12
El viento sopla con fuerza y arrastra hojas secas contra la verja del instituto Gran Vía de Alicante. En plenas vacaciones de Navidad, el centro presenta un aspecto desierto, con las persianas a medio bajar y desprovisto del bullicio habitual de los adolescentes.
Alvar aparca justo enfrente, en una de las plazas dispuestas en batería —seguramente donde estaciona el personal docente—, y accede al interior tras pulsar el timbre e identificarse.
El conserje, un hombre que debe de estar rozando la jubilación y con un evidente sobrepeso, lo guía por el recinto con la expresión cansada y sin demasiado interés.
Después de subir unas escaleras y cruzar un par de pasillos con el sonido de sus pasos resonando en el silencio del edificio, finalmente llegan al despacho del director, con quien el inspector ya había concertado una cita.
Cuando abre la puerta, encuentra a un hombre menudo, de unos cincuenta años, con el pelo canoso y gafas con la montura al aire. Está sentado frente al ordenador y rodeado de pilas de documentos. Al ver al inspector, se levanta enseguida para estrecharle la mano.
—Buenos días. ¿Federico Ortuño? Soy Javier Alvar, de la Policía Nacional. Hemos hablado por teléfono.
—Le estaba esperando —admite, nervioso, mientras le señala la silla frente a su mesa—. Siéntese, por favor.
Ambos toman asiento. Alvar recorre el despacho con la mirada sin poder evitar compararlo con el de sus años escolares.
Ni rastro de símbolos religiosos o fotografías oficiales; solo varios cuadros abstractos de colores alegres y un estor de corte moderno que deja pasar la luz.
Una fragancia a vainilla y café recién hecho impregna el ambiente, en contraste con el olor a papel viejo y plastilina que él recuerda del centro donde estudió.
—Usted dirá en qué puedo ayudarle —dice el director, apoyando los codos sobre la mesa.
—Como le comenté antes, he venido para esclarecer las circunstancias del suicidio de Ferrán Sala. Supongo que está al tanto de la demanda interpuesta por su madre.
—Desde luego. Es una verdadera tragedia. Le ayudaré en todo lo que pueda, pero le adelanto que el instituto actuó como corresponde.
—Según la madre, el centro conocía los abusos desde hacía meses.
El docente desvía la mirada hacia la ventana.
—Así es, pero seguimos a rajatabla el procedimiento establecido por la Consellería. La madre habló con la tutora, se discutió en el claustro y activamos el protocolo de acoso escolar.
—¿En qué consiste exactamente?
—Lo primero es nombrar a un mediador, normalmente el orientador del centro. Esta persona se entrevista con la víctima y con los presuntos acosadores e intenta reconducir la situación.
—¿Y funcionó?
El director se frota la barbilla antes de responder.
—Eso creíamos.
—¿Qué ocurrió en este caso?
—El chico aseguró que lo había solucionado y no volvimos a registrar incidencias.
Los padres tampoco volvieron a contactar con nosotros.
De todos modos, Laura, la orientadora, se lo explicará mejor; fue ella quien se encargó del caso.
Como imaginará, ahora mismo está muy afectada, pero ha venido hoy para atenderlo. Si quiere, le acompaño.
El inspector asiente y lo sigue hasta el despacho de la orientadora, una planta más arriba.
La puerta está entreabierta. Dentro, una mujer revisa unos papeles inclinada sobre la mesa.
Es joven —no más de treinta y cinco años— y viste vaqueros y un jersey ancho azul marino.
Unas enormes gafas de pasta le otorgan un aire moderno e intelectual.
Está tan concentrada que ni siquiera los oye entrar.
—Laura, este es el inspector Alvar.
Ella alza la vista, esboza una sonrisa nerviosa y se levanta para estrecharle la mano.
—Buenos días. Soy Laura Calatayud. Federico me ha comentado que seguramente querría hablar conmigo…
—Si tiene un momento…
El director los anima a que lo llamen si necesitan algo más de él y los deja solos. Alvar toma asiento frente a ella. A espaldas de la chica, dos estanterías repletas de manuales de psicología, libros de texto y montones de papeles parecen a punto de ceder por el peso.
