El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 19
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La urbanización Montesol es una zona residencial situada a unos diez minutos de Alcoy, compuesta por chalés independientes con amplias parcelas donde muchas familias pasan los fines de semana o las vacaciones de verano.

El chalé marcado con el número doce evidencia que quien vive allí disfruta de una posición económica desahogada. La vivienda parece recién construida y el exterior está cuidado con esmero.

Gisbert pulsa el timbre. No tarda en responder una voz femenina.

—¿Sí?

—Buenas noches, ¿Teresa Coves?

—Sí. ¿Quién es?

—Inspector Álvaro Gisbert, de la policía.

Unos instantes después, la puerta de la parcela se abre con un chasquido.

El inspector recorre el camino hasta la entrada principal, donde lo espera una mujer morena de unos treinta años vestida con pijama y una bata para protegerse del frío.

Nada más verla, al policía le llama la atención su extraordinaria belleza.

A medida que se aproxima a ella, no puede evitar pensar que una mujer así podría desarmar a cualquiera.

—Buenas noches —saluda ella con voz temblorosa—.

El inspector le muestra su identificación.

—Me gustaría hacerle unas preguntas. ¿Puedo pasar?

Ella baja la mirada y, sin decir palabra, se hace a un lado para franquearle el paso.

El interior de la vivienda no desentona con la fachada. Todo parece nuevo, como si todavía nadie hubiese terminado de instalarse. Hasta el olor a pintura, plástico y madera barnizada deja claro que la casa lleva poco tiempo ocupada.

—Discúlpeme —dice Teresa mientras aparta una caja del suelo—, estoy en plena mudanza.

El inspector la sigue hasta el salón y se acomoda en un sofá mientras ella hace lo mismo frente a él. Es una estancia amplia, con los techos altos y muebles de alta gama.

—Viene a preguntarme por Miguel Bornay —comienza la mujer, adelantándose a la pregunta—. Supongo que han rastreado el número de teléfono…

Gisbert se sorprende por su franqueza. Creía que le costaría mucho más hacerla hablar.

—En efecto. Ese número aparece varias veces en el registro de llamadas de la madrugada anterior a su asesinato.

—Siento decirle, inspector, que si viene buscando algo que pueda conducirlo hasta el asesino de Miguel, está perdiendo el tiempo. No puedo ayudarle.

—¿Qué relación tenía con él?

Teresa esboza una sonrisa cansada.

—¿Qué relación cree que podía tener un hombre como él con una mujer como yo?

—Dígamelo usted.

—Sexual, por supuesto. Tengo treinta y dos años, pero eso nunca le importó demasiado.

—¿Dónde se conocieron?

—Lo conozco de toda la vida, desde que era una cría.

Mi padre y él siempre fueron amigos. Bueno, lo eran.

Mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía diecisiete años.

Me quedé sola y Miguel se ocupó de todo.

Viví con su familia hasta que me trasladé a Barcelona para estudiar.

—Hace una pausa. Después continúa, evitando la mirada del inspector—.

Yo siempre había notado cómo me miraba. Hay cosas que una chica sabe interpretar aunque nadie se las haya explicado.

—¿Era una relación consentida? —A Gisbert le cuesta disimular su incomodidad.

Teresa se encoge de hombros.

—Supongo. Era un hombre poderoso. Me llevaba a restaurantes caros, hoteles de lujo… Me deslumbró. Entienda que, para una chica de mi edad, que venía de no tener nada...

—Bueno…

—No me juzgue —lo corta ella con dureza—. Creo que no ha venido aquí para eso.

—Lo siento. Entonces, ¿llevaban años juntos?

—Doce. Intenté dejarlo muchas veces —confiesa, como si necesitara justificarse—, pero nunca me lo puso fácil. Digamos que ahora, por fin, soy libre para hacer mi vida. Al menos —añade, abarcando el salón con un gesto— tuvo la decencia de poner todo esto a mi nombre.

Gisbert prefiere cambiar de tema. Si Bornay antes ya le parecía un indeseable, ahora le parece un verdadero hijo de puta.

—¿Notó algo extraño en su comportamiento los días anteriores a su muerte?

—Estaba un poco más nervioso de lo habitual, pero tampoco le di demasiada importancia.

—¿Nervioso por qué?

—Ni idea —responde Teresa negando con la cabeza.

—En el registro, su número aparece cuatro veces esa noche. Son llamadas muy cortas. ¿De qué hablaron?

Ella pone los ojos en blanco.

—De nada. Era algo que Miguel solía hacer. Me llamaba de madrugada para comprobar que estaba en casa. Que estaba sola. Que no había voces de fondo. En fin, era una forma más de controlarme.

Gisbert la observa unos segundos más. Ahora entiende muchas cosas. Finalmente se pone en pie. Le entrega una tarjeta con su número y le pide que lo llame si recuerda algo más.

—Inspector —lo detiene la chica cuando él ya ha llegado al umbral—, solo le pido una cosa.

Él se vuelve.

—No haga esto público. No quiero que todo el mundo me recuerde como la querida de Miguel. No me gustaría arruinar mi vida antes siquiera de haber podido empezarla.

Gisbert asiente y camina hasta el coche pensando en la cantidad de maneras diferentes con las que uno puede destrozarse la vida.