El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 17
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Kyleakin, Isla de Skye, Escocia

Ishbel bebe un poco más de agua y se recuesta en la cama.

Hace ya un rato que se tomó las pastillas, pero todavía sigue despejada.

Apenas nota un leve sopor. Mira el reloj de la mesita de noche: las dos de la madrugada.

Empieza a desesperarse. Ya debería haberse quedado dormida, como le ocurre a su madre cada vez que las toma.

Se levanta y busca a tientas en el fondo del cajón de la cómoda hasta que sus dedos tropiezan con el frasco.

Es un pequeño bote de pintura para manualidades, de los que se usan para decorar figuras de escayola.

Siempre le ha gustado guardarlos cuando se vacían.

Esta vez, sin embargo, lo ha llenado con las pastillas que robó del cajón que su padre mantiene bajo llave.

Un día lo vio esconderlas allí después de obligar a su madre a tomárselas.

Conseguir la llave no le resultó tan difícil como había imaginado.

Solo tuvo que ser paciente. Hace dos días, cuando él entró en la ducha, ella se coló en el dormitorio, la sacó de su bolsillo, abrió el cajón y cogió los comprimidos.

Luego lo dejó todo exactamente como estaba, cerró el cajón y devolvió la llave a su sitio. Solo espera que no los tenga contados.

Abre el frasco y se traga dos pastillas más con otro sorbo de agua. Entonces la asalta una duda: quizá no haya cogido las suficientes, quizá se haya quedado corta. Pero no podía llevárselas todas. Su padre lo habría notado.

Vuelve a tumbarse, con la esperanza de que, esta vez sí, el sueño la venza. Poco a poco, sin darse cuenta, todo empieza a apagarse hasta que cae en un sueño profundo.

Unos golpes la devuelven bruscamente a la consciencia.

—Ishbel, despierta. Por favor, despierta —suplica Tom.

Pero ella no puede, ni quiere despertar. Por una vez, solo quiere que la dejen en paz. Desesperado, su hermano la sacude una y otra vez. Ella abre los ojos un instante.

—Déjame…

—¿Qué te pasa? —solloza el niño.

Y entonces sucede lo que más teme: su padre se despierta y entra en la habitación, fuera de sí.

—¿Qué está pasando? ¿A qué vienen esos gritos?

—No se despierta… —lloriquea Tom.

El hombre la zarandea con violencia, pero ella continúa sin reaccionar.

Como si comprendiera de inmediato lo que ha sucedido, la arranca de la cama y la arrastra del pelo hasta la cocina.

Tendida en el suelo, Ishbel comienza a moverse.

Él llena un vaso de agua y se lo arroja a la cara.

Después la incorpora, la obliga a inclinarse hacia delante y le introduce los dedos en la garganta para hacerla vomitar.

—¿Qué has hecho, malnacida? ¿Qué has hecho? —repite una y otra vez.

El alboroto despierta también a la madre, que corre hasta la cocina y se abalanza hacia su hija. El padre la empuja contra la pared.

—Apártate —espeta—. Esta hija de puta ha intentado suicidarse.

Su madre ahoga un grito.

Poco después, los esfuerzos del padre dan resultado.

Ishbel abre los ojos. Aterrada y ya plenamente consciente, trata de librarse.

Forcejea para escapar de los golpes que él está a punto de propinarle.

En un descuido consigue ponerse en pie y, tambaleándose, abre los cajones uno tras otro hasta encontrar lo que busca, ante la mirada desconcertada de su madre.

Ishbel retrocede hasta el centro de la cocina. Sostiene un cuchillo afilado con el que apunta a su padre. Esta vez está segura de que será capaz de usarlo. Ya no volverá a doblegarse ante la locura de ese hombre.

—Deja ese cuchillo. No hagas más tonterías —ordena él.

—Es la última vez que me tocas, enfermo cabrón —sentencia ella, con voz serena.

Pero entonces comete el error de mirar a su madre en busca de auxilio.

Sin embargo, ella continúa inmóvil en una esquina, sollozando, anulada por el miedo.

Comprende entonces que su madre nunca se atreverá a salir de allí.

Jamás se defenderá. Jamás la protegerá ni testificará contra su marido.

Nadie creerá que Ishbel actuó en defensa propia para protegerse a sí misma y a su hermano.

Nadie imaginaría que un hombre tan intachable y culto, tan respetado en su comunidad, fuera capaz de cometer semejantes atrocidades.

El padre, como si le leyera el pensamiento, consciente de su dominio, agarra otro cuchillo y la enfrenta.

—Vamos, pequeña zorra ingrata, ¿qué crees que estás haciendo? ¿De verdad piensas que serás capaz de hacerme daño?

Entonces Ishbel se rinde. Comprende que ya ha perdido, tanto si lo mata como si vuelve a obedecer.

Por un instante la seduce la idea de detenerse, de bajar el arma y obedecer.

Doblegarse ante la seguridad del camino conocido.

Sin embargo, las imágenes regresan: las violaciones, el hijo que ya nunca podrá tener y los abusos continuados desfilan por su mente como fotogramas de una película de terror.

Y decide sucumbir ante la única salida posible.

Baja el arma.

Durante un segundo, el padre respira aliviado.

Se equivoca.

La joven coloca la hoja en su propio cuello y, con fuerza y determinación, traza una línea de lado a lado.

Mientras todo comienza a nublarse, una sonrisa serena aflora en su rostro.

Su padre grita de pura rabia mientras el suelo de la cocina se tiñe de rojo.

En el umbral de la puerta, inmóvil, Tom observa cómo la sangre se extiende por las baldosas. Un penetrante olor metálico comienza a adueñarse de la estancia.

Todavía no es consciente, pero ese instante acabará definiendo el resto de su existencia.