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El frío se ha intensificado y llueve de forma torrencial cuando Alvar cruza las puertas de la Comisaría de la Policía Nacional de Alcoy acompañado por el inspector Gisbert.
A pesar de que es más de medianoche, hay mucho movimiento en el interior del edificio.
Miembros de la Científica, agentes de guardia y policías uniformados van de un lado a otro con documentos en las manos mientras atienden llamadas telefónicas.
El veterano lo conduce hacia la zona interior, la destinada al trabajo operativo, al tiempo que le adelanta algunos datos sobre la investigación.
—Miguel Bornay Pastor, sesenta y dos años. Era el dueño de una empresa textil de aquí. Lo encontraron sumergido dentro de uno de los tanques de tinte de la fábrica. Pero eso no es todo. Ya verás el informe de la autopsia…
Tras cruzar un par de pasillos y subir al primer piso, Alvar y Gisbert entran en una sala amplia equipada con mesas de trabajo y una gran pizarra.
En un rincón, bajo un corcho cubierto de notas, recortes de prensa y fotografías del personal en actitud festiva, hay un pequeño office con cafetera, hervidor de agua, tostadora y microondas.
El inspector alcoyano cuelga el abrigo y se dirige a su mesa.
Abre un cajón y entrega una carpeta marrón al nuevo jefe de operaciones.
—El expediente —anuncia sin poder reprimir un bostezo—. ¿Café?
Alvar asiente mientras se acomoda en la mesa central. Su compañero prepara dos tazas y se sienta frente a él. El aroma a café recién hecho inunda pronto la sala.
—Pregunta lo que quieras —se ofrece Gisbert tras dar un sorbo.
No responde. Va directo a las fotografías de la escena.
En una aparece el exterior del depósito de tinte, con una escalera apoyada en el lateral.
En el margen figuran las dimensiones: tres metros de altura por dos de diámetro.
Sobre el tanque, una polea fijada a una viga sostiene un cable que desciende hacia el interior.
Otra instantánea muestra el depósito desde arriba: un cilindro lleno de un líquido viscoso, rojo intenso, del que apenas sobresale la cabeza de la víctima. El cable le rodea el cuello.
La tercera imagen revela el mensaje pintado en el suelo, a los pies del tanque.
Igual que el hallado esta noche en el baño, consiste en nueve círculos dispuestos en forma de pirámide invertida, con los números tres, siete y nueve en su interior.
También aquí el rojo domina la escena, aunque en este caso el líquido no era solo sangre, sino una mezcla industrial.
—Ni una huella útil. Ni un solo testigo —resume el alcoyano, incapaz de soportar más el silencio.
—¿Quién lo encontró?
—Los primeros trabajadores que llegaron a la fábrica después del fin de semana. La última vez que lo vieron con vida fue precisamente allí, el sábado a mediodía.
—¿Tenía familia?
—Sí. Mujer y dos hijos. Los chicos viven fuera y ella había ido a visitarlos. En el expediente están sus declaraciones.
—¿Y los trabajadores?
—Ya los interrogamos a todos. Sus coartadas eran sólidas, así que los descartamos enseguida.
Alvar levanta la vista del dosier.
—¿Tan rápido?
—No encontramos nada sospechoso —replica Gisbert.
—¿Tenía enemigos? ¿Deudas?
El inspector se encoge de hombros.
—No que sepamos.
Continúa hojeando el expediente hasta detenerse en el informe de la autopsia.
Causa de la muerte: asfixia mecánica por estrangulamiento con cable industrial .
El depósito contenía una mezcla de tinte y sangre.
Las fotografías tomadas durante la autopsia muestran el cadáver desde múltiples ángulos.
Le faltan todos los dedos de las manos. Fueron seccionados con un instrumento dentado.
Además, presenta múltiples cortes y magulladuras en el torso y las extremidades.
Todas las lesiones presentaban signos de vitalidad: fueron infligidas antes de la muerte, lo que incrementó el sufrimiento de la víctima.
El análisis toxicológico resultó negativo.
—Demasiadas molestias para tratarse de un simple ajuste de cuentas, ¿no te parece? —comenta el veterano sin apartar la vista del móvil.
—¿Y cómo va la investigación? ¿Habéis encontrado algo?
—Estamos revisando las grabaciones de las cámaras de la zona —explica—. También hemos solicitado el registro de llamadas y el análisis de las cuentas bancarias. Pero, por ahora, no tenemos nada.
Alvar apura el café y se fija de nuevo en la fotografía del símbolo en el suelo.
—¿Por qué no pedisteis ayuda?
—¿Crees que no sabemos llevar un homicidio? —escupe Gisbert.
Alvar decide ignorar el comentario.
—¿Habéis encontrado algún símbolo más?
—Solo lo que ves ahí —responde el veterano con desgana—. Registramos su domicilio y el despacho. No encontramos nada. Y la familia no tiene ni idea de qué significan los círculos o los números.
—¿Y el testigo de esta noche? El hermano de Gandía. ¿Sigue aquí?
Un hombre joven irrumpe en la sala con la confianza de quien pisa terreno conocido.
Alvar deduce enseguida que se trata del otro inspector del departamento.
Llaman la atención sus ojos azules, casi transparentes, y el rubio dorado del cabello, recogido en una coleta.
Va vestido con chándal y zapatillas. Por su rango, debe rondar los treinta, pero su atuendo y el rostro imberbe le confieren un aspecto de adolescente.
—¿Qué pasa? ¿No pensabas llamarme? —pregunta mientras le da unas palmadas en la espalda al alcoyano.
