El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 21
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El agua caliente empieza a llenar la bañera mientras Aura observa, distraída, cómo el vaho comienza a borrar su imagen del espejo.

Son casi las nueve de la noche y Alvar acaba de llamarla para avisar de que llegará tarde.

Mientras lo espera, decide darse un baño para intentar aliviar la tensión acumulada durante las últimas horas.

Ha pasado gran parte de la tarde tirada en el sofá, incapaz de dar ni una cabezada.

Su hermana ocupa todos sus pensamientos desde que la dejó en casa unas horas antes.

Cuando habló con ella hace un rato, la notó bastante entera, pero sabe que eso no significa nada. No es momento de confiarse.

Antes de desvestirse, va a la cocina y se sirve una copa de vino.

Al regresar al cuarto de baño, y por primera vez en dos días, se le escapa una sonrisa al recordar de nuevo las dimensiones de su piso y cómo tuvieron que encajar con calzador la bañera exenta de la que se encaprichó.

En ese ático, por el contrario, hasta el más pequeño de los baños tiene espacio de sobra para una ducha con capacidad para al menos tres personas, además de un alicatado de auténtico lujo.

Desde que se instaló con Alvar, los armarios han ido llenándose de cremas, maquillaje, planchas de pelo, secadores y otros utensilios que han acabado arrinconando los pocos productos de su novio al fondo de un cajón, hasta el punto de que últimamente él suele bromear con que cualquier día tendrá que mudarse al aseo de invitados.

Aura se mete en la bañera y se abandona a la agradable sensación de que el agua le cubra el cuerpo por completo. Después de la muerte de sus padres, el día de hoy ha sido uno de los peores de su vida. Bebe un largo trago y, casi al instante, nota el estómago revuelto.

«Será el cansancio », se dice.

Deja la copa y se esfuerza por relajarse. No lleva ni cinco minutos con los ojos cerrados cuando suena su móvil. Es Claudia.

—¿Qué haces? —pregunta su amiga nada más descolgar.

—Nada, dándome un baño. ¿Y tú?

—Pues un poco de bajón —resopla—. Solo de pensar que en nada tengo que volver a hacerme la maleta…

—Bueno, tarde o temprano tenía que pasar. Además, ¿no tienes ganas de ver a Peter?

—Sí, claro, pero cada vez que vengo… En Londres estoy bien, ya lo sabes, pero allí la gente… la comida… Joder, que no es España.

—Mira —la anima Aura, pese a que no se siente con fuerzas para animar a nadie—, intenta disfrutar del tiempo que te queda antes de marcharte. El lunes nos vemos y aún podremos quedar un par de veces más.

La deja hablar y decide no contarle lo sucedido con Isabel. Le gustaría desahogarse, por supuesto, pero sabe que su hermana preferiría que no dijese nada.

Claudia parece conformarse con los ánimos porque no tarda en darle las gracias y despedirse. Cuando cuelga, vuelve a llamar a Isabel para asegurarse de que está bien.

Tras el baño, que no ha resultado tan reparador como esperaba, coge la novela que tiene pendiente y se acomoda en su sofá favorito, decidida a esperar a Alvar. La tenue iluminación y el cansancio acumulado hacen que pronto se deje vencer por el sueño.

A las diez y media, el sonido de la puerta al cerrarse la despierta de golpe. Abre los ojos y se incorpora lentamente.

—Al final no has llegado tan tarde —comenta al verlo entrar, después de consultar la hora en el móvil.

Él se acerca, la besa y se sienta junto a ella.

—He terminado antes. ¿Cómo está tu hermana?

—Bien, he hablado con ella hace un rato. Me ha confesado que la medicación que tomó se la había dado una psicóloga a la que llevaba un tiempo viendo. Yo no tenía ni idea de que estuviera haciendo terapia, pero tampoco me ha parecido el momento de presionarla más.

Alvar frunce el ceño. Esa misma tarde ha visto vídeos de una terapeuta arruinando la vida de sus pacientes y ahora otra parece repartir medicación de forma clandestina.

—¿Has cenado?

—No, te estaba esperando.

El inspector sonríe. Se levanta, se quita la chaqueta, afloja la corbata y se desabrocha los primeros botones de la camisa. Aura lo observa en silencio. Le gusta el contraste entre el inspector pulcro que sale temprano de casa y el hombre agotado con el que se encuentra al volver.

Alvar sale del salón y vuelve unos instantes después con la improvisada cena: un par de sándwiches y dos copas de vino. Cenan en el sofá, como ya se han acostumbrado a hacer, con las noticias de fondo. Él parece ausente.

—¿Qué te pasa? —pregunta Aura antes de darle un mordisco al sándwich.

No responde; mantiene la mirada fija en la televisión.

—¿Qué sabes de La divina comedia ? —suelta por fin.

—¿El libro? —se sorprende—. Poco. Leí algunos fragmentos en el instituto. Mi hermana sí la leyó entera cuando estrenaron Seven.

Alvar le muestra en el móvil la misma fotografía que ha enseñado al profesor hace un rato.

—Estaba en la habitación de un chico que se suicidó la semana pasada.

—¿Qué es esto? —pregunta ella, intrigada.

El inspector se encoge de hombros.

—No te había dicho nada porque sé que todavía estás dolida por lo que pasó, pero es el chico que falleció durante tu guardia.

