El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 15
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Javier Alvar saborea su café sentado en la sala de reuniones de la comisaría de Alcoy mientras espera al resto del equipo.

Como de costumbre, no ha conseguido pegar ojo en toda la noche.

Cuando llegó a casa, ya entrada la madrugada, Aura dormía.

Pese al cansancio, se puso a recabar información sobre la numerología de Dante y su relación con La divina comedia , tal como había sugerido el hermano de Ferrán Sala.

Pasó horas leyendo sobre la simbología de la obra, reprochándose no haber caído antes en la relación.

Cuando por fin se acostó, los pensamientos no le dieron tregua, así que, a las cuatro y media, harto de dar vueltas, se levantó y salió a correr.

Los cuarenta y cinco minutos de carrera intensa le sentaron bien y, poco después, ya duchado y algo más despejado, enfilaba la autovía hacia Alcoy.

A medida que ganaba altura, el termómetro descendía hasta marcar tres grados bajo cero cuando estacionó frente a la comisaría, a las siete en punto.

Vuelve a consultar el reloj: las nueve menos diez.

Sabe que hoy llegarán tarde; todos vienen de Alicante y anoche terminaron a las tantas.

Además, la niebla, especialmente espesa a la salida de la autovía, obligaba a levantar el pie del acelerador.

No quiere apretarles demasiado, así que no va a exigir una puntualidad británica.

Los inspectores locales son los primeros en aparecer. Entran bromeando sobre el partido de la noche anterior.

—¿Tienes ya al titular del número que llamó a Bornay? —pregunta Alvar dirigiéndose a Gisbert en cuanto este se sienta. Ante el silencio del alcoyano, se vuelve hacia Holloway—. ¿Alguna novedad?

—Pues sí —el joven sonríe mientras se acerca a la máquina de café—. Ayer tuvimos una conversación interesante con Victoria Trueba, una de las trabajadoras de Miguel Bornay.

—Exempleada —puntualiza Gisbert—. Un trabajador de la fábrica nos dio su número y fuimos a visitarla.

Me sorprendió lo que nos contó, porque siempre tuve a Bornay por un buen empresario.

Era un hombre muy querido y respetado aquí, en Alcoy, y estaba muy implicado en la Fiesta.

De hecho, su filà tiene la capitanía mora este año y él había sido elegido capitán.

Quizá usted no lo entienda porque no es de aquí —añade al notar el desconcierto de su superior—, pero, para un alcoyano, ostentar ese cargo es todo un honor.

En fin —da un sorbo al café—, como le decía, hace un par de años hubo un incendio en la fábrica y esta mujer fue una de las afectadas.

—¿Hubo más afectados?

—Cinco. El fuego se originó en la zona de acabado y teñido, donde almacenaban productos químicos inflamables. Según ella, el empresario sabía que incumplía las normas de seguridad, pero prefería mirar hacia otro lado.

—A Victoria —retoma Holloway—, el incendio le dejó la mano derecha destrozada.

Y atención: Bornay no solo no la indemnizó, sino que también se negó a reconocer el accidente como laboral.

Ella nunca pudo demostrar nada. Acabó despedida y con una mano delante y otra detrás. Vamos, una auténtica putada.

—¿Y los otros cuatro? —pregunta Alvar.

—Sufrieron lesiones menores.

—¿Y cómo no ha salido esto antes? —insiste—. Ningún trabajador lo mencionó en las entrevistas.

—Porque los silenciaron —sentencia Gisbert—. Sus contratos pasaron a ser indefinidos de inmediato y recibieron una buena prima. El empresario los compró.

—Al menos ya sabemos qué tienen en común las dos víctimas —dice Holloway con sarcasmo—. Miguel Bornay era un cabrón, igual que Gandía.

El comentario no pasa desapercibido para Alvar. También él ha llegado a esa conclusión: dos víctimas que no eran trigo limpio. Gandía, un asesino que eludió la cárcel por un fallo administrativo; Bornay, un empresario que abusaba de su poder. Pero ¿y el chico? ¿Qué papel juega Ferrán en todo esto?

Poco después llega el equipo de Alicante. Arques, Máiquez y Fernández toman asiento mientras se disculpan por el retraso. El inspector les concede unos segundos antes de comenzar.

—Buenos días —dice cuando se hace el silencio—. Antes de empezar, quiero enseñaros algo. Urriaga me ha pedido que investigue la muerte de un chico de trece años que se suicidó la semana pasada en Alicante.

—¿Y qué pintas tú ahí? —Máiquez lo mira sorprendida.

—Acoso escolar. La madre ha demandado al instituto y, al parecer, tiene cierta amistad con el comisario…

—Veo que en Alicante se os da bien eso del tráfico de influencias —suelta Gisbert con sorna.

No puede más que darle la razón; la actuación de Urriaga no le parece precisamente ejemplar, así que calla.

