23
—¡Estás preciosa!
—¿Tú crees? ¿No parezco un pastel de nata?
Aura gira sobre sí misma frente al espejo del probador.
Aprovechando que Claudia aún se quedará unos días más en Alicante, ha reunido a sus amigas y a su hermana para que la ayuden a elegir el vestido de novia.
Tenía la cita reservada desde hacía semanas y ha estado a punto de anularla varias veces.
Las pocas ganas que le han quedado tras lo sucedido con Isabel casi la convencen de hacerlo, pero su hermana insistió en que no lo cancelara y en acompañarla, y ella ha acabado pensando que quizá le haría bien salir de casa.
Aunque no alberga ninguna duda respecto al paso que va a dar con Alvar, no puede evitar sentirse ridícula entre tanta gasa, organza y seda.
Ella habría preferido una boda más sencilla e íntima —quizá en el campo o en la playa, con pocos invitados y menos florituras—, pero la familia de su prometido es muy tradicional, así que ha acabado cediendo.
Ha preferido evitarle el enfrentamiento con sus padres, que ya están bastante disgustados con él por no haberles presentado todavía a la mujer con la que ha decidido compartir su vida.
Según le confesó Alvar durante uno de los paseos que ambos acostumbran a dar por la playa, su madre habría preferido un largo noviazgo.
Uno de esos en los que da tiempo a conocer bien a la otra familia antes de hablar de boda.
Por lo que conoce al inspector —y por las cosas que le ha contado sobre su pasado—, no le parece el tipo de hombre que necesite la aprobación paterna para tomar sus decisiones.
Aun así, le gustaría llevarse bien con su familia política, de modo que no puede evitar sentirse algo nerviosa.
Vuelve a mirarse en el espejo y suspira. No termina de convencerle ese despliegue de tejidos pomposos que nada tienen que ver con su estilo.
—Yo creo que te queda genial. Estás muy guapa —dice Isabel—. Pero, si te soy sincera, me gustaba más el primero. Para mí, es el mejor de todos.
Susana y Claudia coinciden.
El vestido al que se refieren es un diseño de corte princesa firmado por Haníbal Laguna, con mangas largas y escote barco de encaje. La falda de seda remata en una larga cola. A ella también le parece espectacular, y más acorde con su forma de ser, pero lo había descartado por el precio.
—Lo sé, a mí también me gusta más, pero es carísimo —admite Aura.
—¿Y eso qué importa? —se extraña Isabel—. Es mi regalo. Y sabes que no voy a escatimar.
—Me sabe mal, pero tiene razón —interviene Susana—. Estabas impresionante.
Aura vuelve al probador y empieza a desvestirse.
Solo lleva un par de horas probándose modelos, pero está cansada y tiene ganas de irse.
No quiere convertirse en una de esas novias que pasan meses eligiendo el vestido.
Quizá tengan razón y debería escoger el primero que se ha probado.
Sabe que para su hermana el dinero no es un problema, pero no quiere que se exceda.
Además, también se ha ofrecido a hacerse cargo de los gastos del restaurante, las flores y las alianzas.
Termina de ponerse su ropa y sale del probador.
—Ya está decidido: me quedo con el primero —anuncia con una sonrisa sincera, la primera en toda la tarde.
Su hermana y sus amigas aplauden.
Mientras Isabel termina de gestionar los pormenores del encargo, ella se despide de sus amigas. Es Nochevieja y las dos tienen planes. Ella, en cambio, ha preferido quedarse con su hermana.
Cuando todo está listo, ambas se despiden amablemente de las dependientas —agradeciéndoles que las hayan atendido en una fecha tan señalada— y salen de la tienda.
Fuera ya ha oscurecido. Hace un tiempo realmente malo, con un viento gélido que no invita a pasear por la ciudad.
Desde la calle Gerona, donde se concentran la mayoría de las tiendas de novia de Alicante, caminan hasta la Rambla para dirigirse a una cafetería que se ha puesto de moda en los últimos años.
Se trata de un local de dos plantas dedicado al café de especialidad, en un ambiente industrial-artístico, relajado y acogedor.
Al llegar, suben a la primera planta y eligen una mesita con un par de cómodas butacas.
Piden un té chai —el más solicitado del establecimiento— y un pedazo de tarta de manzana para compartir.
Aura observa a su hermana mientras se quita la bufanda. Hay algo en su expresión, en la forma en que evita mirarla a los ojos, que la pone en alerta.
—¿Cómo estás? —pregunta en cuanto el camarero deja el pedido sobre la mesa.
Isabel mantiene la vista fija en su taza, removiendo una y otra vez el líquido con la cucharita.
—No muy bien —confiesa al fin.
—¿Ha pasado algo más? ¿Tengo que preocuparme?
—No… Es solo que el otro día, cuando viniste a casa a comer, antes de que yo… ya sabes… No fui del todo sincera. No es que tuviera dudas de que Marcos estuviese con otra: es que lo sabía.
Aura se endereza ligeramente en la silla. Isabel se lleva la taza a los labios antes de continuar.
—Hace un mes fui a Valencia. Quería comprar unas cuantas cosas para los niños y allí hay un par de tiendas de ropa que me gustan.
Tus sobrinos llevaban tiempo pidiéndome ir a pasar la noche a casa de un amigo y, como me llevo bien con su madre, le pedí que ese día también los recogiera del cole.
Le dije a Marcos que seguramente llegaría tarde y que no me esperase despierto.
