El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 6
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Kyleakin, isla de Skye, Escocia

Ishbel siente un intenso calambre en el vientre.

Se lleva las manos al abdomen, confusa. Hace un par de semanas empezó a encontrarse mal.

Se sentía débil y mareada, hasta el punto de que a veces tenía que abandonar el aula con cualquier excusa.

Poco después aparecieron las náuseas. No tiene hambre casi nunca y, cuando consigue comer algo, acaba vomitándolo.

No es ingenua. Hace dos meses que no le viene la regla y conoce demasiado bien lo que eso significa. La primera vez que sangró, su madre le explicó que tendría que hacerlo cada mes. Sin excepción.

Lo sabe.

Y aun así se niega a aceptarlo.

No se lo ha dicho a nadie, por supuesto; mucho menos a sus amigas.

Teme lo que podrían pensar de ella. Solo tiene catorce años y la mayoría de ellas ni siquiera se han acostado con un chico todavía.

Lo que sí puede imaginar es lo que le hará su padre cuando se entere.

Él nunca admitirá que ese niño que crece en su vientre es fruto de meses —años— de violaciones.

Todo lo contrario: la tachará de «impura» y la castigará aún más severamente.

Tomará el libro de nuevo —ese que la obliga a leer una y otra vez y que ella tanto aborrece— y, tras recitarle unos versos, la forzará de nuevo, golpeándola si se atreve a oponer resistencia.

No quiere acudir a ningún médico para que le confirme lo que ya sabe de sobra. Darían parte a sus padres; aún es menor de edad. En lugar de eso, ha optado por ir a una farmacia —una a la que su familia no suele ir— y comprar un test de embarazo.

Ahora, encerrada en el baño y aprovechando que no hay nadie en casa, abre con cuidado la caja y extrae el envase de plástico que contiene el dispositivo.

Tras leer las instrucciones, se inclina sobre el inodoro con el test en la mano derecha y empieza a orinar.

Cuando termina, lo coloca sobre el lavabo y espera.

La primera raya, la que indica que la prueba funciona correctamente, aparece enseguida.

Ni rastro de la otra. Por un instante, respira aliviada.

Tal vez esté confundida. Quizá solo se trate de un retraso y el motivo de su rechazo a la comida no sea más que una consecuencia de la ansiedad.

Se equivoca.

Unos segundos después, aparece la fatídica segunda línea: la que la condena.

La prueba de que, para su padre, ella ya no es «pura» y debe ser castigada.

De repente, siente un deseo irrefrenable de llamar a su madre, de llorar en su hombro, de pedirle auxilio.

Pero solo sería un error, un gravísimo error.

Ella se lo acabaría contando a su padre.

Desgraciadamente, hace tiempo que Ishbel sabe que no puede contar con ella.

La única persona en la que puede confiar es su hermano.

Y precisamente por eso no puede acudir a él.

Sí, ella se sentiría mejor, pero lo sumiría en una gran preocupación, más de la que tiene habitualmente.

Desde hace unos meses, los castigos y el interés por la «purificación» del alma de su hermano se han vuelto más intensos. A veces piensa que él no lo resistirá.

Recoge todas las pruebas que podrían incriminarla y sale del cuarto de baño. Ya en su habitación, intenta pensar en algo que pueda ayudarla a terminar con eso que está creciendo en su interior, antes de que sea imposible ocultarlo.

Sabe que es la única forma de proteger a su hermano.

Sabe que es su única salida.