El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 22
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Newcastle, Inglaterra

Tom se despierta sobresaltado. Se toca la frente, empapada de sudor, mientras su pulso se normaliza.

Está a salvo.

Su madre duerme a su lado, en la cama que llevan un par de meses compartiendo. Le cuesta acostumbrarse a su compañía, a su calor, pero no quiere dormir solo. No puede.

Todavía no.

No desde aquella noche.

Nunca creyó a su madre capaz de hacer lo que hizo: coger sus pocas pertenencias en mitad de la noche y llevárselo con ella.

Cerrar la puerta sin mirar atrás. Apostar por su hijo.

Arriesgarlo todo para sacarlo de esa casa.

Fuera de ese horror. Sabe que ella aún siente miedo.

Lo sabe porque duerme cada noche a su lado y la escucha llorar o hablar en sueños.

El viaje hasta su nuevo hogar no fue largo, pero sí duro. Recuerda cómo ella miraba continuamente a todos lados. En cada estación. En cada parada. En cada paso.

Salieron de madrugada, todavía en pijama, huyendo como ratas.

Él no preguntó; se limitó a obedecer. No le resultó difícil.

Estaba más que acostumbrado. Sucedió apenas un par de semanas después de lo que pasó, desde la noche en la que Ishbel no pudo más y se quitó la vida.

Ese día su madre debió de tocar fondo, y el comprendió que de verdad se había quedado solo. Para siempre.

El ferry que los llevó desde Kyleakin hasta Kyle of Lochalsh apenas tardó diez minutos, pero aún recuerda el viento gélido quemándole la cara. Después tomaron un tren hasta Inverness. Allí el viaje se detuvo. La nieve había hecho mella en los raíles y los obligó a esperar un buen rato.

Su madre estaba muy nerviosa. Le agarraba la mano con fuerza, como si en cualquier momento fueran a descubrirlos.

A Tom le sorprendía la preocupación de ella, que nunca había movido un dedo ni por él ni por su hermana.

Solo cuando llegaron a su destino y tomaron el tren a Edimburgo pareció relajarse un poco.

La estación estaba muy concurrida y nadie parecía conocer a nadie. Podían pasar desapercibidos.

En Edimburgo permanecieron tres días en una pensión hasta que tomaron el tren rápido que los llevó a Newcastle.

Cuando llegaron a la estación, no tenían dónde hospedarse, y su madre pasó horas preguntando hasta que un hombre le dio una dirección.

Tuvieron que caminar unos tres kilómetros, aunque el frío y la nieve hicieron que parecieran muchos más.

Byker. A su madre le gustó desde el principio. Es un barrio obrero caracterizado por la discreción. El Byker Wall es un largo bloque de viviendas sociales, un muro serpenteante que delimita el barrio y lo protege del viento del norte y del ruido del tráfico. Allí consiguieron un subarriendo.

Una de las cosas que más le gustaron fue lo seguro que era: los jardines y áreas de juego sin coches. Pero también el diseño laberíntico del complejo, que facilitaba la huida en caso de ser descubiertos.

Nada podía vincularlos a ese lugar: pagaban el alquiler semanalmente en efectivo y los contratos de luz y gas no eran necesarios, pues funcionaban con contadores de monedas. Era, a todas luces, un escondite perfecto.

En el Byker Primary School, donde Tom fue inscrito, tampoco hicieron demasiadas preguntas; solo pidieron una dirección.

Ahora ya no se llama Tom.

También ha cambiado su apellido.

Sin embargo, ahora, pese a que llevan un par de meses en Newcastle, él sabe que su madre sigue teniendo miedo. Apenas ha conseguido relacionarse con un par de lugareños.

La única excepción es su vecina Sara, a quien ha pedido que cuide de él en alguna ocasión en la que ha tenido que trabajar de noche.

Conseguir un empleo que pagara el alquiler no fue difícil.

El mismo hombre que le subarrendó el apartamento le habló de una familia que necesitaba ayuda.

El padre era cardiólogo; la madre, psiquiatra.

Tenían dos mellizos de la edad de Tom. Su madre trabajaba de nueve a seis, pero a veces tenía que cuidarlos por la noche y dejaba a Tom con su vecina.

Sara era una señora entrada en años, oronda y de cabellos de plata y cara afable, que había enviudado hacía muy poco tiempo y que no había tenido hijos.

Tom cree que ese es precisamente el motivo por el que se desvive por él y siempre lo trata con tanto cariño: que lo ve como al nieto que nunca pudo tener.

A él le gusta quedarse con ella. Cuando están juntos, las horas pasan muy deprisa.

Él hace los deberes y, después, cenan y ven un rato la televisión.

Ella le cuenta historias de cuando era joven.

Aventuras de cuya veracidad Tom no está del todo seguro, pero que le encanta escuchar.

Es la primera vez que siente que alguien lo quiere de verdad. Que tiene una familia.

Sin embargo, y a pesar del afecto que le tiene, él casi no habla. Apenas lo hace desde que murió su hermana. Ahora, dos meses después de que se quitara la vida delante de él, es cuando más la echa de menos.

Y entonces llegan los sentimientos encontrados. Los pensamientos que le atormentan. Por un lado, agradece a su madre su nueva vida, pero, por otro, no puede perdonarle que no salvara a Ishbel.

Esta noche predomina el sentimiento de agradecimiento. Despierto en la cama tras una de sus pesadillas, siente la necesidad de abrazarla.

Cuando lo hace, lo primero que nota es el frío. Está helada. Más que nunca.

La mueve, pero ella no se inmuta.

Baja de la cama, rodea el colchón y se coloca frente a ella. Entonces lo ve:

La boca entreabierta, con los labios azulados.

Los ojos abiertos, sin mirar nada.

La cara de cera.

La jeringuilla colgando del brazo.