El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 2
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Han sido pocas las ocasiones en que Aura ha tenido que comunicar la muerte de un paciente en quirófano. Nunca a unos padres.

Hasta hoy.

Camina apesadumbrada —junto a su compañero y los tres cirujanos— al encuentro de unos padres a los que van a dar una noticia de la que jamás podrán recuperarse.

No solo por el hecho de haber perdido un hijo, sino por saber que la muerte no fue debida a un accidente.

Fue él quien eligió morir. A partir de ahora vivirán con una pregunta que nadie podrá responderles: qué hicieron mal.

Eso será lo peor. «La naturaleza no debería permitir que unos padres sobrevivan a sus hijos », piensa con amargura.

Deja que sea su compañero quien tome la palabra.

El resto mantiene la cabeza baja y contiene la respiración mientras escucha el alarido de la madre, que llora y se derrumba, devastada por la información que acaba de recibir.

Aura siempre se ha considerado una profesional preparada para afrontar situaciones de estrés, pero esto la supera.

No sabe si es por las horas que lleva intentando salvar al muchacho o por los sonidos guturales que emite la mujer, pero, de golpe, nota que le falta el aire.

Murmura una disculpa y se aleja hacia el interior del bloque quirúrgico.

En cuanto llega al vestuario, se deja caer a los pies de su taquilla, hunde la cabeza entre las manos y comienza a llorar.

Al contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, morir en quirófano es bastante infrecuente. Mucho más común es, en cambio, que un paciente fallezca una vez ha llegado a la UCI. Pero en quirófano, pocas veces.

Para ella, esta ha sido la tercera vez. Pero nunca le había resultado tan duro como esta noche. Se lamenta por haber dejado solos a sus compañeros, pero no podía derrumbarse delante de esos padres.

Recuerda la primera vez que tuvo que dar una noticia de esa envergadura.

En aquella ocasión, el paciente tenía noventa y ocho años y lo estaban interviniendo para implantarle una prótesis de cadera.

Cuando salió a hablar con su hijo —un hombre de casi ochenta—, este se mostró comprensivo e incluso trató de tranquilizarla.

Con serenidad y entereza, el hombre le dijo que no se preocupara, que era consciente de que eso podía ocurrir.

Aun así, la muerte de aquel paciente la dejó afectada durante varios días, hasta el punto de cuestionarse si realmente servía para esa profesión.

El traumatólogo, quizá por el estrés del momento, la culpó de lo sucedido.

En aquel instante, ella se había ausentado del quirófano unos minutos para ir al baño, hecho que su compañero aprovechó para acusarla.

Le reprochó que, si ella hubiese estado dentro, el paciente no habría fallecido.

Se equivocaba, por supuesto. La causa de la muerte —un tromboembolismo pulmonar masivo por el paso accidental a la sangre del cemento empleado para fijar la prótesis— no podía haberse evitado, menos aún en un cuerpo tan frágil.

Pese a saber que no había tenido la culpa y que nada de lo que hubiera hecho habría evitado el desenlace, las palabras del traumatólogo la hirieron profundamente.

Días después, él la buscó y le pidió disculpas, pero el daño ya estaba hecho.

Lo de hoy, sin embargo, es muy distinto.

Se trata de una persona extremadamente joven, un adolescente.

Necesitará tiempo para recomponerse. A solas, aún sentada en el suelo del vestuario, piensa en el pobre chico, en el sufrimiento que debía de estar experimentando y en los motivos que han podido empujarlo a tomar esa decisión.

Su mente se detiene entonces en sus sobrinos, los hijos de su hermana Isabel.

Aunque todavía son pequeños, no puede imaginar qué sentiría si uno de ellos pasara por algo así.

Hace días que no los ve. No hace ni seis meses que, sentada en el sofá de su casa, prometió a su hermana que estaría más pendiente de ella, que no desaparecería durante meses, que estaría más presente en la vida de sus hijos.

Ese día se confesaron muchas cosas y se perdonaron otras.

Desde entonces, Aura ha intentado cumplir su promesa y va a visitarla cada vez que su trabajo se lo permite.

No obstante, el ritmo durante las últimas semanas —en las que ha ido encadenando una guardia tras otra— ha vuelto a espaciar sus reuniones.

Su hermana no le reprocha nada. Isabel también está muy liada últimamente, o, al menos, esa es la excusa que le da cuando ella la llama para disculparse.

Le dice que no se preocupe, que también tiene cosas que hacer, que disfrute de su nueva vida en pareja, que le dedique tiempo a la relación.

Sin embargo, la visión del chico de esta noche, tendido sin vida sobre la mesa de quirófano, la hace replantearse su futuro y sus prioridades.

Se incorpora con dificultad y se dirige al lavabo.

Tras mojarse la cara y la nuca, observa la imagen que le devuelve el espejo: la de una mujer agotada cuyos ojos —hinchados y con ojeras marcadas— son el reflejo del cansancio y el estrés de las últimas horas.

Se obliga a respirar hondo. Se promete, en un intento de consuelo, que irá a visitar a su hermana ese mismo día, cuando recupere algo del sueño perdido durante esa fatídica guardia.

Pero, de momento, debe recomponerse, volver con su compañero y aguantar el tipo hasta que llegue el cambio de turno.