10
La agente Cristina Máiquez tamborilea con el bolígrafo sobre su bloc mientras escucha a Alvar resumir su visita al domicilio de Miguel Bornay.
Le está costando concentrarse. Su hijo pequeño ha pasado la noche con fiebre y ella apenas ha pegado ojo.
A juzgar por el aspecto de su superior, él tampoco parece haber descansado.
Aun así, mantiene el mismo tono firme y profesional de siempre.
Es una de las cosas que más admira de él: su capacidad de liderazgo.
Siempre ha pensado que podría llegar a ser comisario, si no fuera, claro está, por la facilidad con la que pierde los papeles cuando algo lo saca de quicio.
—Aunque no he sacado nada en claro de la conversación con la viuda —prosigue Alvar—, su asistenta sí hizo un comentario bastante interesante. Puede que Bornay no fuera tan buena persona como todos creían.
—Según el testimonio de varios trabajadores —interviene Manuel Fernández mientras hojea sus notas—, el empresario desoía constantemente las necesidades de la plantilla. He apuntado un par de nombres. Deberíamos volver a hablar con ellos. Hay cosas que no termino de ver claras.
—Eso mismo me dio a entender la empleada doméstica —añade Alvar—.
Y otra cosa… —Saca la cartulina hallada en el cuarto de baño del empresario y la deja sobre la mesa—.
Esto estaba escondido entre sus objetos de aseo.
Voy a enviarlo al laboratorio, pero quería que le echarais un vistazo antes. ¿A alguien le dice algo?
Los policías se pasan la bolsa de plástico de unos a otros con cara de desconcierto. Nadie dice una palabra. Incluso Gisbert evita levantar la vista de la mesa. «Esto acaba de complicarse», parece pensar todo el mundo.
Gisbert y Holloway intercambian una mirada cargada de inquietud.
El inspector decide tirar de otro hilo.
—Gisbert, ¿habéis revisado ya el listado de llamadas de Bornay?
—Sí. Y, como adelanté, no hay nada raro. Proveedores, familiares… Aunque…
Alvar alza la vista.
—¿Aunque qué?
El veterano duda un instante.
—Hay un número que se repite. Concretamente, cuatro llamadas la madrugada anterior al asesinato. Todas cortas, de menos de treinta segundos.
—¿Lo habéis identificado?
—Todavía no.
—¿Y eso no te parece sospechoso? —reprocha Alvar sin ocultar su impaciencia.
Gisbert ni se inmuta.
—Podría ser una centralita. O un número oculto.
—¿De madrugada? —apunta Cristina, alzando la vista por primera vez.
El veterano resopla.
—Yo qué sé. Ya os he dicho que no hemos podido identificarlo.
Alvar se frota la nuca mientras trata de disimular lo harto que empieza a estar de la actitud del alcoyano. Cristina, que conoce bien a su jefe, baja la vista y vuelve a centrarse en sus notas.
—Pues céntrate en eso, joder. Quiero saber quién hizo esas llamadas antes de mañana. Es lo único que tenemos ahora mismo. ¿Está claro?
Gisbert le sostiene la mirada unos segundos, pero no responde. La tensión entre ambos vuelve a hacerse palpable.
—En el registro de Gandía —interviene Arques antes de que los ánimos se calienten más de lo que ya están—, tampoco hemos encontrado gran cosa.
La mayoría de llamadas que realizó fueron al hermano, por trabajo y a restaurantes de comida rápida.
Ningún número extraño. Y en cuanto al ordenador… no nos consta que tuviera.
—¿Cómo que no tenía ordenador? ¿Y otros dispositivos?
—No apareció ninguno en el domicilio.
—¿Y el ordenador personal de Bornay? —insiste, dirigiéndose de nuevo a Gisbert.
—Seguimos esperando el informe pericial definitivo —responde el alcoyano—. Lo único que me han adelantado es que no parece haber nada raro. No hay archivos borrados ni correos sospechosos. Su historial de navegación está limpio y la geolocalización del dispositivo coincide.
Alvar se reclina despacio en la silla. Nadie tiene una huella digital así de aséptica. Es sospechoso.
—¿Qué hay de las cuentas bancarias de Gandía?
—Nada —Arques busca en sus compañeros una respuesta diferente—. Nóminas, facturas y compras habituales. Supermercados, gasolineras, algún restaurante… Si ocultaba algo, desde luego sabía cómo hacerlo.
Otro callejón sin salida. Otro más.
—¿Qué ha hecho estos últimos tres años?
Arques consulta sus notas.
—Como sabéis, era abogado. Después del juicio se marchó del país; por lo visto no soportó la presión mediática. Vendió lo que tenía y se fue a Argentina. Primero estuvo en Buenos Aires trabajando en mantenimiento de edificios y después se instaló en Rosario, donde volvió a ejercer en un bufete.
—Y a buscarse otra familia, ¿no? —Máiquez no puede evitar saltar.
—Cristina…
Arques pasa una página y continúa.
—He hablado con dos excompañeros y ambos coinciden en que Gandía era un tío normal, buen colega.
De hecho, están convencidos de su inocencia.
Parece que allí sí pudo rehacer más o menos su vida.
Eso sí, ni la familia política ni la suya propia querían saber nada de él.
