El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 7
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Portree, Isla de Skye, Escocia

Ishbel se acomoda en la camilla, junta las piernas e intenta relajarse.

El hombre le ha ordenado permanecer en esa posición al menos media hora antes de levantarse.

En realidad, no sabe si es un médico de verdad; solo es un contacto de un contacto que le prometió ayudarla a acabar con su problema sin hacer preguntas.

Hace unos días la contactó y le dio instrucciones sobre cómo encontrarlo, cuánto le costaría todo y a quién debía entregar el dinero.

No le dio ningún nombre. Solo una dirección.

A ella, doscientas libras le parecieron un precio razonable si con ello lograba solucionar aquello sin que su padre se enterase.

Además, siempre ha sido una chica muy aplicada y tiene ahorrado todo lo que ha ganado con las clases particulares que imparte a varios niños algunas tardes a la semana. Pudo entregar el dinero sin problema.

El trayecto desde Kyleakin hasta la capital de la isla, Portree, solo le ha costado seis libras y una hora de viaje.

En invierno, ese autobús cuenta únicamente con cuatro trayectos al día, así que tomó el primero y espera poder llegar a tiempo para coger el último.

Si no lo consigue, estará perdida; todo habrá sido en vano y tanto ella como su hermano sufrirán las consecuencias.

Ha vuelto a mentir. No es nada nuevo; lleva haciéndolo desde hace varias semanas.

Su madre —gracias a lo discreta que Ishbel ha sido siempre— no parece haberse percatado del retraso en el periodo de su hija.

Últimamente está más perdida que nunca y prácticamente no se ocupa ni de ella ni de su hermano.

Como siempre, es Tom quien más le preocupa.

Aunque con diez años es demasiado pequeño para comprender la envergadura del horror, ya es lo bastante mayor como para sufrir por los abusos.

Ishbel es consciente de que su hermano ha comenzado a sangrar en el baño.

Ha tenido que limpiar restos de sangre en la tapa del inodoro y en el suelo.

Intentó hablar con él, hacerlo verbalizar lo que está sucediendo, para que pudiera expulsarlo de alguna forma.

Pero él siempre permanece en silencio, como si lo que no se dice no hubiera ocurrido jamás.

Tom lleva varios días sin dormir. Por las noches, cuando sus padres están durmiendo, se mete en la cama de su hermana, buscando protección. Ella finge estar dormida cuando lo escucha sollozar en silencio. Ya no sabe cómo consolarlo.

Ni el intenso frío ha evitado que Ishbel se levantara muy temprano esta mañana.

Ha dejado a sus padres y a su hermano desayunando, completamente ajenos a sus planes.

Con la determinación que solo puede dar la desesperación, ha metido en la mochila las cuatro cosas que ha considerado necesarias y ha salido de casa apresuradamente con la excusa de llegar antes al instituto para repasar un examen.

Tampoco regresará a la hora de comer ni cuando acaben las clases.

Ha conseguido tener la tarde libre alegando que después iría a ayudar con los deberes a un par de alumnos que viven en granjas en el entorno entre Kyleakin y Broadford, a unos treinta minutos a pie del instituto donde estudia.

Ha tenido mucha suerte: esta vez su padre no ha preguntado.

Ahora, tumbada en la fría y oxidada camilla, se replantea si ha hecho bien, si no se habrá precipitado y habrá puesto en riesgo su vida al confiar en ese desconocido.

Mueve las piernas, ya entumecidas, y un dolor súbito la atraviesa.

Antes de marcharse, el «doctor» le ha dicho que no se preocupe, que esas molestias no son más que el fruto de las contracciones provocadas por la cánula que introdujo en el cuello del útero para ayudarla a abortar.

Insistió en que ese dolor —que además podría ser más fuerte al estar embarazada de más semanas de las que le dijo en un principio— significaría la expulsión del embrión.

«Dieciséis semanas es demasiado», le advirtió negando con la cabeza, y ella le pidió —le suplicó— que siguiera adelante. No tenía alternativa.

Pero el dolor se ha vuelto más intenso. Le arde y escuece a partes iguales.

Al principio era tolerable. Ahora es insoportable.

Ya debe haber pasado más de una hora desde que él se marchó, dejándola sola en esa habitación que ella sabe que no forma parte de ninguna clínica.

Lo sospecha por la suciedad y por los muebles, más propios de una vivienda que de un centro médico.

Ishbel empieza a sentirse muy débil. Demasiado.

Aun así, trata de incorporarse en la camilla.

Al hacerlo, todo empieza a dar vueltas a su alrededor.

Se lleva instintivamente las manos al vientre, en un intento por aliviar el dolor punzante, y nota que está mojada.

Comprende entonces que está completamente empapada de sangre y empieza a sentir verdadero terror.

Tiene que salir de allí y pedir ayuda de manera urgente.

Puede que, quizá, aún tenga una oportunidad.

Consigue incorporarse con mucha dificultad para ver cuánto ha sangrado. El corazón le da un vuelco cuando ve que la sábana está roja por completo. La sangre gotea por la camilla y ha formado un gran charco en el suelo.

Ishbel trata de gritar para pedir ayuda, pero no tiene fuerzas.

Ya no consigue ver con nitidez; todo se vuelve borroso.

Un agradable sopor comienza a adueñarse de ella y siente unas ganas tremendas de sucumbir al sueño profundo.

Quiere mantenerse consciente, pero ni el intenso dolor consigue mantenerla despierta.

Poco a poco deja de luchar. Cierra los ojos y se entrega a una placentera oscuridad, una negrura que ha logrado ahuyentar el dolor y transportarla a otro mundo.

Un mundo en el que los padres y las madres cuidan de sus hijos y llenan su infancia de amor.

Un mundo en el que ningún padre abusa de sus hijos.

El mundo en el que ella y su hermano deberían haber vivido.