Aura abre los ojos como platos.

—Urriaga me pidió que lo investigara. Resulta que es hijo de unos conocidos, además del tercer caso de suicidio en circunstancias similares en poco más de un año.

La madre ha denunciado al centro y, entre eso y la presión mediática, quiere que me encargue.

No le gustaría dar la imagen de que la policía se cruza de brazos.

—¿Es que crees que esos suicidios pueden estar relacionados con el caso que lleváis?

—En el caso de Ferrán, seguro. Encontramos pruebas similares en los escenarios de los tres asesinatos que estamos investigando.

—Joder…

—Aquella noche no pudiste hablar con el chico, ¿verdad?

—Llegó intubado y sedado. ¿Sabes lo inestable que estaba?

—Lo sé, pero estoy intentando averiguar cómo pudo llegar esa tarjeta a sus manos, qué relación podía tener él con todo esto.

Aura vuelve a examinar las imágenes.

—Es San Nicolás de Bari —aclara el inspector.

—El patrón de Alicante, es cierto —susurra ella.

—Y de los niños. Eso es lo que no entiendo. Con respecto a los números, sospechamos que guardan relación con la numerología de Dante, la que emplea en La divina comedia.

Ella se levanta del sofá y va en busca de su portátil. Encuentra multitud de páginas web que abordan, con mayor o menor rigor, la obra. Localiza un artículo y lee en voz alta:

—«Es principalmente un poema religioso, sobre el pecado, la virtud y la teología…» «Se divide en tres partes (Infierno, Purgatorio y Paraíso)…».

—Nuestra principal hipótesis es que el asesino se considera una especie de juez y castiga a las personas que, bajo su criterio, no merecen seguir viviendo. Es todo lo que tenemos por el momento.

—Si ese fuera el caso, por lo que me has ido contando, tenéis dos víctimas que son unos auténticos cabrones, pero ¿qué hay de la psicóloga?

Alvar le habla de las cintas encontradas en el domicilio de Silvia Esteve. Aura escucha con la boca abierta.

—Menuda hija de puta —exclama cuando él termina de hablar.

—Puede que Ferrán —reflexiona el inspector— acabara suicidándose directamente por los abusos o porque la terapeuta lo estaba chantajeando.

Lo que no me cuadra es que no lo mencionara en la nota de suicidio.

Sus padres no me dieron a entender que sospecharan de ella. Ya veremos cuando esto salga a la luz…

—Si no estuviera muerta, probablemente la habrían matado ellos —sentencia—. Y nadie los culparía. No sé cómo reaccionaría yo si le pasara eso a un hijo mío.

Alvar prefiere callarse. Pero, conociéndose, no cree que fuera capaz de refrenar sus impulsos si le hicieran daño a su familia. Si tocaran a un hijo suyo…Afortunadamente, no es algo de lo que ahora tenga que preocuparse.

Se fija en que Aura casi no ha probado bocado.

No quiere decir nada para no agobiarla, pero le preocupa lo delgada que se está quedando.

Supone que se debe al trabajo —lleva un par de meses haciendo dos guardias a la semana por las bajas de sus compañeras— y al estrés de los preparativos de la boda.

Y, con lo de su hermana, no parece que la cosa vaya a mejorar.

Hace un par de semanas le sugirió la posibilidad de posponer la ceremonia.

Ella se negó rotundamente y hoy, cuando ha vuelto a sacar el tema, ha obtenido la misma respuesta.

—¿No te la acabas? —pregunta señalando el sándwich casi intacto—. No has cenado nada. ¿Quieres que te prepare otra cosa?

—No tengo hambre —responde ella mientras le pasa el plato—. Cuando has llegado me hubiese comido cualquier cosa, pero ahora me ha entrado un poco de angustia. Habré pillado algún virus.

—Pues sea lo que sea, por favor no me lo pegues —bromea él—, porque lo último que necesita mi jefe ahora mismo es que me coja una baja. Por cierto, ¿nerviosa por lo de la semana que viene?

La visita de sus futuros suegros para conocerla…

Le prometió a Alvar que se encargaría de reservar un buen sitio para cenar... y se le había olvidado por completo.

Aura se levanta para recoger los platos, pero él la detiene con un gesto firme y la atrae de nuevo hacia el sofá.

—Déjalo. Ya recojo yo.

Le da un beso en la sien antes de levantarse.

Ella está agotada y no se lo discute. Vuelve a recostarse en el sofá y retoma el libro mientras escucha el tintineo de la vajilla en la cocina.

Cuando termina de recoger, él se instala en el pequeño despacho del salón, un escritorio desordenado arrinconado junto a la pared, lo único que desentona con la cuidada estética de la casa.

Ella siempre dice que le encanta porque el flexo le recuerda a su época universitaria.

A Alvar le gusta verla ahí, dormida cerca mientras él trabaja, algo totalmente nuevo para alguien acostumbrado a despachar a sus acompañantes antes de que saliera el sol.

Se gira y la observa con el libro abierto sobre el pecho, profundamente dormida.

Dentro de unos meses será su mujer.

Por un instante se imagina ese mismo salón repleto de juguetes esparcidos por el suelo y voces infantiles.

Y, contra todo pronóstico y por primera vez desde que la conoció, la idea le asusta.