El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 5
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Javier Alvar estaciona frente al Instituto de Medicina Legal de Alicante, en la vía de los Cipreses.

Es allí, en el Servicio de Patología Forense, donde trabaja la doctora Sara Colmenar.

Aunque supone que ella aún no habrá terminado la autopsia, ha decidido pasarse a verla y comprobar si puede adelantarle algo sobre el examen de Alberto Fernández Gandía.

Cruza el recinto bajo un cielo que amenaza tormenta y entra en el edificio.

Cuando llega al despacho de Sara, un estrecho habitáculo junto a la sala de autopsias donde suele redactar sus informes, la encuentra absorta frente al ordenador, con un café entre las manos.

Al oír los golpes en la puerta, levanta la vista.

Lleva el pelo recogido en un moño deshecho y unas ojeras marcadas delatan las horas de trabajo nocturno.

—Buenos días, inspector —alcanza a decir antes de que se le escape un bostezo—. Pasa. No te esperaba tan pronto.

—¿Te has pasado toda la noche aquí?

La forense asiente. Abre un cajón, saca una carpeta y la pone sobre la mesa.

—El informe de la autopsia. Acabo de terminar de redactarlo. Sabía que te pasarías.

Alvar echa un vistazo al contenido.

—Como verás —admite, señalando el informe—, me equivoqué con la causa de la muerte. No ocurrió por el traumatismo craneoencefálico. Las lesiones craneofaciales fueron provocadas por un objeto romo de gran peso, pero no fueron la causa inmediata.

—Entonces, ¿de qué murió?

—De una embolia pulmonar masiva por material sintético particulado.

El inspector levanta la vista de los papeles.

—Una embolia pulmonar es la obstrucción de las arterias de los pulmones —se apresura a aclarar ella, consciente de repente de que no todo el mundo ha estudiado Medicina—.

Lo habitual es que la cause un coágulo. Pero aquí fue distinto: le inyectaron una mezcla de pintura y agua por vía intravenosa.

Las micropartículas alcanzaron la circulación pulmonar y actuaron como émbolos.

—Espera… ¿Me estás diciendo que le inyectaron pintura en la sangre?

—Eso parece —corrobora Sara—. Y es la misma composición química que encontramos en el agua de la bañera. La correspondencia es exacta. Además, el símbolo de los azulejos se trazó con los propios dedos de la víctima.

Alvar tarda unos segundos en procesar la información.

—Estamos jodidos. No solo lo ha matado… Ha construido una puesta en escena.

—Y hay más —añade ella, bajando la voz—. Todo apunta a que estaba vivo cuando empezaron las agresiones. Había reacción inflamatoria en los tejidos.

La forense desliza varias fotografías de la autopsia sobre la mesa.

—Respecto a la hora de la muerte, mantengo mi primera estimación. La rigidez cadavérica y las livideces la sitúan entre veinticuatro y treinta y seis horas antes del hallazgo.

Alvar se inclina sobre las imágenes. Todas muestran con una nitidez escabrosa la violencia de las lesiones.

—De acuerdo. Estaba vivo… pero ¿consciente?

—No estaba sedado, si te refieres a eso.

El examen toxicológico no detectó alcohol ni drogas ni ningún fármaco.

Lo único llamativo fue la presencia de compuestos compatibles con resinas acrílicas y pigmentos industriales en las muestras obtenidas durante la autopsia.

Ahora bien, con la intensidad del traumatismo, no puedo asegurar cuánto tiempo estuvo consciente.

—Entonces tuvo que defenderse.

Ella niega despacio.

—No hay lesiones defensivas ni restos bajo las uñas, salvo pintura. Es posible que los primeros golpes lo dejaran demasiado debilitado.

—¿Dónde le inyectaron la pintura?

La forense señala un par de imágenes donde aparecen puntos de punción en el brazo de la víctima.

—¿Alguien con conocimientos médicos?

—Podría ser, pero no necesariamente —matiza ella—.

No fue una punción limpia; hubo varios intentos.

—Hace una breve pausa antes de continuar.

— Y aunque la administración fue rápida, puedo asegurarte que la muerte fue extremadamente dolorosa.

Este tipo de embolias provocan una sensación de asfixia brutal.

La muerte no es inmediata. Quien lo hizo quiso que sufriera.

Y no me refiero solo al final: el cuerpo presenta múltiples heridas con instrumentos afilados.

—¿Qué hay de la cartulina que encontramos?

La doctora se encoge de hombros.

—Papel corriente. Del que se usa para manualidades escolares. Los números se escribieron con un rotulador permanente negro, también de una marca demasiado común como para rastrearlo.

—¿Algo más?

—Sí —confiesa, ahora más seria—. El cadáver tiene ampollas sin reacción inflamatoria. Eso indica que fue introducido en agua a muy alta temperatura después de morir. Probablemente hirviendo.

Alvar cierra los ojos un instante. No es un crimen improvisado. Hay un ritual. Un mensaje. Aún no puede interpretarlo.

—Sara, necesito otro favor. Me gustaría que revisaras otro informe. Está firmado por Pedro Salazar.

—Lo conozco. Fue profesor mío. No creo que se le escapara nada.

—Aun así, échale un vistazo.

Ella duda unos instantes, pero termina asintiendo.

—Hazme llegar una copia y te llamaré.