El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 3
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La lluvia golpea la luna del coche con tanta violencia que los limpiaparabrisas apenas dan abasto.

Javier Alvar detiene el vehículo frente al cordón policial que ya rodea el edificio, en el barrio alcoyano de Santa Rosa.

Baja del coche y se ajusta la cremallera del anorak, encogiéndose dentro de él para protegerse de la tormenta.

Es una noche gélida, de esas en las que el frío húmedo se cuela bajo la ropa y cala hasta los huesos.

Aun así, algunos vecinos permanecen junto al perímetro, arrastrados por la curiosidad de saber qué ha ocurrido en un barrio donde nunca pasa nada.

Un agente se acerca para ofrecerle un paraguas.

—Buenas noches, inspector.

—¿Qué tenemos? —pregunta mientras pasa por debajo del precinto policial.

—El aviso lo dio un familiar —explica el agente, guiándolo hasta la entrada—. Llevaba un par de días sin poder contactar con la víctima. Al final, vino a comprobar que todo estuviera bien… y se encontró con esto. Lo hemos trasladado a comisaría. Estaba bastante alterado.

Por su expresión, es evidente que es la primera vez que el joven pisa la escena de un crimen, así que prefiere no presionarlo. «Hay gente que simplemente no ha nacido para esto ».

Tras dar unas cuantas indicaciones, lo despide y sube a pie hasta el rellano del primer piso, ocupado solo por dos viviendas.

Una de las puertas permanece abierta para dejar paso a los miembros de la Científica, que, enfundados en monos blancos, gorro y mascarilla, fotografían la escena y recogen pruebas que introducen meticulosamente en bolsas de plástico.

Un hombre vestido de paisano fuma sentado en las escaleras. Al ver al inspector, se levanta.

—Javier Alvar, supongo —saluda, tendiéndole la mano—. Álvaro Gisbert. Inspector a cargo.

—Hasta ahora —puntualiza el recién llegado—. Imagino que ya le habrán informado de que, a partir de este momento, estaré al frente de la investigación. En cualquier caso, dadas las circunstancias, lo mejor será que trabajemos de forma coordinada.

El comentario ha ofendido al policía. Sin decir palabra, arroja el cigarro y lo aplasta con el pie. Lo entiende. Tampoco sería fácil para él tener que acatar órdenes de alguien más joven y, para colmo, ver cómo otro departamento se apropia del caso.

El veterano le indica con un gesto que lo siga al interior.

Es un hombre alto, de complexión atlética y facciones duras.

Por el cabello salpicado de canas debería rondar los cincuenta, pero su forma de vestir —vaqueros, zapatillas y una sudadera de un conocido grupo de rock— le resta unos cuantos años.

Un hedor a tabaco rancio y humedad acumulada golpea a Alvar nada más cruzar el umbral. Recorre el pasillo bajo la mirada de varios cuadros de un gusto atroz, colgados de paredes que se caen a pedazos.

—Menudo antro —murmura al ver el salón.

La estancia es minúscula. Con el despliegue policial, prácticamente no queda espacio para moverse.

Solo hay un mueble con un televisor viejo, un sofá hundido y mugriento que parece rescatado de un contenedor y un aparador cubierto de restos de comida para llevar y latas de cerveza.

Todo rezuma abandono y falta de higiene.

—Ya ves que al tío le gustaba tenerlo todo limpito —ironiza Gisbert.

Alvar no responde, pero reconoce que hace tiempo que no ve tanta suciedad. Se asoma a la cocina y confirma que no está en mejores condiciones. A los restos de comida se suman los platos sucios apilados en el fregadero y sobre la encimera.

Un estrecho pasillo conduce al único dormitorio y al cuarto de baño. El veterano se detiene frente a la puerta del aseo.

—Está ahí dentro. El forense aún no ha llegado.

A pesar de los años en Homicidios y de todo lo que ha visto, Alvar sigue sin acostumbrarse a la atmósfera sórdida y macabra —pero extrañamente aséptica— que envuelve la escena de un crimen.

Como siempre, tiene la sensación de que es su primera vez.

«Tranquilo, te costará solo las primeras veces; luego te acostumbrarás » , bromeaban sus compañeros en la academia; «Llegará el día en que no te afectará » , le aseguró uno de sus mentores.

Ese día todavía no ha llegado.

La intensa luz blanca de los focos instalados por la policía contrasta con la penumbra del resto de la vivienda y revela una escena de violencia extrema.

La víctima, un hombre de unos cincuenta años, yace en la bañera, encajado a la fuerza y sumergido casi por completo.

Todo está teñido de rojo, incluso la cortina, que deja entrever su blanco original en algunos puntos y cae cubriendo parcialmente el cuerpo.

