El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2) 1
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El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2)

El círculo de los violentos (Serie Inspector Alvar 2)

Por Dolores Vallcop

© inepub.com

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Ferrán cierra su mochila, se despide de sus compañeros y sale del vestuario del polideportivo. Cruza las pistas de fútbol sin levantar la vista y abandona el recinto. Su madre lo espera fuera, con el coche en doble fila.

—Hola, cariño —saluda en cuanto su hijo se deja caer en el asiento—. ¿Qué tal el día? ¿Cómo ha ido el entrenamiento?

Ferrán se lleva la mano al cuello y lo masajea con fuerza.

—Bien —miente—. Normal.

—¿Seguro? —insiste ella antes de arrancar.

Él asiente con la mirada fija en el salpicadero. Con trece años recién cumplidos, sabe que su madre no puede ayudarlo. Por eso prefiere callar.

Todo empezó un año atrás, con el inicio de la secundaria.

Hasta entonces había sido inseparable de sus cuatro amigos de siempre, pero el instituto los repartió en clases distintas y el grupo se dispersó.

Al principio no importó. Se veían en los recreos, en los entrenamientos.

Pero ellos no tardaron en hacer nuevos amigos.

Ferrán, en cambio, se sentía cada vez más solo.

Quedaba el fútbol sala, su refugio. En la pista podía ser él mismo. Durante dos horas a la semana —más los partidos de la liga que jugaban—, se sentía libre. Después regresaba al aula. Y volvía el infierno.

Ni siquiera sabe cómo empezó todo. Quizá fue un comentario sobre su pelo.

O su delgadez. Mientras los demás pegaban el estirón y presumían de músculos, él conservaba una complexión infantil.

Ser introvertido y sus gustos por la lectura, el cine o la soledad lo convirtieron en el blanco perfecto.

Las buenas notas tampoco ayudaron. Tuvo que acostumbrarse a que lo llamaran empollón, pelota…

Y un día alguien escupió la palabra «maricón».

El coche se detiene frente al garaje de la urbanización donde viven, en la zona nueva de la Gran Vía. Alrededor hay parques, comercios, cafeterías y bloques modernos. Es un buen lugar para instalarse. Debe de serlo, a juzgar por el precio de las viviendas.

Su madre aparca y ambos suben en silencio hasta el sexto piso.

Al entrar, los recibe su padre, asomando la cabeza desde el estudio. Adrián, su hermano mayor, está tirado en el sofá, con el portátil entre las piernas.

—¿Te ha dado tiempo a hacer la compra? —pregunta a su marido.

—Sí, Clara —responde él con un hastío que no se esfuerza en disimular.

—¿Y la cena?

—En el horno. Cámbiate, que cenamos ya. He tenido un día de mierda y quiero acostarme temprano. —Se vuelve hacia su hijo menor—. ¿Qué tal el día, campeón?

Ferrán deja la mochila y le da un beso.

—Todo bien, papá.

Más tarde, tras la cena, se encierra en su habitación. Es tarde y sus padres querrían que durmiera, pero tiene que repasar para un examen. Si sus notas bajan, le quitarán el fútbol.

Saca el archivador y se pone a estudiar. El móvil descansa apagado sobre la mesita de noche. Conseguirlo no fue fácil. Tras meses de insistencia, sus padres cedieron con una condición: usarlo solo para emergencias o quedar con sus amigos. El resto del tiempo, apagado. Ese fue el pacto.

«Mejor así».

La última vez que lo encendió para preguntar unas dudas sobre un examen, lo que leyó de él en el grupo de clase lo dejó hundido durante una semana. Desde entonces lo mantiene en silencio y solo responde a sus amigos.

Las malditas redes.

Antes podía refugiarse en casa; ahora la humillación lo persigue también allí.

Acabó por contárselo a sus amigos. Las reacciones fueron parecidas. Uno le dijo que los ignorase. Otro repitió algo que oyó decir a su padre una noche: que «sacara los huevos» y les partiera la cara. Su hermano se ofreció a plantarles cara si él no se atrevía.

Su madre fue la única que lo escuchó de verdad. Acudió al instituto aquella misma tarde. La tutora le aseguró que activarían el protocolo de acoso.

Fue peor.

La respuesta del centro se limitó a un par de citas con una psicóloga que prometió mediar con los agresores.

Los abusos se intensificaron: encierros en el vestuario, empujones, humillaciones grabadas con el móvil…

Su madre atravesaba un bache en el trabajo; su padre no daba importancia a sus problemas. Optó por fingir. Calló. Se convenció de que podría soportarlo. De que, con el tiempo, se cansarían y buscarían otra víctima.

Y, en cierto modo, eso fue lo que ocurrió.

Ferrán aceptó el aislamiento con resignación. Se acostumbró a ser invisible, a pasar desapercibido. Se centró en el fútbol, en sus estudios y, durante unos meses, vivió protegido por esa coraza.

Hasta que la conoció.

Hasta que ella entró en su vida.

Desde entonces, los problemas del instituto casi le parecen chiquilladas. La verdadera razón por la que vive con un nudo en la garganta empezó hace apenas unas semanas.

Y eso sí que no puede contarlo.

A nadie.

Ella se lo hizo jurar. Le advirtió que, si hablaba, ella lo haría también. Que lo que habían estado haciendo podría meterlo en un problema muy serio. Que podría acabar en la cárcel. Le amenazó con destruir su futuro. Y el de su familia.

Hay días en los que siente que no puede más.

Querría desaparecer. Ser invisible de verdad.

Sueña con caminar sin miedo. Daría lo que fuera por no sentirse sucio.

Como si hubiera hecho algo imperdonable, aunque no entendiera exactamente qué.

Quisiera huir, pero solo tiene trece años.

No tiene dinero ni adónde ir. Además, ella nunca lo permitiría.

Está solo.

Últimamente fantasea con algo que al principio le daba miedo incluso pensar: desaparecer de verdad. Ha buscado en internet formas de hacerlo. Al principio era curiosidad; ahora le parece la opción más lógica. Le asusta morir. Pero no quiere seguir viviendo así.

Hace dos noches escribió una nota para su madre. Una despedida. Una carta de amor a su familia en la que les pide perdón y les suplica que no se culpen. Es, les explica, la única forma que ha encontrado de protegerlos.

Cuando está convencido de que todos duermen, saca el sobre del cajón del escritorio y lo deja sobre la almohada.

Sale de la habitación y cruza el pasillo descalzo.

Todo está a oscuras. Abre con cuidado la puerta de la terraza.

La noche es fría, pero serena, con un cielo sembrado de estrellas.

La luna llena tiñe de blanco casi todo lo que alcanza a ver.

Ferrán se encarama a la barandilla y mira hacia abajo.

El vértigo lo paraliza. Se esfuerza en contener un llanto que pronto le salpica los ojos.

Le tiemblan las piernas. Apenas puede respirar.

Durante un instante piensa en volver dentro, con su familia. Abrazar a su madre. Contárselo todo.

Lo que lleva semanas planeando ya no parece tan buena idea.

Pero ella regresa de golpe. El miedo. La culpa. El asco. El futuro está vacío; solo hay oscuridad. Un desamparo inmenso se adueña de él. La soledad lo abraza, lo acuna, le señala el camino.

Intenta resistirse. Piensa en su familia, en el dolor que va a causarles.

Pero ya no puede más.

Cierra los ojos.

Y se deja caer.