—Los bebés a estas horas tienen que estar durmiendo —bromea su compañero—. ¿Qué tal por aquí?
—Tranquilo, de momento. Estaba abajo, tomando declaración al hermano de la víctima. Javier Alvar, supongo —añade, dirigiéndose a él—. Soy Martín Holloway, el otro inspector. He oído que ha venido a ayudarnos con la investigación.
El veterano intercambia una mirada rápida con Alvar.
—En principio estoy aquí para coordinar el caso —matiza con cautela—. Aunque espero que podamos trabajar juntos.
—Nos vendrá bien, porque se va a liar una buena. Ahora mismo tenemos a la prensa encima. Y siendo el muerto quien es…
—¿Qué te ha contado? ¿Ha dicho algo interesante? —pregunta Gisbert.
—Poca cosa. Estaba bastante alterado. Era el único de la familia que aún hablaba con la víctima. Al parecer llevaba un par de días intentando localizarlo, por eso fue al piso. No he detectado nada sospechoso en su declaración, pero lo he dejado abajo, por si queréis volver a interrogarlo.
—¿Tiene coartada? —interviene Alvar.
—Bastante sólida. Para empezar, no estaba en Alcoy. Lo hemos comprobado y no nos ha mentido. Además, asegura que no estuvo solo en ningún momento; su familia y varios compañeros de trabajo pueden corroborarlo.
—Por ahora puede marcharse, pero que esté localizable.
Es probable que tengamos que volver a hablar con él dentro de unas horas.
También habrá que tomar declaración a los vecinos y revisar las cámaras de tráfico.
Quiero comprobar si hay algún vehículo que no encaje en la zona.
El asesino entró y salió del edificio; alguien tuvo que ver u oír algo.
Holloway asiente y toma nota.
Alvar consulta el reloj. Casi las dos de la madrugada.
—De acuerdo. —Se pone en pie—. Me marcho. Mañana estaré fuera, pero seguiré pendiente del teléfono. Llamadme si hay novedades.
Cruza las puertas de la comisaría y sale a la calle desierta, donde lo recibe de nuevo el frío del invierno alcoyano. La lluvia, tan violenta un par de horas antes, ha perdido fuerza y apenas chispea.
Nada más entrar en el coche, arranca el motor y pone la calefacción al máximo, agradeciendo el calor que empieza a emanar del salpicadero. Mientras conduce despacio por las calles vacías, se relaja por primera vez en todo el día, imaginando a la ciudad dormida al abrigo de sus casas.
Se detiene en un par de semáforos y se fija en una figura que ya ha visto colgada de algunos balcones y ventanas, y que le llama la atención.
Es un muñeco negro vestido con un traje rojo de estilo oriental y un turbante a juego, que carga una escalera al hombro.
Intrigado, se promete investigar su significado cuando llegue a casa.
Tras cruzar el puente de Fernando Reig, toma la autovía en dirección a Alicante. El último café no ha logrado despejarlo del todo, así que llama a su jefe para ponerlo al corriente y, de paso, mantenerse despierto.
—¿Cómo ha ido? —pregunta el comisario con voz adormilada nada más descolgar.
—Tengo la impresión de que esto va para largo.
—¿Tan jodido lo ves?
—La víctima es Alberto Fernández Gandía.
—¿El del caso Ampuero? ¡No me jodas!
—Sí. Y hay demasiadas coincidencias con el otro crimen como para ignorarlas.
—¿Y en comisaría? ¿Cómo los has visto?
—Bastante perdidos. No saben ni por dónde empezar —Suelta un bufido—. Me temo que tendremos que montar allí el operativo. Aunque no parecen muy por la labor.
—Ya te dije que Gisbert es un verdadero gilipollas. No creo que te lo ponga fácil. No le gusta que le coman el terreno. Y conociéndote…
—Pues que no se atreva a joderme.
—Hostia, Alvar. Me gustaría que te comportaras por una vez. No quiero que vayan diciendo que los de la Superior somos unos chulos. Así que ya sabes: nada de hacerte el gallito.
—Trataré de controlarme.
—Eso espero, porque desde aquí no lo tendré tan fácil para salvarte el culo como otras veces. Además, no quiero problemas con los alcoyanos.
—Tengo intención de movilizar a todo mi equipo.
—No muevas a nadie todavía —resopla el comisario—. Mañana decidimos cómo lo hacemos.
Alvar conduce el resto del trayecto concentrado en la simbología descubierta en los escenarios del crimen. Intenta encontrar sentido a los círculos y a los números, consciente de que descifrar su significado puede ser la clave del caso.
Las imágenes de las víctimas desfilan una y otra vez por su mente.
Fernández Gandía dentro de la bañera, con la cabeza destrozada y el mensaje pintado en los azulejos; el cadáver del empresario, suspendido sobre el depósito de tinte; las inquietantes similitudes entre ambos crímenes.
Sabe que pasará lo que queda de noche en vela.
Será la primera de muchas. Le esperan jornadas interminables en la comisaría, horas de calle, presión constante.
Entonces vuelve a repetirse que todo eso es, precisamente, lo que le apasiona.
La tensión. El insomnio. La obsesión por adelantarse al asesino.
Por eso decidió hacerse policía. Y aunque hace tiempo que ha empezado a perder la fe en el ser humano y en una justicia contaminada por el poder político, sigue sintiéndose como un yonqui enganchado a la adrenalina de perseguir a uno de esos cabrones y encerrarlo.
Recorre los últimos kilómetros hasta su casa jurándose, una vez más, que hará todo lo que esté en su mano para detener al culpable.