Pero a mediodía empecé con una de mis migrañas, así que decidí adelantar la vuelta.
Hace una pausa para coger un pañuelo de papel.
—Cuando llegué a casa me sorprendió que el coche estuviera aparcado fuera porque, incluso los viernes, él no acostumbra a llegar antes de las siete. Entré, subí a mi habitación… y lo encontré en la cama con su secretaria.
Aura permanece en silencio. No se atreve a interrumpirla.
—Ya ves que es una historia bastante manida —se lamenta Isabel, desviando la mirada hacia la ventana—. La típica historia que ves en las películas y piensas que a ti nunca te pasará.
No sabe qué decir. Lo primero que se le ocurre es llamar a su cuñado y preguntarle por qué coño le ha hecho eso a su hermana y, de paso, responsabilizarlo de todo lo que ha pasado. Pero con eso no arreglaría nada, así que decide guardar silencio y dejar que su hermana termine de desahogarse.
—¿No vas a decirme nada? —Isabel alza la vista de golpe.
—Es que… no sé muy bien qué decirte, la verdad. Solo que lo siento muchísimo. Nunca habría imaginado que Marcos pudiera hacerte algo así.
—Para que veas…
—¿Por qué no me llamaste? ¿Qué hiciste cuando los encontraste?
—Ni te lo imaginas. —Isabel esboza una media sonrisa—.
Los saludé y, con calma, les dije que les daba una hora para que se vistieran y se marcharan, que no quería verlos allí cuando volviera.
Cogí el coche y me fui a ese pub que hay cerca de la playa al que solíamos ir tú y yo antes de casarme. Sabes cuál te digo, ¿no?
—Sí.
—Pues a ese. Pedí un whisky y compré un paquete de tabaco.
Después salí fuera y me lo fumé entero, un cigarro tras otro.
No sé qué cara tendría, porque uno de los camareros me dijo: «Tiene que haberte pasado algo muy fuerte, porque solo te veo beber, fumar como si no hubiera un mañana y mirar la hora en el móvil».
En fin —suspira—, cuando pasó la hora, volví a casa y ya no estaban.
—Pero… ¿habéis hablado después?
Isabel suelta una carcajada que a Aura casi aterra más que verla llorar.
—Sí. Me dijo que quería estar con las dos. A la vez. Para ver si terminaba de decidirse.
—¡¿Cómo?!
—Eso dijo. Pero ahora, desde lo que pasó, quiere estar conmigo y que lo perdone. Supongo que lo dice por lo que he hecho... Y no quiero que nadie esté conmigo por pena.
Aura la mira con reprobación.
—Escucha —añade Isabel, como si se anticipara a las palabras de su hermana—, no te preocupes. Ahora estoy mejor. Ya sé que debería habértelo contado, pero no quería amargarte el anuncio de tu compromiso, ni ponerte más nerviosa de lo que estás últimamente. Además, estaba viendo a una psicóloga...
—¿La misma que te dio el antidepresivo con el que intentaste…?
Isabel aparta la mirada.
—Estaba tan mal que busqué ayuda profesional —se defiende, con la voz a punto de quebrarse—.
No te voy a engañar, al principio estaba muy reticente, pero empecé a verla dos veces a la semana y no me iba mal.
Acepté las pastillas porque no podía dormir ni dejar de llorar.
Ella me ayudó. ¡Cómo iba yo a saber todo eso!
Tenía un método muy novedoso, importado de otro sitio…
—¿Tenía? —se extraña Aura.
—Sí —Isabel cambia la expresión—. Es la mujer que han encontrado asesinada.
Aura se queda de piedra. Al ver que no reacciona, su hermana continúa:
—He escuchado en las noticias todas las cosas que hizo a esos chicos, pero conmigo siempre fue correcta. Te lo juro.
—Puede que con esos abusos los incitara al suicidio —condena Aura con dureza—. Y puede que también lo hiciera contigo. ¿No te das cuenta? Incluso te dio las pastillas. ¿Eres consciente de lo grave que es esto? ¿Por qué no has ido a la policía?
—Lo he hecho —replica muy seria—. He ido a comisaría antes de venir. En cualquier caso, que te quede claro que la decisión de quitarme la vida no fue más que mía.
—Está bien —Aura suaviza el tono—. ¿Has pensado qué vas a hacer ahora?
—Divorciarme, por supuesto. Eso es lo único que ahora mismo tengo claro.
Aura le coge la mano y le promete que va a ayudarla en todo lo que necesite. Le ofrece quedarse en su casa, cuidar a los niños o lo que haga falta, pero Isabel rechaza la oferta con suavidad. Le asegura que tiene que enfrentarse sola a esa situación.
Pasan el resto de la tarde hablando sobre cosas insignificantes, como si necesitaran un respiro tras tanta sinceridad. Cuando uno de los camareros se acerca a su mesa para avisarles de que están a punto de cerrar, Aura paga la cuenta y salen del local.
Mientras observa a su hermana alejarse en el coche, no puede evitar preguntarse si está haciendo bien en casarse. Si puede romperse uno de los matrimonios más sólidos que conocía, ¿merece la pena arriesgarse?
Se responde a sí misma al entrar en casa y ver a Alvar preparando la cena. Al oírla, él se gira y le sonríe. Comprende entonces que, como le prometió la primera noche que pasaron juntos, él nunca la dejará en la estacada.
Sí.
Merece la pena.