—Ese no es el tema. Ayer fui a hablar con los padres y, al registrar su habitación, encontré esto. —Deja sobre la mesa la estampa que encontró en el dormitorio del adolescente.

—Joder —murmura el veterano alcoyano—. Su puta madre. ¿No es el mismo símbolo que deja el tipo que estamos buscando? ¿Qué cojones significa?

—No lo sé. Sus padres no tienen ni idea. Tampoco son religiosos. Echadle un vistazo. A ver qué opináis.

La cartulina pasa de mano en mano en silencio.

—Su hermano cree que los círculos y los números podrían estar relacionados con la numerología de La divina comedia, la obra de Dante. Lo recordó enseguida porque se lo preguntaron hace poco en la EvAU. He estado leyendo sobre el tema y creo que deberíamos darle una vuelta.

Alrededor de la mesa se suceden las miradas de desconcierto.

—¿ La divina comedia ? —Arques frunce el ceño.

—Es un poema en el que se relata el viaje desde el Infierno hasta el Paraíso. El tres, el siete y el nueve, los números que el asesino escribe en los círculos, se repiten a lo largo de la obra. Cristina —se dirige a la experta en perfiles—, busca a un especialista en el tema y pásame su contacto.

—Enseguida, jefe.

El inspector duda un instante antes de continuar. Recuerda la forma en que habló a Cristina el día anterior. Se pasó. Tendrá que arreglarlo.

—¿Qué relación puede haber entre las víctimas y ese libro? —se interesa Gisbert.

—No lo sé, pero esto lo cambia todo. Y para mal.

Si antes sospechaba que nos enfrentábamos a una mente depravada, ahora estoy convencido de que perseguimos a alguien que mata siguiendo un patrón que sólo él comprende.

Ese cabrón está haciendo su propia interpretación de un poema del siglo XIV.

La estampa que encontré entre las cosas de Ferrán indica que su muerte y los asesinatos de Bornay y Gandía están relacionados.

—Pero el chico se quitó la vida, no fue asesinado —señala Fernández.

—¿Un suicidio inducido, tal vez? —plantea Holloway.

—Es posible. Los padres me dijeron que el chaval estaba yendo a una psicóloga. Ayer la llamé y concerté una cita para esta tarde.

Alvar se levanta y se acerca a la pizarra.

En el centro, las fotografías de Gandía y Miguel Bornay.

Añade una tercera: Ferrán Sala. « Tres, siete y nueve.

Ahí está la clave» . Tres víctimas. Tres números.

Nueve círculos, distribuidos en tres grupos.

La divina comedia como eje. Permanece unos segundos inmóvil, observándolo todo, intentando reconstruir el patrón mental del asesino.

«¿Qué cojones es lo que no estoy viendo? ».

Regresa a la mesa y se deja caer en la silla.

—¿Qué hay del hermano de Gandía? —pregunta, sin demasiadas expectativas.

—Volví a tomarle declaración —responde Arques—. No dijo nada diferente a lo que testificó la noche en que encontró a la víctima. Está convencido, eso sí, de que el asesino es un sicario contratado por la familia de Pilar Ampuero.

—¿Y qué opináis de esa teoría?

—Hemos hablado con todos sus parientes —responde Fernández negando con la cabeza—. Solo queda su hermana, que estaba fuera del país por trabajo y llegó anoche.

—¿Y el resto?

—Todos tienen coartadas sólidas.

El inspector frunce el ceño. Otra puerta que se cierra.

—Seguimos estancados —suspira—. Si no encontramos algo pronto, solo nos quedará esperar a que mate de nuevo. No hay huellas, ni testigos, ni imágenes de las cámaras. Lo único que sabemos es que es meticuloso y retorcido. Y que no se detendrá. Así que preparaos para más crímenes.

En ese momento, el móvil de Alvar comienza a vibrar en su bolsillo. Tras unos segundos de conversación, cuelga y alza la vista hacia el resto.

—Ya tenemos el titular del número que llamó a Bornay la noche antes de morir —anuncia—. Y no os va a sorprender.

Kyleakin, Isla de Skye, Escocia

Invierno de 1990

Su padre vive obsesionado con esa obra desde hace mucho tiempo.

El descenso a los infiernos para poder alcanzar la salvación ha terminado arrastrándolo a una locura sin fin.

Lleva el libro a todas partes, lo lee a todas horas.

Los ha obligado a memorizarlo; recitan esos versos sin descanso.

Ishbel ya conocía el poema, había leído algún fragmento en el instituto.

Sin embargo, su padre hace una interpretación propia.

Más retorcida. Casi depravada. Si en algún momento admiró aquel texto, ahora lo aborrece.

Le gustaría prenderle fuego, verlo reducido a cenizas.

De hecho, le gustaría quemar muchas más cosas.

