El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 9
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La Zona Alta de Alcoy sigue siendo una de las áreas más acomodadas de la ciudad.

Tradicionalmente vinculada a la burguesía industrial, sus edificios conservan fachadas de sillería y hierro, así como antiguos miradores de madera y cristal.

Aunque la zona más nueva se ha llenado de bloques residenciales modernos, edificios como la Casa del Pavo, el Círculo Industrial o la Casa Laporta son el reflejo del lujo de la élite de la época.

Alvar gira a la derecha siguiendo las indicaciones del GPS, que le anuncia la proximidad de la calle San Blas.

Aparca en una zona de carga y descarga y recorre a pie la calle adoquinada en busca de la dirección que lleva anotada en el móvil: la del domicilio de Miguel Bornay, el empresario hallado muerto dentro de uno de los tanques de tinte de su fábrica textil.

Aunque solo son las cinco y media, ya está anocheciendo y el aire se vuelve cada vez más frío y cortante, así que se sube la cremallera del plumífero y mete las manos en los bolsillos.

Al llegar a su destino, le sorprende ver un único timbre en la puerta.

Levanta la vista y comprende entonces que todo el edificio —una majestuosa finca señorial de principios del siglo XX— pertenece a la familia Bornay.

Tras identificarse, una mujer uniformada de unos cincuenta años y marcado acento latino le abre la puerta con una sonrisa y lo invita a pasar a un espacioso recibidor.

Lo primero que llama su atención al entrar es un cuidado patio acristalado que actúa como eje central de la vivienda y permite ver las cuatro plantas que la componen.

La empleada lo guía hasta el salón y le ofrece un café, que él acepta.

El dolor de cabeza no termina de remitir y, siguiendo el consejo de Aura, prefiere combatirlo con cafeína mientras espera a que los analgésicos que acaba de tomar en el coche surtan efecto.

La mujer le pide que espere a la señora y se ausenta unos instantes para regresar con una bandeja en la que reposan dos tazas, una pequeña cafetera, azúcar y algunos dulces.

El inspector echa un vistazo a su alrededor.

El salón, de techos altos y grandes ventanales por los que se cuelan los últimos rayos de luz de la tarde, es muy amplio y está decorado con gusto.

A él le recuerda al de la casa de sus padres en San Sebastián: muebles de madera robusta, densas cortinas, alfombras mullidas y cuadros en las paredes que otorgan al inmueble cierto aire noble.

En uno de los rincones destaca una especie de santuario dedicado a las fiestas de Moros y Cristianos.

Al menos eso deduce él por lo que ha oído comentar alguna vez a Aura.

Desde donde está sentado no se distingue con claridad, pero cree identificar varias fotografías de Miguel Bornay junto a su familia y algunos amigos.

Cinco minutos después aparece una mujer de unos sesenta años con el semblante serio.

Es alta, delgada y viste con una elegancia atemporal: pantalón beige, blusa blanca y un collar de perlas.

Su cabello rubio y corto, perfectamente teñido y peinado de forma sofisticada, delata una visita reciente a la peluquería.

Todo en ella transmite un nivel de vida inalcanzable para la mayoría de los mortales.

Alvar se levanta y le tiende la mano.

—Buenas tardes, señora Bornay. Soy el inspector Javier Alvar, de la Policía Nacional.

—Buenas tardes, inspector —saluda ella mientras le indica que vuelva a tomar asiento y ocupa el sillón frente a él—. Llámeme Consuelo, por favor. Tengo entendido que viene usted de Alicante, ¿no es cierto? Dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

—Antes de nada, quisiera expresarle mi más sentido pésame por la muerte de su marido.

—Gracias. —Esboza una sonrisa cargada de tristeza.

—Sé que ya ha hablado en varias ocasiones con la policía, pero supongo que está al tanto de que ha aparecido otro hombre asesinado. Ese es precisamente el motivo por el que me han asignado la investigación.

—Lo he escuchado en las noticias. Increíble, ¿verdad? Aquí nunca pasa nada y, de repente, dos asesinatos. Es terrible. Supongo, inspector, que si lo han enviado aquí es porque hay indicios de que se trata del mismo asesino.

—De momento no descartamos ninguna hipótesis —responde Alvar con cautela.

Consuelo asiente mientras llena su taza con una calma que al inspector le resulta extraña. Los años de experiencia le han enseñado que no todo el mundo afronta la pérdida del mismo modo, pero, aun así, no esperaba encontrarla tan entera.

—Discúlpeme si parezco ausente —aclara al percibir la extrañeza del joven—, pero el doctor me ha recetado medicación para los nervios. Al menos con estas pastillas puedo dormir algo…

Aunque en sus primeros años como policía le costaba no dedicar unos minutos a consolar a los familiares, decide ir directo al grano.

—¿Sabía de alguien que tuviese algún problema con su marido? ¿Alguien que quisiera hacerle daño?

—Usted no lo conocía —niega ella con tristeza—. Era un hombre muy querido. Miguel ha sido un buen padre, marido y amigo. Es imposible que tuviese enemigos.

Consuelo desvía la mirada hacia una de las fotografías enmarcadas sobre el aparador y rompe a llorar. Es una imagen del matrimonio en la que el empresario, vestido de forma elegante y luciendo una espesa barba, abraza a su esposa, que lo mira embelesada.

—¿Y sus amistades? ¿Alguna discusión reciente, quizá? —pregunta Alvar, reconduciendo la conversación.

