novedad?

—Pues estaba a punto de llamarte. Por fin tenemos algo de suerte. Han encontrado una huella no identificada en la consulta de Silvia Esteve.

—No me jodas… ¿Cómo se le escapó a Científica?

—Ha sido Holloway. Recordó que en la escena del crimen hacía mucho frío y pensó que quizá alguien había manipulado el termostato.

Alvar sonríe para sí.

—Bien por Holloway. ¿Qué dicen los de Criminalística?

—Desgraciadamente, los sistemas de identificación dactilar no han arrojado ningún resultado.

Pero ya tenemos algo. Y esto no es todo: hemos vuelto a hablar con los vecinos y uno jura que vio un vehículo extraño dando vueltas alrededor de la manzana.

Un Honda Civic azul. Ya estamos revisando las cámaras de tráfico.

—Sí que son buenas noticias. ¿Sabemos algo de la hermana de Pilar Ampuero?

—Gisbert irá a hacerle una visita. Los demás estamos revisando los testimonios y citando de nuevo a los testigos, por si se nos escapó algo.

—Bien. Mantenedme informado.

Media hora después, Alvar detiene su coche frente a la dirección facilitada por Jesús Cantó, el experto en literatura italiana.

Aún tiene unas horas libres antes de que salga su vuelo y le gustaría aclarar algunas dudas sobre Dante y la simbología hallada en los escenarios, consciente de que, pese a las pruebas nuevas, entender su obra es quizá la forma más rápida de encontrar a su asesino.

Agradece que, en plenas fiestas navideñas, el catedrático haya querido volver a atenderlo.

La urbanización queda muy cerca del campus y está formada por varias viviendas adosadas desde las que se puede ir a pie hasta la universidad.

Alvar baja del coche y se ajusta el cuello del abrigo. Un viento desagradable agita las palmeras y arremolina hojas en el suelo. Localiza el número y llama al timbre. El profesor no tarda en abrirle. Como la última vez, va vestido de manera impecable: pantalón beige, camisa y chaleco de punto.

—Gracias por recibirme —saluda el inspector, estrechándole la mano—. Entiendo que son malas fechas…

—No se preocupe —responde el docente, restándole importancia con un gesto—. Adelante.

La vivienda no es grande. Desde el recibidor, Alvar alcanza a ver la cocina, el salón y un pequeño dormitorio. Unas escaleras conducen a la planta superior.

Cantó lo conduce al salón y lo invita a sentarse mientras desaparece en la cocina.

La estancia está llena de estanterías con decenas de libros.

Apenas hay decoración, solo algunas fotografías enmarcadas.

Alvar se fija en una de ellas: es un recorte de periódico en el que el académico aparece impartiendo una clase frente a varios alumnos.

El experto regresa y lo descubre mirando.

—Son unas jornadas sobre literatura que organizamos todos los años aquí, en la universidad. Viene gente de todo tipo. La verdad es que tienen bastante éxito. Si algún día se anima…

Alvar toma asiento y el profesor lo hace frente a él, depositando sobre la mesa una bandeja con café, azúcar y un plato con dulces.

—Son peladillas. Están hechas de almendra y son muy típicas de esta zona. He pensado que querría probarlas; por su acento diría que no es de aquí.

—Así es —confirma Alvar. No se había dado cuenta de que su acento seguía siendo tan evidente—. Nací en San Sebastián.

—Dígame, inspector, está aquí por lo del asesino de Dante, ¿verdad? Lo he escuchado en las noticias. Últimamente parece que no se habla de otra cosa.

Alvar busca en su teléfono las imágenes de las tarjetas con los números.

—Esto estaba en el escenario de los tres crímenes. Es lo único que todavía no se ha filtrado a la prensa. Le ruego discreción.

El docente asiente con frialdad, como si la advertencia le hubiera ofendido en cierto modo.

—¿Puedo tomar notas? —pregunta con cautela.

Ante el gesto afirmativo, Cantó apunta las cifras en una hoja de papel.

—¿Le dicen algo?

El profesor se toma unos minutos antes de responder.

—Sí y no, inspector. Si seguimos la lógica de Dante, habría que buscar el significado de esos números dentro de su obra.

En el primer caso, el 12 y el 48 podrían corresponder al canto y al verso.

La divina comedia se divide en cien cantos.

Verá, el canto duodécimo del Infierno se sitúa en el primer giro del séptimo círculo, sobre el río Flegetone.

Es el lugar donde se castiga a los violentos contra el prójimo.

Dante estructura su infierno en nueve círculos y en cada uno se castiga un pecado.

El séptimo, el que parece interesarle a su asesino, está destinado a la violencia y se divide, a su vez, en tres anillos: violentos contra el prójimo, contra uno mismo y contra Dios y la naturaleza.

A cada uno le corresponde un castigo diferente: el río de sangre, el bosque de los suicidas y el desierto de arena ardiente, respectivamente.

Cantó abre un ejemplar de la obra, localiza el pasaje y lo lee en voz alta:

—«Mas mira el valle, pues que se aproxima aquel río sangriento, en el cual hierve aquel que con violencia al otro daña». Esto corresponde al canto doce, verso cuarenta y ocho.

—Estaba en la habitación de la segunda víctima, Alberto Fernández Gandía —murmura Alvar.

—El asesino de Pilar Ampuero…

—Presunto —corrige el inspector—. Como ya sabe, lo encontramos dentro de la bañera. Le inyectaron pintura en la sangre.

—¿Había pintura en la bañera? ¿De qué color?

—Rojo.

—Los violentos contra el prójimo eran castigados sumergidos en el río de sangre —murmura Cantó mientras continúa buscando—. El 3 y el 9… «Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza».

—Esos números aparecieron entre los artículos de aseo de Miguel Bornay.

Alvar se inclina sobre el ejemplar abierto y localiza el último grupo de cifras, el encontrado en casa de Silvia Esteve.

—Canto 12, versos 103 y 105: «Gente vi sumergida hasta las cejas…».

—Los números no son el mensaje, inspector —concluye Cantó—.

Indican el lugar exacto donde hay que buscar dentro de la obra.

Parece que la persona a la que buscan está recreando los castigos del Infierno de Dante.

¿Sabe qué es el contrapaso , inspector? Quiere decir que el castigo refleja simbólicamente el pecado.

Alvar consulta el reloj y comprende que debe marcharse. Se despide del profesor, que lo acompaña a la calle. Al pasar junto al coche, el experto se fija en la maleta del asiento trasero.

—¿Se va de viaje, inspector?

—Voy a pasar un par de días en Escocia con mi novia —miente.

—Pues abríguese bien. He oído que los inviernos allí son muy duros.