El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 14
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El primer caso tras perder a un paciente en quirófano siempre es duro.

Es fácil caer en el miedo de que la situación vuelva a repetirse, así que cuanto antes lo afronte, mejor.

Aura Martín lo sabe bien. Administra la medicación mientras se prepara para intubar a la primera paciente de la mañana.

Lo ha hecho miles de veces. Aun así, hoy no puede evitar sentir un nudo en el estómago.

—Cincuenta miligramos de rocuronio —indica a su compañera.

Espera algo más de un minuto para que el relajante muscular haga su efecto e introduce el laringoscopio a través de las cuerdas vocales de la paciente, una mujer de treinta y dos años programada para una mastectomía.

El cáncer de mama cada vez afecta a mujeres más jóvenes.

O esa es la impresión que ella tiene últimamente.

Tras ajustar los parámetros del respirador y comprobar que todo funciona correctamente, se sienta en uno de los taburetes y enciende el ordenador.

Redactar el informe anestésico es una de las primeras cosas que aprendió durante su residencia —si no la primera— y un acto que ahora ejecuta casi por inercia: anota las constantes, la medicación administrada y las incidencias.

—¿Quieres que prepare algo de analgesia para la chica? —pregunta Elena, pasándole la mano por el hombro con afecto.

Aura levanta la vista del ordenador y le dedica una sonrisa breve.

—Gracias. Prepara un paracetamol y un Enantyum . Y también morfina, por favor. No quiero que se despierte con dolor.

Elena sale y regresa unos instantes después con la medicación. La introduce en un suero y se sienta junto a ella, que observa las curvas del monitor con la mirada perdida.

—¿Cómo estás? —pregunta en voz baja.

—Bien —responde, encogiéndose de hombros—. Solo un poco cansada.

—Me han contado lo del chico del otro día. Vaya palo. Por lo visto entró ya bastante jodido.

Aura asiente sin apartar la vista de la pantalla.

—Pues imagínate. Estuvimos toda la noche en quirófano, pero no hubo manera. Me he quedado hecha una mierda. Y mi compañero también.

—Me lo imagino. Yo entré al día siguiente por la tarde y me lo contaron. Estuve a punto de llamarte, pero pensé que no tendrías ganas de hablar.

La doctora se levanta para cambiar la bolsa de la analgesia por otra de suero, con la mirada fija en el campo quirúrgico.

—Supongo que a ti también te habrá pasado, pero no puedo quitármelo de la cabeza. No dejo de cuestionarme si hicimos todo lo posible, si tenía que haber hecho algo diferente… Estoy jodida, la verdad.

—Escucha —Elena le aprieta el brazo con firmeza—: sé que hiciste todo lo posible por ese chico. Tienes que dejar de exigirte tanto. Llevo mucho tiempo aquí y trabajas muy bien. Cuando los pacientes llegan así… En fin, hay cosas que no se pueden evitar.

Aura agradece el apoyo de su compañera con una media sonrisa.

—Ya. Pero cuesta no llevarte a casa algo así.

—¿Y con el inspector qué tal? —su amiga cambia de tema—. ¿Se porta bien?

La expresión de Aura cambia por completo. Siempre ha oído decir que los primeros meses de convivencia son los más duros, pero, hasta la fecha, ella está encantada.

—La verdad es que sí —sonríe con sinceridad—. De momento estamos muy bien.

—¿Y cómo llevas los preparativos de la boda? ¿Tienes ya el vestido?

—Todavía no, pero…

El pitido agudo de la alarma la hace incorporarse de golpe. La tensión arterial de la paciente ha caído y ella administra diez miligramos de efedrina intravenosa. Solo cuando, un par de minutos después, las constantes de la chica se normalizan, Aura vuelve a sentarse.

Media hora después, los cirujanos avisan de que la intervención está llegando a su fin.

En cuanto la herida queda curada y cubierta con apósitos, Aura inicia las maniobras para despertar a la mujer.

Todos sus profesores, y también los libros, le han recordado siempre que el despertar de un paciente de la anestesia a menudo se compara con el aterrizaje de un avión.

Los dos momentos más críticos: la inducción y el despertar. El despegue y el aterrizaje.

Cuando, poco después, la paciente abandona el quirófano consciente y sin dolor, rumbo a la sala de despertar, Aura exhala el aire que, sin saberlo, había contenido durante toda la intervención.

Esta vez sí.

Esta vez ha llegado a tiempo.

«Otro éxito de la anestesia», piensa con cierta ironía.