Hay sangre por todas partes: suelo, paredes, lavabo…

El cráneo —apoyado en el borde de la bañera— está destrozado.

No queda una facción reconocible: las órbitas están reventadas, con uno de los globos oculares colgando de un hilo de tejido; la nariz está rota y parcialmente arrancada, y el maxilar es indistinguible de la mandíbula.

La parte inferior del rostro es un amasijo de carne y coágulos.

Fragmentos de piezas dentales astilladas sobresalen entre la masa sanguinolenta.

Pero la violencia no se detuvo en la cabeza: el cuerpo presenta cortes y magulladuras en todas las zonas visibles y, con mucha probabilidad, también múltiples fracturas óseas.

Sin embargo, no es el ensañamiento lo que más llama la atención del inspector.

En los azulejos, sobre la bañera, alguien ha dibujado un símbolo con sangre.

Nueve círculos entrelazados forman una pirámide invertida: cuatro en la base, tres en el centro y dos en el vértice.

En los tres centrales, trazados también con sangre, aparecen los números tres, siete y nueve.

Para él, esa es la señal inequívoca de que no están ante un simple ajuste de cuentas.

—Joder, ¿es el mismo que el de la otra víctima? —Alvar señala los trazos.

—Si no es el mismo, es muy parecido —responde Gisbert desde la puerta—. Los números coinciden, desde luego. Por eso te han llamado, ¿no?

El inspector se inclina sobre el cuerpo.

—¿Ya lo habéis identificado?

—Alberto Fernández Gandía. Cincuenta y dos años —responde su compañero—. Era el propietario del inmueble. Lo ha identificado el hermano. —Hace una pausa—. Al menos no tendremos que aguantar a la familia lloriqueando en comisaría; nadie lo va a echar de menos.

Alvar se vuelve y lo mira desconcertado.

—¿Qué? —suelta el veterano con una sonrisa cargada de intención—. ¿No me digas que no sabes quién es?

El inspector hace memoria y entonces cae en la cuenta.

—¿El asesino de Pilar Ampuero?

—Presunto asesino —corrige Gisbert—. Recuerda que fue absuelto.

—Ya. Todo el mundo sabe que es culpable.

—Según la ley, no. Pero estoy de acuerdo contigo. No puedo negarte que, por una vez, puede que el asesino nos haya hecho un favor.

Alvar no puede más que darle la razón. Recuerda perfectamente el caso por lo mediático que fue.

Durante meses, las noticias sobre el cruel asesinato de Pilar Ampuero y de sus dos hijos presuntamente a manos de Alberto Fernández Gandía —su marido y padre de los niños— copaban las aperturas de los telediarios y los programas de actualidad.

Aunque todo el mundo esperaba que fuera condenado a prisión permanente revisable, una argucia final de su abogado logró invalidar todas las pruebas que lo incriminaban.

La acusación se vino abajo y no pudieron demostrar su culpabilidad.

De este modo, el presunto responsable fue absuelto por falta de indicios y puesto en libertad.

Evidentemente, la opinión pública clamó en su contra.

Hubo manifestaciones, marchas solidarias pidiendo justicia para Pilar y sus hijos, incluso algunos grupos parlamentarios solicitaron formalmente que se reabriera el caso.

Pero nada se pudo hacer. En su momento se rumoreó que Fernández Gandía se había mudado a algún país de América Latina, lejos de la prensa.

Pero lo cierto es que su paradero actual seguía siendo un misterio.

—¿Qué hacía en Alcoy? Creía que estaba en el extranjero.

Gisbert se encoge de hombros.

—Según el hermano, había regresado hace poco más de un año. Supongo que no quiso volver a Madrid. Normal.

El sonido de unos tacones golpeando contra el suelo a ritmo acelerado interrumpe la conversación. Los policías se vuelven y salen al pasillo.

—Buenas noches, inspectores.

La comitiva judicial irrumpe encabezada por Sara Colmenar, la forense.

Alvar ha coincidido con ella en varias ocasiones y conoce bien su forma de trabajar.

A pesar de su juventud, la doctora impone autoridad.

Inteligente, metódica y extremadamente rigurosa, se ha ganado una reputación intachable entre sus colegas.

No esperaba encontrarla allí. Hasta donde él sabe, no es la facultativa adscrita al juzgado de instrucción de Alcoy.

—Buenas noches, doctora —saluda él—. ¿Cómo es que está usted por aquí?

—Estoy cubriendo la guardia de un compañero con gripe —responde ella, soltando un bufido de resignación. Se vuelve hacia el otro policía—. Soy la doctora Colmenar.

