20
Aura consulta el móvil mientras espera frente a la máquina de café.
En cuanto el ronroneo metálico se detiene y el pitido anuncia que la bebida está lista, retira el vaso y regresa al despacho de Anestesia, una especie de zulo sin ventanas que comparte con sus compañeros para redactar informes o reunirse durante las guardias.
Todavía no son ni las ocho de la tarde, pero ya tiene el presentimiento de que va a pasar toda la noche en vela: la Reanimación está casi llena y aún tiene un par de intervenciones urgentes pendientes.
—¿Cómo vas? —pregunta al entrar y ver a una de sus compañeras enfrascada en el ordenador.
La anestesista se gira, se quita las gafas y se frota los ojos, enrojecidos por las horas frente a la pantalla.
—Bien. Estaba terminando el ingreso del diez.
—¿El de la perforación intestinal?
—Sí. Y con ese ya solo nos queda una cama libre.
Aura lanza un suspiro. Siempre igual.
—Pues si no podemos dar altas, tendremos que derivar pacientes a otros hospitales —zanja—. No hay otra.
—Ya me dirás dónde —responde su compañera, volviéndose de nuevo hacia el ordenador—. Creo que estamos todos igual.
Aura se acerca al control para comprobar que todo está en orden. Acaba de sentarse cuando una de las enfermeras se le acerca con el rostro desencajado.
—Aura… —logra articular con la voz quebrada—. Tienes que bajar a Urgencias.
—¿Qué pasa? ¿Es para intubar? No han llamado al busca…
Su compañera niega.
—Han llamado a la salita. Es tu hermana.
Baja las escaleras de tres en tres, como si la vida le fuera en ello, y cruza un par de pasillos corriendo hasta que accede a la zona de triaje. En cuanto se acerca con el pijama verde, un médico al que no reconoce se levanta del control.
—¿Aura? Soy Manuel Castro, uno de los adjuntos de guardia. No te asustes —se apresura a añadir para calmarla—. Acabamos de ingresar a tu hermana. Su marido nos ha dicho que estabas de guardia y nos ha pedido que te avisemos.
—¿Qué ha pasado? —pregunta con la voz rota.
El facultativo la conduce hasta un despacho apartado.
—Es un intento de autolisis. Por ingesta de fármacos. Le hemos hecho un lavado gástrico y vamos a subirla a la Unidad de Agudos de Psiquiatría. Puedes pasar a verla.
El médico le indica el box donde está su hermana y, tras ofrecerse a ayudarla en todo lo que necesite, regresa al control de enfermería.
Aura abre la puerta con cuidado y entra sin hacer ruido.
A pesar de la intensa luz, Isabel descansa encogida sobre sí misma, en posición fetal.
Tiene una vía en el brazo y el rostro hinchado.
Parece agotada. Da la impresión de haber envejecido diez años de golpe.
Marcos está sentado en un sillón junto a la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos.
—Hola —susurra cuando la ve entrar—. ¿Te han dicho algo?
Ella se acerca y le da un par de besos rápidos.
—Que, de momento, está fuera de peligro, pero que, lógicamente, van a ingresarla de todos modos. Me han dicho que no tardarán en darnos la cama. —Se vuelve y le da la espalda—. Puedes irte si quieres. Me quedo yo con ella.
Su cuñado baja la vista.
—Ha sido culpa mía.
Aura no dice nada. No tiene ni fuerzas ni ganas de consolarlo. Sin embargo, tampoco quiere decir algo de lo que después pueda arrepentirse.
—Supongo que habló contigo… —insiste él.
Al ver que tampoco obtiene respuesta, se levanta y se dirige hacia la puerta.
—Los niños están con mis padres —añade antes de salir—. Me quedaré con ellos esta noche.
Aura ni siquiera se despide. Acerca una silla a la cama y coge la mano de Isabel. Al notar el contacto, reacciona de inmediato. Intenta abrir los ojos, pero la medicación le impide mantenerse despierta.
Poco después, el médico asoma por la puerta del box.
—Ya tenemos la cama. Vamos a subirla.
Aura se levanta y sale un momento al pasillo con él.
—¿Qué ha tomado?
—Imipramina.
—Pero si eso ya casi no se prescribe… —se extraña ella.
El médico se encoge de hombros.
—Es cierto. Ahora se recetan otros con mejor perfil de seguridad.
No sé quién se lo habrá pautado. —Hace una pausa antes de continuar, bajando la voz—.
Tu hermana había ingerido una cantidad considerable.
Sinceramente, me preocupa que vuelva a intentarlo.
Sé que entiendes lo importante que es la vigilancia durante las primeras semanas después de...
Aura asiente, agradece la atención de su compañero y regresa al box para recoger las pertenencias de Isabel mientras esperan al celador.
El primer número que marca es el de su compañera de guardia para pedirle que la cubra esa noche.
El segundo, el de Alvar.
Pasa toda la noche junto a la cama de Isabel, incapaz de conciliar el sueño.
Cuando amanece, tiene los ojos irritados y los músculos completamente agarrotados por las horas que ha pasado en el sillón.
Se incorpora con cuidado para no despertar a su hermana y sale en busca de un café.
Cuando regresa, Isabel ya está despierta y, recostada en la cama, la mira en silencio, con los ojos empañados.
—¿Cómo estás? —pregunta desde la puerta.
Isabel tarda unos segundos en responder.
—Lo siento.
—Shhh. Tranquila, ahora lo importante es que te recuperes. Ya hablaremos más adelante, cuando te sientas con fuerzas.
—¿Y los niños?
—Con Marcos. No te preocupes. Están bien.
Aura duda si preguntar o no algo a lo que lleva varias horas dándole vueltas. Finalmente, lo suelta a bocajarro.
—Solo quiero saber una cosa y espero que no me mientas. ¿De dónde sacaste las pastillas?
—Me las dio mi psicóloga —murmura tras una breve vacilación.
—Isabel, en España los psicólogos no pueden recetar.
—Ya, lo sé. —Baja la mirada—. Me dio un par de cajas sin receta.
Aura siente un latigazo de rabia por la irresponsabilidad de la terapeuta, pero se obliga a contenerse. No quiere que su hermana se cierre en banda ni que vuelva a confiar sus problemas a una desconocida antes que a ella.
Unos instantes después, el psiquiatra entra en la habitación. Habla unos minutos a solas con Isabel y luego sale al pasillo con Aura.
—Quiere irse a casa —le informa el médico.
—¿Y tú qué opinas?
—Tengo dudas. No soy partidario de enviar a estos pacientes tan pronto a casa, pero me consta que tiene mucho apoyo familiar. Si supiera que va a estar vigilada, que acudirá a las citas y hará terapia… podría plantearme el alta a lo largo de la mañana.
Aura regresa a la habitación y se lo comunica a Isabel, que promete cumplir a rajatabla las indicaciones del facultativo.
A mediodía, tras dejarla en casa, Aura aborda con determinación a su cuñado en el recibidor.
—No la dejes sola —le advierte—. Me voy. Llamaré más tarde, pero avísame si necesita algo. Y cuando digo algo, me refiero a cualquier cosa. Lo que sea.