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—¿Tú estás segura? —pregunta Susana sin apartar la vista del precioso solitario que luce Aura—. Javier me parece un buen tío y te veo feliz, de verdad. Pero solo lleváis unos meses y, después de todo lo que has pasado, me da miedo que te estés precipitando.
Aura la conoce demasiado bien como para tomarse en serio su pesimismo.
Aunque su amiga siempre ha sido la más divertida y optimista del grupo, desde lo ocurrido meses atrás se ha vuelto especialmente protectora.
Con Alvar, incluso más. No la culpa. Visto desde fuera, la idea de casarse tan rápido puede parecer una locura.
Por eso, ahora mismo, sentada frente a sus dos mejores amigas en el salón del ático que comparte con Alvar, siente que la están sometiendo a un tercer grado.
—Nunca había sentido esto por alguien. —Se defiende.
—Ya, lo sé. Solo quiero que estés segura del paso que vas a dar. No entiendo a qué viene tanta prisa si total ya estáis viviendo juntos.
—Pues claro que está segura, joder, si es el tío perfecto —interviene Claudia—. ¿No será que tienes envidia?
—Vete a la mierda, Claudia —salta Susana, irritada—. Lo que no quiero es verla llorar después. Tú como te piras a Londres…
—Vale, chicas —corta Aura, cansada de que hablen como si no estuviera delante—. He sido yo quien lo ha decidido y os aseguro que lo he pensado bien. Estuve muchos años con Carlos y ya sabéis cómo acabamos. Si esto sale mal, ya me apañaré. Lo único que estáis haciendo es acojonarme.
Claudia intercambia una mirada con Susana y esta se apresura a suavizar el tono:
—Ya sabes que me alegro mucho.
—¿Podéis entender que estar con él es lo que más me apetece ahora mismo? No sé dónde me llevará esto, pero no quiero arrepentirme de no haber hecho algo por miedo. Nunca sabes cuánto tiempo te queda…
—¡Hala…!
Quizá por eso había tardado tanto en contarlo. En el fondo esperaba esta reacción de su amiga.
—Tienes razón —admite Susana, ya más comprensiva—. Siento haber estado tan negativa… Me alegro mucho por ti. —Deja el vaso sobre la mesa—. Y ahora, dejémonos de dramas y salgamos a celebrarlo.
Son poco más de las siete cuando las tres amigas ponen los pies en el pequeño pub irlandés que tanto solían frecuentar durante sus años universitarios.
—¡Joder, cómo echaba de menos este sitio! —exclama Claudia, acomodándose en una de las mesas del fondo.
Desde que se fue a vivir al Reino Unido con su novio, Claudia solo viaja a España en contadas ocasiones. Aura la echa de menos, pero sabe que no va a volver. Le va francamente bien en la agencia de publicidad en la que trabaja.
Susana se acerca a la barra. Cuando regresa con las bebidas, Aura está hablando de su última guardia, con la mirada perdida en algún punto del local.
—Seguro que hiciste todo lo que pudiste por ese chico —Claudia intenta reconfortarla—.
Susana prefiere cambiar de tema para animar el ambiente.
—¿Has pensado ya qué vas a hacer con tu piso?
—No es mi piso. Nunca lo ha sido del todo.
La pregunta de su amiga le sienta como una patada. La casa donde vivía nunca ha sido suya del todo. Primero fue de su abuela, después de su madre, y ahora la comparte con su hermana Isabel. A veces siente que, pese a haber cumplido ya los treinta, aún no ha construido nada propio.
—Ya sabes a qué me refiero.
Aura juguetea distraída con la etiqueta de su cerveza.
—Sí, te refieres a si he decidido dejarlo todo por irme con Javier. A dejar de ser quien era. ¿Es eso lo que preguntas? Llevas toda la tarde así.
—No me jodas… —zanja Susana.
Claudia le lanza a Aura una mirada de advertencia.
—Bueno… aún no lo sé —rectifica Aura—. Tendría que hablar con Isabel. Últimamente la noto rarísima. Creo que se siente sola. Marcos pasa cada vez más tiempo fuera por trabajo.
—¿No están bien? —se interesa Claudia.
Aura tarda unos segundos en responder.
—No lo sé. No me cuenta nada.
—Quizá esté agobiada por algo.
—Pues ya me dirás por qué —replica Susana—. Porque ayuda con los niños y la casa no le falta.
—Hoy tienes para todas… —resopla Aura.
Susana sonríe.
—Está bien. Ya vale de penas. Voy a por otra ronda, que estamos de celebración. Y el miércoles que viene cenamos en mi casa. Estoy encantada de que volvamos a ser tres. —Se pone en pie y levanta el vaso vacío con una sonrisa.
Pasan el resto de la tarde de ronda en ronda hasta que las tres terminan en el piso de Susana tiradas en el sofá escuchando música y recordando entre risas anécdotas de la universidad.
Y así, poco a poco, la noche acaba convirtiéndose, por fin, en una mucho más parecida a las que solían compartir en el pasado. Durante esas horas, Aura logra quitarse de la cabeza el hospital, las guardias y la imagen del chico que murió en sus manos.
Pero, incluso entonces, sabe que algunos fantasmas nunca se marchan del todo.