—Inspector Álvaro Gisbert —se presenta él. La recorre con la mirada antes de estrecharle la mano—. Adelante, la estábamos esperando.

Por la forma en que la observa, es evidente que la belleza de la doctora no ha pasado inadvertida para el inspector de Alcoy. Alvar sonríe para sí. Conoce a Sara lo suficiente como para saber que no tardará en darle un buen corte a su compañero si continúa mirándola con ese descaro.

Sara se asoma al cuarto de baño y permanece unos segundos inmóvil, contemplando la escena en silencio.

—¿Quién ha encontrado el cuerpo?

—Su hermano —se apresura a responder Gisbert—. Pero nos ha asegurado que no ha tocado nada.

La doctora se recoge en una coleta su abundante melena pelirroja, se pone unos guantes y se aproxima al cadáver para extraer sus primeras impresiones.

Tras tomar una muestra del líquido que inunda la bañera —y que entrega a uno de los policías de la Científica junto a varias instrucciones—, dedica unos minutos a examinar la cabeza de la víctima con sumo cuidado.

—Si tuviera que apostar —dice, sin levantar la vista del cuerpo—, me inclinaría por un traumatismo craneoencefálico como causa de la muerte.

—Eso es obvio, ¿no? —bromea Gisbert.

Sara se gira y lo fulmina con una mirada entre asqueada y furiosa.

—Pero tengo muchas dudas —continúa, volviéndose hacia el cadáver—, porque, al estar sumergido casi por completo, no puedo valorar otras lesiones que pueda presentar, aunque las sospeche.

Tampoco consigo precisar con qué fue golpeado.

Con respecto a la hora de la muerte —añade poniéndose en pie y quitándose los guantes—, la rigidez cadavérica sugiere que lleva muerto entre veinticuatro y treinta y seis horas.

De todos modos, no puedo confirmaros nada hasta que termine con la autopsia.

Ya sabes que me pondré con ella lo antes posible.

—Se dirige a Alvar, ignorando por completo a Gisbert—.

Quizá mañana a primera hora de la tarde pueda enviarte el informe.

Alvar intercambia unas últimas impresiones con ella y se despide. La forense desaparece por el pasillo en busca de su equipo.

Uno de los agentes se acerca con algo en la mano.

—Inspectores, hemos encontrado esto. Estaba en la mesita de noche, bajo una fotografía.

Se trata de una cartulina tamaño carné, de color rojo oscuro, con los números doce y cuarenta y ocho escritos en negro.

—Qué cojones… —exclama el veterano.

Alvar precinta la prueba en una bolsa de plástico y se dirige al dormitorio seguido de su compañero.

La estancia mantiene la línea de inmundicia del resto de la vivienda.

Sin embargo, le llama la atención lo despejada que está la mesita de noche.

En ella solo hay una pequeña lámpara y una fotografía enmarcada de Pilar Ampuero y sus dos hijos.

Es una instantánea tomada frente al mar en la que la madre abraza tiernamente a los niños, que sonríen a la cámara.

—No me digas que no era un verdadero hijo de puta —escupe Gisbert con la imagen entre las manos—. Con lo que hizo, y tiene los santos cojones de acostarse cada noche mirando la foto.

—No sabemos si la ha colocado el asesino a posteriori.

Alvar vuelve a mirar el contenido de la bolsa que aún sostiene. Intenta vincular los números de la tarjeta con los que ha visto en los azulejos del baño. Nada.

«Es pronto. Esto no ha hecho más que empezar», se dice.

A pesar de su juventud, la experiencia como detective de Homicidios y su formación en Criminología le advierten de que la investigación será ardua.

Están ante un crimen cargado de simbolismo y, lo que es peor, sin móvil.

Si se confirma la conexión con el caso de hace quince días —el motivo por el que su jefe lo ha enviado a Alcoy—, tendrán que enfrentarse a un asesino en serie.

Regresa al cuarto de baño para echar un último vistazo.

Los agentes de la Científica recogen los últimos indicios mientras se prepara el traslado del cadáver.

Aunque después podrá revisar decenas de fotografías tomadas desde todos los ángulos imaginables, necesita pasar el máximo tiempo posible en la escena del crimen.

Es una forma de grabársela en la retina.

—¿Nos vamos? —lo apremia Gisbert a su espalda—. Le acompaño a comisaría. —Lanza una mirada de asco a la bañera—. No me gustaría ser el que tenga que venir a limpiar toda esta sangre.

Alvar observa la textura densa del líquido, el brillo artificial bajo la luz de los focos. Un mal presentimiento le recorre la espalda.

—No creo que todo eso sea sangre.