18
Con la Nochevieja a la vuelta de la esquina, el tráfico en el centro de Alicante se vuelve denso y exasperante. A ambos lados de la calzada, los peatones caminan apresurados, cargados con bolsas repletas de comida y regalos de Reyes.
Alvar se detiene ante un semáforo y se pregunta si no habría sido mejor dejar el coche en el garaje y continuar a pie.
La dirección que Urriaga le ha dado no queda lejos, pero está cansado y cada minuto cuenta, así que decide seguir conduciendo.
Cruza la plaza de los Luceros y baja por la avenida Alfonso X el Sabio, engalanada con la decoración navideña, hasta girar hacia la Rambla.
No tarda en distinguir los destellos azules de los coches patrulla, que parpadean contra el cordón policial y se reflejan en los escaparates y en el asfalto, ya húmedo por una lluvia que, contra todo pronóstico, ha empezado a caer.
Aparca de cualquier manera y baja del vehículo. Holloway lo espera en el portal, apurando un cigarrillo.
—Sí que le has pisado al Audi —bromea el joven, señalando el coche con un gesto de la cabeza. Tira la colilla, la aplasta con el pie y se acerca.
—Me ha pillado en la universidad. ¿Hace mucho que has llegado?
—Media hora. Gisbert acaba de marcharse. Ha llegado la Científica y la forense está en camino.
—¿Parece para nosotros?
—Echa un vistazo y me dices.
Entran en el edificio y suben al cuarto piso.
Dentro del domicilio, todo transmite una sensación fría e impersonal.
Apenas hay muebles y los pocos objetos de decoración —varios cuadros costumbristas y jarrones con motivos florales— parecen colocados de forma estudiada, como si únicamente estuvieran allí para llenar el vacío.
A simple vista, no parece una vivienda habitada.
Alvar sigue a su compañero por un pasillo estrecho hasta una puerta al fondo.
Es un despacho sobrio y minimalista, con un diván de terapia y un amplio escritorio de madera robusta y oscura.
Tumbada boca abajo sobre el diván hay una mujer.
Por la complexión, Alvar calcula que es joven.
Está desnuda de cintura para abajo, con la ropa interior bajada hasta los tobillos.
En la parte superior solo conserva el sujetador.
Tiene la cabeza ladeada hacia la pared, medio sepultada bajo un amasijo de abundante pelo claro y rizado.
El cuerpo está rodeado de heces y vómito.
Sobre ella, trazados en la pared con un rojo intenso, reaparecen los nueve círculos entrelazados y los números tres, siete y nueve.
—¿La habéis identificado ya? — pregunta Alvar, sin apartar la vista del cadáver.
—Silvia Esteve Martínez —revela Holloway desde el umbral—. Cuarenta y dos años. Tenía el bolso con la documentación en la entrada.
Alvar se gira de golpe.
—Joder… Es la psicóloga que trataba a Ferrán Sala. Iba a entrevistarme con ella.
Holloway frunce el ceño.
—Pero… ¿qué relación puede tener ella con todo esto? —pregunta al cabo de unos segundos.
—No lo sé. ¿Quién la ha encontrado?
—Su marido. Había estado un par de días fuera. Como no conseguía localizarla, vino a buscarla. Esta es su consulta privada. Trabajaba sola. La cerradura no estaba forzada, así que debió de dejar entrar al asesino. Lo conocía. Habrá que revisar su agenda.
El sonido de unos tacones anuncia la llegada de la forense.
—Buenas tardes, inspectores.
—Hola, Sara. Me alegro de que estés de guardia.
Ella entra en el despacho, se coloca los guantes y se inclina sobre el cadáver.
—La posición del cuerpo y el hecho de que esté parcialmente desnuda apuntan a una clara intencionalidad sexual —dice mientras le aparta el pelo del rostro—.
Tendré que confirmarlo, pero es muy probable que haya sufrido una agresión sexual.
No aprecio lesiones defensivas ni signos evidentes de forcejeo. Es posible que la sedaran antes.
Sara dedica unos minutos más a examinar a la víctima. Después se incorpora, anota algunas observaciones y da indicaciones a un par de agentes antes de volverse de nuevo hacia los inspectores.
