El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 16
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La avenida de Villajoyosa, conocida por los alicantinos como la carretera de la Cantera, es una de las vías que conectan el centro de Alicante con la playa de San Juan y el Cabo de las Huertas.

Al pie de la sierra Grossa, bordeando la costa, la calzada discurre entre el azul del Mediterráneo y el blanco hueso de la piedra caliza.

Aura conduce en esa dirección alternando en la radio la música con las noticias sobre los escasos avances en la investigación que dirige Alvar.

Ha quedado con su hermana, que se mudó allí hace ya varios años.

A medida que avanza hacia el norte, el paisaje cambia y da paso a grandes bloques de apartamentos con terrazas orientadas al mar y algunos hoteles, una imagen habitual en la Costa Blanca.

Desgraciadamente, también es una ruta marcada por su peligrosidad.

Cada vez que la recorre, no puede evitar fijarse en los ramos de flores atados a las farolas de la mediana, en memoria de las víctimas.

Aura abandona la carretera principal y toma el desvío.

La calle discurre entre una hilera de casas unifamiliares de alto poder adquisitivo, construidas años atrás, cuando la zona empezó a ponerse de moda.

Tras un par de giros y un kilómetro más entre ciclistas y corredores, detiene el coche frente a la parcela.

La puerta está abierta. Entra, aparca en una de las cuatro plazas de la parte trasera y baja.

Cruza el amplio y cuidado jardín, con el mar al fondo, resultado de interminables obras y continuas discusiones entre Isabel y el paisajista que contrató.

Al llegar al porche, pulsa el timbre. La puerta se abre casi de inmediato.

—¡Qué rápido has llegado! —exclama Isabel—. Te esperaba más tarde.

Su hermana está impecable. Aura siempre ha admirado esa facilidad suya para estar perfecta incluso sin salir de casa.

De pie en el umbral, con ese conjunto de pantalón beige y camisa blanca —que, conociéndola, seguro que le ha costado una fortuna—, Aura no puede evitar compararse.

Con vaqueros desgastados, zapatillas, un sencillo jersey de lana y una parka de hace tres temporadas, siente que juega en otra liga: la de quienes han de esperar a las rebajas para poder comprarse alguna prenda de marca.

—Sí, he acabado antes —responde mientras la besa brevemente—. ¿Los chicos están en el cole?

Entra en el amplio vestíbulo, deja el bolso sobre una silla y la sigue hasta la cocina. Cuando Isabel termina de guardar la compra, abre una botella de vino tinto, llena dos copas y saca una bolsa con las patatas fritas favoritas de su hermana.

—Tus sobrinos llegarán un poco más tarde porque tienen entrenamiento. Le he pedido a Alicia que los recoja. Así tenemos más tiempo para nosotras.

—Es verdad, nunca recuerdo sus horarios. Debo de ser una tía horrible. ¿Y Marcos?

—Ha tenido que quedarse unos días más en París.

—Pero si me dijiste que volvía ayer...

Isabel tuerce el gesto. Hace tiempo que Aura reconoce esta expresión cada vez que menciona a Marcos.

Su cuñado pasa demasiado tiempo fuera de casa, o al menos esa es la impresión que tiene.

Le sorprende porque rara vez ha oído quejarse a su hermana de sus ausencias.

La empresa que dirige Marcos siempre les ha permitido vivir con holgura y, aunque dicen que el dinero no puede comprarlo todo, Aura sospecha que, en el caso de Isabel, sí ha conseguido acallar más de una queja.

Por supuesto, se alegra por ella, pero nunca ha terminado de entender que renunciara a su carrera de periodismo para convertirse en ama de casa.

Cuando se quedó embarazada del mayor de sus hijos, trabajaba en un periódico local y parecía satisfecha, pero, en cuanto fue madre, se convenció de que su lugar ya no estaba en la redacción.

Para cuando nació el segundo, tenía ese papel tan interiorizado que ni siquiera volvió a plantearse trabajar fuera.

Tampoco es que Isabel llevara una vida especialmente sacrificada.

Siempre ha contado con ayuda externa, tanto para las tareas del hogar como para el cuidado de los niños.

Además, la ausencia de horarios le permitía acompañar a su marido en algunos de sus viajes.

Eso era lo que más disfrutaba. Sin embargo, hace tiempo que él ha dejado de pedirle que lo acompañe y sus ausencias cada vez son más frecuentes y prolongadas.

—Ya —admite Isabel, tras un sorbo de vino—. Al parecer ha tenido un contratiempo con unos clientes y hasta que no lo solucione no puede volver. No sé… Últimamente está muy raro.