—No —responde tajante, secándose las lágrimas.

—¿Cómo le iba en la empresa? ¿Tuvo problemas con algún empleado?

—No que yo sepa. Siempre pagaba puntualmente.

Es cierto que durante el covid tuvo que hacer un ERTE y hubo algunos despidos, pero hasta donde yo sé todos los trabajadores fueron indemnizados como correspondía.

De todos modos, nunca he estado muy al tanto de los negocios de mi marido.

Si quiere saber más, le sugiero que hable con Pere.

Es un amigo de la familia que siempre ha trabajado en la empresa y que se está encargando de todo desde que Miguel falleció.

El policía anota el nombre mientras ella, ya más serena, apura el café de su taza.

—¿Observó algún comportamiento extraño en su marido en los días previos a su muerte? —pregunta, retomando el hilo.

—¿A qué se refiere?

Alvar se esfuerza en responder con la mayor delicadeza posible. En sus años como inspector, no sería la primera vez que destapa información que el fallecido habría preferido mantener oculta.

—Me refiero a cambios en su rutina, salidas a horas inapropiadas, alteraciones en su estado de ánimo… Cualquier cosa que se saliera de lo habitual.

Consuelo duda.

—Nada extraño —dice al fin—. Al menos nada que yo quisiera ver.

O de lo que me diera cuenta. Es cierto que hace unos meses lo noté raro durante unos días.

Estaba algo esquivo, pero lo atribuí al cansancio.

Pensé que tendría que ver con el cierre del trimestre en la empresa.

Como le he dicho, solo fueron unos días.

De hecho, durante las fiestas se comportó con absoluta normalidad.

—¿Y sus hijos? ¿Notaron ellos algo?

—Eso tendría que preguntárselo a ellos, inspector. Los dos viven fuera, pero puedo facilitarle sus números de teléfono. —Hace una pausa, evitando mirar al inspector a los ojos—. Aunque imagino que ya los tendrán.

Alvar asiente. Le llama la atención que apenas haya mencionado a sus hijos durante toda la conversación.

—Una cosa más —añade antes de dar por concluida la conversación—. ¿Le importaría enseñarme el dormitorio de Miguel?

Consuelo tuerce el gesto, visiblemente incómoda.

—No entiendo por qué, la verdad —responde con brusquedad—. La Policía ya buscó allí y no encontró nada. No se imagina cómo lo dejaron todo.

—Lo sé y le pido disculpas. —Procura mostrarse lo más empático posible—. Pero, como le digo, acabo de hacerme cargo de la investigación y me gustaría echar un vistazo para poder sacar mis propias conclusiones.

Tras meditarlo unos instantes, la viuda acaba accediendo y lo acompaña hasta el dormitorio principal, en la primera planta. Después de rogarle que sea lo más cuidadoso posible, lo deja solo y desaparece escaleras abajo.

Es una estancia enorme, decorada con el mismo derroche que el salón, con muebles robustos y textiles de alta gama.

Alvar revisa los cajones de la mesita de noche, los de la cómoda, el armario y el cuarto de baño, pero no encuentra nada que le llame la atención.

Su mirada se detiene en el estante donde Bornay guardaba los utensilios de afeitado y entonces recuerda la fotografía que acaba de hacer llorar a Consuelo.

La barba. Algo no encaja. Guiado por un presentimiento, comienza a examinar los botes uno por uno hasta que ve algo extraño en el de la espuma de afeitar.

La tapa parece cerrada, pero no encaja del todo.

La fuerza y no se sorprende cuando halla, doblada en su interior, una cartulina roja del tamaño de un carné.

Otra vez números.

12, 103 y 105, grabados en negro. La confirmación de que el asesinato de Fernández Gandía y el de Bornay están relacionados.

Sale de la habitación y regresa al salón, donde la viuda lo espera sentada en el sofá.

—¿Tiene idea de qué significa esto? —le pregunta mostrando el hallazgo.

Ella lo observa con atención durante unos instantes.

—No, la verdad —responde encogiéndose de hombros—. ¿De dónde la ha sacado?

—Estaba oculta en un bote de espuma de afeitar.

La viuda lo mira con extrañeza.

—Me sorprende mucho. Miguel no se afeitaba desde hace años; cuando tenía que arreglarse la barba, lo hacía fuera de casa. Siempre. Ese bote no es suyo.

—¿Recuerda si su marido había iniciado nuevas amistades? ¿Alguien que le mencionara, aunque hubiese sido de pasada? ¿Aunque en su momento usted no le diera importancia?

Consuelo vuelve a negar con la cabeza. Él, consciente de que no va a sacarle mucho más, se pone en pie para despedirse.

—Muchas gracias por recibirme, señora Bornay.

—De nada, inspector. Espero que esta visita le haya servido de ayuda para que puedan atrapar al malnacido que le ha hecho esto a mi familia —añade con una mirada cargada de rabia contenida—. Carmen —se dirige a su empleada—, acompaña al inspector hasta la salida, por favor.

La mujer lo guía hasta la puerta con la misma sonrisa profesional de antes. Justo antes de cruzar el umbral, ella se le acerca con timidez y, tras asegurarse de que nadie los escucha, le susurra:

—Inspector… el señor Bornay no era quien la gente creía.

—¿A qué se refiere?

—Busque entre los trabajadores de la fábrica. Créame, allí hay gente que tiene motivos de sobra para odiarlo.