El único contacto que mantenía era el de su hermano.
Cuando supo que estaba enfermo, decidió volver.
Imagino que no sería el único motivo, pero nadie ha sabido decirme mucho más.
—¿Su hermano está enfermo? —pregunta Alvar.
Martín Holloway, el más joven de los policías alcoyanos, interviene desde el fondo de la sala:
—Tuvo un linfoma el año pasado. Gandía regresó a España para actuar como donante y acabó quedándose aquí.
—¿Por qué en Alcoy?
—Eso no me queda claro, jefe —admite Arques—. Lo único que sé es que compró la vivienda donde residía hace poco más de un año. Lo he revisado y no hay nada turbio.
—¿Qué dicen los vecinos?
—Poca cosa —responde Holloway—. La mayoría son personas mayores que no querían ningún trato con él. Pero todos coinciden en una cosa: ni se enteraban de que vivía allí.
—Un ciudadano ejemplar —ironiza Alvar—. ¿Aquí también ejercía como abogado?
—No —Arques niega de nuevo—. Y eso sí es raro. Dejó un buen empleo en Argentina para trabajar aquí como fontanero.
—Ojo con los fontaneros, que cobran más que nosotros —suelta Gisbert.
Esta vez el comentario del veterano arranca varias carcajadas y un revuelo de comentarios entre sus compañeros. Un soplo de aire en medio de tanta tensión.
Alvar se deja caer en el respaldo de su silla, entrelazando las manos tras la cabeza. Piensa en lo último que ha dicho Arques. Tiene razón. No encaja.
—Cristina, ¿cómo vas con el mensaje dibujado en los dos escenarios?
Ella tarda unos segundos en responder.
—He consultado a varios expertos y ninguno reconoce esos círculos. No coinciden con ninguna simbología criminal conocida. Pero… los números podrían ser coordenadas o el código de alguna secta.
—¿Podrían? —Alvar la mira fijamente—. Necesito algo más que una suposición.
A Cristina le molesta el tono. Lleva tres años trabajando con él y nunca le había hablado así. Cierra el bloc con calma y deja el bolígrafo sobre la mesa.
—Pues por ahora es lo que hay.
El respiro que había traído el comentario de Gisbert se disipa de golpe. Alvar exhala un suspiro y dirige la mirada a la pizarra del fondo. Las fotografías de Gandía y Bornay. Los secretos que quizá ambos escondían. Y ese nexo que sigue sin aparecer.
—Bien —dice tras unos minutos en los que la calma vuelve a instalarse en la sala—. Mientras averiguamos quién habló con Bornay la noche antes de su asesinato —clava la mirada en Gisbert—, vamos a centrarnos en las víctimas. Aunque aún no sepamos qué, tenían que conocerse o compartir algo.
—O no —murmura Gisbert.
Alvar vuelve a mirarlo, desafiante.
—¿Hay algo que quieras compartir con los demás?
El alcoyano aguanta la mirada unos segundos antes de apartarla.
—Quizá estamos forzando las piezas para que encajen.
—Aun así —lo corta—, reconstruid sus últimos días. Quiero saberlo todo.
Gisbert se resigna. Alvar observa a su equipo. El cansancio es evidente. Consulta el reloj. «Demasiado tarde. Necesitamos un descanso», se dice.
—Vamos a dejarlo por hoy. Mañana a primera hora seguimos.
El ruido de las sillas relaja el ambiente.
Los agentes recogen sus cosas mientras intercambian comentarios sobre niños dormidos, duchas, series de televisión y carreteras heladas.
Alvar permanece sentado. Escucha a Gisbert y Holloway mientras se ponen los abrigos.
Hay una agradable camaradería entre ellos.
Tal vez se haya precipitado al juzgar al veterano.
—Inspector —dice Holloway antes de salir—, si necesita quedarse en Alcoy, puede usar mi piso.
—Te lo agradezco, pero prefiero volver a Alicante —responde Alvar—. He quedado con el comisario a primera hora.
—Pues dele recuerdos de parte de la gente de la montaña —bromea Gisbert con media sonrisa.
Antes de salir, se detiene.
—¿Sabe, Alvar? Antes, cuando no estaba terminado el tramo nuevo de la autovía y había que ir por la Carrasqueta, era infinitamente peor.
Ahí sí que te jugabas el pellejo. Y en invierno ni te cuento; la nieve nos dejaba incomunicados cada dos por tres.
Ahora despejan la carretera enseguida y se puede circular con seguridad.
Eso sí, inspector —añade antes de abandonar la sala—, cuidado con las placas de hielo a la salida de Alcoy.
Él asiente.
Los dos hombres cierran la puerta. Ya a solas, Alvar vuelve a fijarse en la pizarra. Se levanta y se aproxima a ella mientras se afloja la corbata.
Gandía.
Bornay.
Los símbolos.
Demasiadas incógnitas.
Regresa a la mesa y se deja caer en la silla, vencido. Pasa un rato más ordenando informes y revisando documentos. Cuando vuelve a consultar el reloj, pasan diez minutos de la medianoche.
No tienen nada.
Solo un mísero número de teléfono sin identificar.
Y un asesino que no tardará en volver a matar.