—¿Por qué lo dices?

—Es una impresión. Aunque, la verdad es que ya casi no hablamos. De los niños o de los problemas domésticos sí, claro, pero… Bueno, ya me entiendes.

Isabel duda un instante antes de continuar.

Se levanta con la copa en la mano y conduce a su hermana hasta el salón, como si cambiar de estancia le facilitara decir lo que de verdad necesita confesar.

Allí se deja caer en uno de los sofás de piel.

Frente a ellas, un ventanal inmenso se abre al mar, el rincón favorito de Aura de toda la casa.

—¿Lo has hablado con él? —insiste, retomando la conversación.

—Se lo he insinuado, claro, pero asegura que son invenciones mías, que deje de montarme películas. —Hace una pausa. Mantiene la mirada fija en el horizonte, al otro lado del cristal—. ¿Sabes? —se atreve a confesar al fin—. Creo que me está ocultando algo. Que hay otra.

Aura la observa en silencio, calibrando su respuesta.

Conoce a Marcos desde hace años y siempre ha tratado a su hermana con cariño y respeto.

No le parece el tipo de hombre que pondría en riesgo a su familia por una infidelidad.

Pero también sabe que las apariencias engañan y que, en realidad, solo quienes forman parte de una pareja conocen de verdad lo que ocurre entre ellos.

—Pero ¿por qué piensas eso?

—Son pequeños detalles, cosas a las que antes no habría dado importancia. Por ejemplo, un día lo pillé susurrando en el baño. Cuando salió y le pregunté, me puso una excusa que me sonó a mentira. Unos días después volvió a pasar y ya no le dije nada. No quería parecer una loca.

Se interrumpe y vuelve a llenar su copa.

—Poco después —continúa—, empezó a llegar tarde a casa. Cada vez más tarde. Un día llamé a su despacho porque llevaba varias horas llamándolo al móvil y no me lo cogía. Necesitaba saber si podía recoger a los niños porque a mí me había surgido un imprevisto…

—El caso es que su secretaria me dijo que había salido precipitadamente a mediodía y ya no lo había vuelto a ver.

En ese momento no me preocupé. Pensé que se habría dejado el móvil olvidado, ya sabes que es muy despistado.

Pero cuando llegó a casa por la noche, me dijo que había estado toda la tarde en el despacho con unos clientes y que se le había ido el santo al cielo.

Isabel se calla. Juguetea con un mechón de pelo mientras espera, inquieta, la respuesta de su hermana. Aura prefiere tomarse un momento antes de dar su opinión.

—Pues… no sé qué decirte —dice con cautela—. Seguro que hay una explicación…

—¿Y lo del ordenador? —la corta—. Le ha puesto clave al portátil.

Es normal, lo sé, pero en esta casa jamás hemos tenido contraseñas.

Siempre los hemos usado indistintamente.

El otro día fui a encender el suyo y estaba bloqueado.

Le pregunté y me dijo que era una cuestión de seguridad, que cuando está en el despacho tiene cosas que no quiere que vean y que no se fía… Otra excusa.

Aura deja que su hermana se desahogue. Lleva con Marcos desde que era una adolescente y sus hijos aún son pequeños. Aun así, ella nunca la ha tenido por una mujer dispuesta a soportar una infidelidad solo por mantener a la familia unida.

—Bueno —dice al fin—. Si ese fuera el caso… quiero decir, si te estuviera engañando, ¿qué harías?

Isabel guarda silencio. Pasea el dedo índice por el borde de su copa mientras observa las lágrimas que el vino dibuja en el cristal.

—Pues no lo sé —suspira—. Si me hubieses preguntado hace unos años, te habría dicho que lo mandaría a tomar por culo, que no necesito a nadie. Pero ahora, con los niños y todo lo que hemos construido… ya no es tan fácil. —Baja la mirada—. Conociéndote, supongo que no es la respuesta que esperabas…

—De eso nada —la interrumpe con suavidad. Deja la copa sobre la mesa y se acerca para abrazarla—. Yo siempre voy a apoyar lo que decidas, pero tienes que ser valiente. Enfréntalo.

Isabel apura el vino y esboza una sonrisa.

—En fin, creo que por hoy ya está bien de penas. Disfrutemos del rato que nos queda antes de que lleguen tus sobrinos.

Al oírla hablar así, Aura vuelve a reconocer en su hermana a la chica alegre y positiva de siempre y agradece, una vez más, la suerte de tenerla a su lado.