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Broadford, Isla de Skye, Escocia
La ambulancia avanza a toda velocidad por la carretera que conduce al hospital de Broadford, el más próximo a Portree con atención de emergencias graves.
Es una vía estrecha y repleta de curvas, y la noche es fría y ventosa.
Aunque los vehículos de mantenimiento pasan de vez en cuando para salar la calzada, aún queda algún tramo cubierto por hielo negro que hace muy peligrosa la circulación. El tiempo de Ishbel se agota.
Cuando llegan al centro sanitario, el equipo médico ya los espera en la puerta de urgencias.
La joven es trasladada al quirófano; ha perdido mucha sangre y está inconsciente.
Han tenido que intubarla durante el trayecto.
El anestesiólogo activa el protocolo de hemorragia masiva: necesita ser transfundida cuanto antes.
El ginecólogo trata de frenar la hemorragia como puede; es una paciente muy joven y hay que intentar preservar el útero.
Sin embargo, ante la imposibilidad de detener el sangrado, decide practicar una histerectomía.
Es la única forma de salvarle la vida. Tiene catorce años.
Ishbel debe la vida a una de las vecinas de la pensión a la que el supuesto médico la llevó.
Los gritos que, con mucho esfuerzo, logró articular alertaron a la mujer cuando regresaba a casa.
Escuchó a la chica desde el descansillo del primer piso.
Subió a su vivienda y llamó a la policía.
Fueron los agentes quienes avisaron a los servicios de emergencia cuando hallaron a la joven inconsciente.
Abre los ojos lentamente. La primera imagen la devuelve a la realidad: su padre, de pie frente a la cama, la mira con gesto severo.
No hay duda en su mirada. Solo castigo. A su lado, su madre, incapaz de acercarse.
Tras varios días sedada, le cuesta adaptarse a la luz, pero comprende de inmediato lo ocurrido.
Avisaron a sus progenitores; es menor y la ley escocesa es clara.
No podía hacerlo de forma legal. No tuvo más remedio que confiar en ese hombre.
El último recuerdo nítido que conserva es la habitación insalubre del piso al que acudió para abortar huyendo de su padre.
La mujer que le facilitó el contacto le aseguró que aquel médico había ayudado a muchas chicas.
La creyó. Era su única opción. Ishbel fija la mirada en su padre.
Él continúa observándola con dureza. Es lo que más teme.
Más que no volver a caminar. Más incluso que morir.
Al verlo allí, sujetando el brazo de su mujer para impedirle que se acerque a su hija, comprende que no volverá a tener paz. Él la castigará. La «purificará».
—Papá…
—No quiero que digas nada —sentencia él, alzando la mano—. Ya hablaremos en casa.
—Papá… tú sabes que…
—He dicho que te calles. Tú ya no eres digna de llamarme así.
—¿Dónde está Tom?
El silencio del padre le duele más que cualquier castigo. Su hermano se ha quedado solo. Ya no podrá protegerlo. Hace mucho tiempo que debería haber reunido el valor para denunciarlo. Pero ¿quién la habría creído? Él es un hombre respetado. Intachable.
—Déjame que te lo explique, por favor...
Pero él ya está en otro lugar.
A ella le gustaría quedarse en esa habitación para siempre. Lejos de casa. Lejos de él. Sabe que cuando vuelva será reprendida otra vez. No sabe cómo. Solo espera que esta vez no sea su hermano quien pague.
Están solos. Nadie los creerá jamás. Nadie los ayudará.
Cierra los ojos, deseando estar muerta.