Para su padre, la salvación es posible, sí, pero únicamente si se paga por los pecados cometidos. Cada uno de ellos ocupa un lugar y exige su propio castigo.

Ishbel se inclina sobre el plato que lleva en la mesa desde hace un buen rato. Nada más acercarse, una arcada le sacude el estómago. Su hermano, sentado a su lado, ya ha comenzado a temblar.

—¿Qué es esto, papá? —se atreve a preguntar ella.

—Sin sacrificio no hay salvación —responde él, impasible.

Ishbel se aparta del plato.

—Lo siento, pero no puedo —implora—. Haré lo que quieras, pero no nos obligues a comer esto. Por favor.

Desde que salió del hospital, desde el «incidente», como a su padre le gusta llamarlo, todo se ha convertido en una sucesión de castigos destinados a purificarla. Esa misma noche, nada más llegar, la obligó a bañarse en agua hirviendo. Aún tiene ampollas infectadas en la piel.

No gritó. Ni una sola vez.

En el fondo, esperaba algo peor. Vio a su madre preparar el agua y ayudar a su marido a disponerlo todo, pero, lo que la joven aún no entiende es por qué su hermano fue sumergido también en el líquido ardiente. No se explica por qué él ha de pagar también por los pecados que no ha cometido.

Mira a su hermano de reojo. Lo observa coger la cuchara e introducirla despacio en el planto, dentro del contenido pestilente. Sabe perfectamente qué hay dentro. La primera vez, creyó que iba a morir del asco.

—Tom, no lo hagas, por favor —le pide en un susurro.

Pero Tom no parece escucharla. Como un autómata, se lleva la cuchara a la boca, pero, tras intentar deglutir su contenido, vomita sobre el plato. La respuesta es inmediata: su padre se acerca por detrás y le golpea en la cabeza con tal violencia que lo hace tambalearse en la silla.

—Ishbel, come —ordena el padre.

Ella no puede. Pero sabe que no tiene otra salida. Hasta que no lo pruebe, él no los dejará marchar. Así que trata de pensar en otra cosa. Coge un trozo con la cuchara y se la lleva a la boca. La introduce de golpe, conteniendo la respiración. Consigue tragar. Su padre asiente con aprobación.

—¿Ves, Ishbel? No es tan difícil aceptar que somos siervos, que nos debemos a alguien. Tienes que aprender la importancia del sacrificio. «Que ello a vuestra salvación os baste… ».

Hace unos días, su padre le confesó que estaba orgulloso de que ella ya no pudiera quedar embarazada. La histerectomía de urgencia la ha convertido, según él, en una mujer más pura. Desde entonces, los abusos se han intensificado, visitando su cama prácticamente cada noche.

A veces, Ishbel se descubre fantaseando con la idea de morir, de abandonarse a aquella sensación tan dulce que tuvo en aquel piso de mala muerte cuando estuvo a punto de perder la vida. Se plantea si de verdad sería tan terrible: cesarían los abusos y, al fin, estaría en paz.

Ha pensado muchas veces en cómo acabar con todo, pero el miedo a dejar solo a Tom siempre termina frenándola.

Sin embargo, desde hace unos días, la muerte le parece la única opción posible.

La única solución. No puede contárselo a su hermano; teme que él le suplique que no lo haga… y que ella acabe cediendo.

Ha descubierto el cajón donde su padre guarda las pastillas que le da a su madre cuando se pone nerviosa. Sabe que, tras tomarlas, su madre se pasa la mayor parte del día durmiendo. La deducción es simple: si ingiere una cantidad suficiente, logrará su objetivo de no despertar nunca.

Observa a su hermano, paralizado por el impacto, con la mirada perdida.

Su padre se acerca lentamente hasta colocarse frente a él.

Con una mano llena la cuchara; con la otra, agarra a Tom del cabello y le echa la cabeza hacia atrás.

El niño rompe a llorar mientras el hombre le encaja el contenido en la boca y le tapa la nariz para obligarlo a tragar.

Los sonidos guturales que el pequeño emite hacen que su hermana pierda la razón, todavía más cuando ve cómo los pantalones de Tom empiezan a empaparse.

Últimamente se orina encima cada vez que su padre se «ocupa» de él.

Es consciente de que está atrapada. Nunca podrá escapar de ese lugar. No podría llevar a su hermano con ella, no se siente tan fuerte, pero tampoco quiere dejarlo solo.

Paradójicamente, la idea del suicidio cobra cada vez más fuerza. Sabe que no hay manera de perjudicar más a su padre que quitándose la vida: cometería uno de los peores pecados según su preciado libro. Algo que él jamás podría purificar.

Perdida en ese pensamiento, Ishbel continúa comiendo, pese a que, por primera vez en años, comienza a experimentar una sensación muy parecida a la felicidad.

Una idea.

Al fin, una salida.

Termina su plato y comienza a trazar un plan.

Segunda parte