—Por el estado de la vía aérea, la causa probable de la muerte es la broncoaspiración del propio vómito. Y lleva muerta poco tiempo. Menos de doce horas.
—Gracias, Sara. Intentaré pasarme mañana a primera hora. A ver si puedes adelantarme algo más.
Una llamada obliga a Holloway a apartarse unos metros. Habla unos segundos en voz baja y regresa con la urgencia escrita en la cara.
⏤Era uno de los agentes que está registrando el domicilio de Silvia Esteve —informa—. Dice que vayamos ahora mismo. Han encontrado algo.
—Dios mío… pero ¿qué es esto? —Cristina Máiquez se tapa la boca, horrorizada.
Alvar lleva más de una hora revisando el contenido del pendrive hallado en la vivienda de la psicóloga. El resto del equipo observa en silencio la sucesión de escenas almacenadas en los más de un centenar de archivos.
En las primeras grabaciones se ve a la terapeuta hablando a cámara sobre las «novedosas técnicas» que emplea en sus sesiones.
Su actitud es profesional, como si estuviera grabando contenido para un canal de divulgación científica.
Sin embargo, a medida que avanzan los archivos, el rigor de la terapeuta desaparece y deja paso a una perversión cada vez más evidente.
Surgen entonces escenas de extrema crudeza en las que Esteve ejerce violencia física y psicológica sobre sus pacientes más jóvenes.
Uno tras otro, los videos revelan abusos sexuales, humillaciones y coacciones.
En varios de ellos, Alvar reconoce a Ferrán Sala.
En otros aparece Vicente Sellés, el segundo de los tres expedientes que Urriaga le entregó.
Las imágenes muestran a los jóvenes suplicando entre lágrimas mientras la terapeuta mantiene una frialdad escalofriante.
Tras los abusos, se sienta frente a la cámara y relata los supuestos «avances» de su tratamiento experimental.
El inspector aparta la vista de la pantalla por primera vez y observa a su equipo.
En todos reconoce la misma mezcla de asco y desconcierto.
Cristina Máiquez parece a punto de abandonar la sala.
Incluso Gisbert, con todos sus años de experiencia, apenas logra disimular la repugnancia que le provoca el visionado de los archivos.
—Menuda hija de puta… —masculla Fernández—. ¿Dónde lo habéis encontrado?
—Pegado con cinta bajo una de las mesitas de noche. Junto con esto —responde Holloway, poniendo la familiar cartulina tamaño carné sobre la mesa.
Nadie necesita acercarse para reconocer su contenido. Sin embargo, esta vez hay algo distinto: junto al tres, el siete y el nueve aparecen otros números escritos con la misma tinta. Doce, ciento tres y ciento cinco.
—¿Lo sabe el marido? —pregunta Máiquez.
—Ha llegado hace un rato. Iba a hablar con él cuando habéis entrado —aclara Arques.
—No —zanja Alvar—. Antes quiero interrogarlo. Necesito saber si conocía todo esto o si estaba implicado. ¿Algo más?
—Se está tomando declaración a los vecinos y hemos pedido el registro de llamadas y los últimos movimientos bancarios —detalla Gisbert—. Pero, de momento, nada. Ni una huella. Ni en su casa ni en la consulta.
—Entonces habrá que esperar a la autopsia —concluye Alvar.
Poco a poco, las piezas empiezan a encajar. Tres víctimas. Tres personas unidas por un mismo patrón: ninguna era inocente. Y dos adolescentes empujados al suicidio por los abusos de Silvia Esteve.
Las motivaciones del asesino empiezan a cobrar sentido y, poco a poco, revelan la lógica de una mente profundamente enferma. Su perfil, aunque todavía incompleto, empieza a definirse en la mente de Alvar.
Bajo la luz blanca de la sala de reuniones de la comisaría, por primera vez desde que empezó el caso, nota cómo se le eriza lentamente el vello de los brazos al comprender que, quizá, y a pesar de sus años en Homicidios, nunca se ha enfrentado a un asesino como ese.