La joven tiene el semblante triste, con ojeras marcadas que delatan la falta de descanso de los últimos días. Durante unos instantes, el silencio entre los dos solo se ve interrumpido por el sonido amortiguado del tráfico.
—Viene por Ferrán —logra articular ella al fin. Se quita las gafas y se frota los ojos—. Disculpe, no estoy durmiendo demasiado bien. Como orientadora, estuve implicada en el caso y terminé cogiéndole cariño.
—¿Ya no lo estaba?
—Pues no —suspira—. Activamos el protocolo y seguimos las pautas. Sobre el papel hicimos todo lo que debíamos hacer. Pero en las últimas entrevistas me aseguró que ya no tenía problemas, que se encontraba bien. No sé… Lo vi tranquilo. Yo… no debería haberle creído.
La mujer se detiene. Ninguno de los dos dice nada durante unos segundos.
Alvar espera. No quiere presionarla.
—Hace un año, el jefe de estudios me notificó que se había activado el protocolo antiacoso.
Desde el primer encuentro, me di cuenta de que Ferrán era un chico muy sensible.
Quizá demasiado pendiente de lo que decían los demás.
Hasta ese momento sus notas habían sido excelentes y nunca se había metido en problemas.
—¿Y los agresores?
—Fueron tres chicos de su misma clase. Ya en la primera entrevista se mostraron bastante asustados. Me dio la impresión de que en casa habían tenido que apretarles bien las tuercas, porque parecían muy arrepentidos. Eso me tranquilizó; pensé que la situación podía reconducirse.
—¿Qué pasó entonces?
Laura se encoge de hombros.
—Todo pareció resolverse. Las notas de Ferrán mejoraron notablemente y se le veía integrado, animado incluso.
De todos modos, yo siempre recomiendo la psicoterapia.
A esa edad, hablar con alguien ajeno a todo esto puede ayudarles mucho.
Se lo sugerí a la madre y me consta que siguió mi consejo.
Pensé que todo iba bien —Baja la mirada y empieza a juguetear nerviosamente con las manos. —Aún no consigo entenderlo…
—¿Hay informes de esos encuentros?
—Claro. Están en su expediente. Hace un mes que lo archivamos. Ferrán insistió en que así fuera. Quería cerrar el tema. Nada me hizo sospechar que algo así pudiera suceder.
—He visto que hace tres meses hubo otro suicidio en este instituto.
La orientadora alza la vista.
—Sí, Vicente Sellés. Pero ahí no hubo acoso. Según supimos después, tenía problemas en casa.
—He comprobado que no consta ninguna denuncia —confirma el inspector—, pero entenderá que es normal que el foco esté puesto en este centro.
—¿Cree que hay relación? —se extraña ella.
—Por el momento no hay nada que me haga pensar eso —zanja Alvar, a pesar de que no termina de creérselo del todo—. ¿Qué puede decirme de ese chico?
Laura se cruza de brazos.
—Poca cosa. Mantenía un perfil bajo; sacaba buenas notas y nunca nos dio problemas.
—Bien —concluye él, guardando su libreta—. Necesitaré el expediente de ambos. También quiero hablar con los profesores y alumnos implicados.
La orientadora se levanta y regresa con un par de carpetas, que pone sobre la mesa.
—Aquí encontrará los nombres y datos personales de todos los implicados, además de los informes de las entrevistas. Si necesita algo más, no dude en llamarme.
—Perfecto. Le agradezco mucho su tiempo.
Alvar se pone en pie y le estrecha la mano. Ella lo acompaña hasta la puerta y lo ve perderse escaleras abajo.
Cuando se queda sola, cierra y se deja caer en su silla, agotada.
Recorre la habitación con la mirada hasta que sus ojos terminan posándose en una fotografía colgada junto a la puerta.
Un grupo de alumnos sonríe a cámara durante una actividad escolar.
Ferrán aparece al fondo, sonriendo tímidamente al objetivo.
La mujer contiene el llanto durante unos segundos. Aparta la mirada y se seca los ojos con la manga del jersey.