El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 46
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Capítulo 46

Capítulo Cuarenta Y Seis

Noah

De una patada empujo la puerta de entrada y entro en el edificio con Elina en brazos. Durante meses he evitado este consultorio. No solo por las miradas acusadoras de Helene, sino también porque en su rostro siempre veía el de Julian.

Pero hoy nada de eso puede afectarme. No después de que Elina y yo hemos hablado durante todo el camino hasta aquí. Nos lo hemos contado todo y ya no hay nada entre nosotros. Ni siquiera la pregunta de dónde podríamos vivir.

—Yo misma puedo ocuparme de mi tobillo —protesta la empapada Elina, no por primera vez desde que la saqué del barranco —. Al menos me permitió hacerle una primera cura en la herida de la cabeza.

Con una divertida sacudida de cabeza, me acerco al mostrador de recepción.

Clara levanta la vista de sus papeles.

—Oh. Dios. Mío.

De inmediato, Elina se revuelve en mis brazos.

—Déjame en el suelo. A partir de aquí puedo sola.

A regañadientes, la dejo en el suelo. En seguida echo de menos tenerla tan cerca.

—Pero el vendaje te lo pongo yo.

Ni siquiera considera mi objeción. Apoyada en el pie sano, se sujeta al mostrador.

—Necesito pomada de diclofenaco, un vendaje de compresión y una férula —le dice a Clara, que salta de la silla de un brinco.

—Y un par de muletas. Ahora mismo.

Con un solo movimiento apresurado, Clara se da la vuelta. Sus trenzas se balancean hasta rozarle las mejillas.

Ni siquiera un minuto después, regresa con las muletas. Apoyada en ellas, Elina avanza cojeando por el pasillo hacia las salas de tratamiento. Por un momento me quedo mirándola, negando con la cabeza.

Es una luchadora.

Mi luchadora.

De pronto, alguien me da un suave empujón desde un lado.

—Diviértete con la testaruda. —Clara me pone en las manos vendas, pomada y toallas, con una sonrisa burlona.

Sigo a Elina y la alcanzo sin esfuerzo antes de que llegue al consultorio.

Con toda la caballerosidad del mundo, le abro la puerta.

—Por favor, madame , tome asiento en la camilla de exploración. La atenderé de inmediato.

—Ni hablar. —En sus labios se dibuja una sonrisa deliciosamente traviesa mientras pasa cojeando a mi lado y entra en la sala. Entonces se queda súbitamente inmóvil.

—Helene —dice, sobresaltada—. No quería… Lo siento…

Me doy la vuelta de golpe y veo a la madre de mi mejor amigo sentada al escritorio, frente a la pared llena de estanterías.

—Hola, Helene.

Ella asiente en mi dirección.

—Noah.

¿Ha alzado un poco las comisuras de los labios? ¿Aunque solo haya sido una fracción de segundo?

La escruto un instante, pero su rostro sigue hermético.

—Elina necesita ayuda —digo deprisa—. Ahora mismo eso es lo más importante.

—No, no —protesta enseguida—. Por última vez: puedo vendarme yo sola. Solo es un esguince de tobillo. —Si no estuviera apoyada en las muletas, seguramente estaría agitando las manos en el aire, exasperada—. Y en cuanto termine, nos iremos otra vez. Lo prometo —añade, dirigiéndose a Helene.

Es raro. Elina y Helene siempre se llevaron bien. ¿O no? ¿Están tan tensas porque estoy yo aquí?

Seguramente.

Al fin y al cabo, Helene fue una de las que defendieron con más vehemencia la teoría de que yo tenía la culpa de la muerte de Julian.

Me odia.

Aun así, tengo que contárselo. Necesita saber lo que ocurrió en realidad. Solo así su resentimiento podrá desaparecer y ella también podrá dejar atrás el pasado.

Mientras Elina empieza a curarse sola, me acerco a Helene con decisión.

—¿Podemos hablar? —le pregunto con firmeza.

Al instante, se le llenan los ojos de lágrimas. Entrelaza los dedos y parece incapaz de estarse quieta en la silla.

—Tengo que...

—He recuperado la memoria —la interrumpo—. De pronto, todo volvió.

Ella alza las cejas. Mueve la boca, pero no logra articular palabra. Durante unos segundos, el único sonido procede de Elina mientras se cura.

—Creo que Julian ya estaba enfermo antes del accidente. Tenía algo en el estómago. Le dolía. Muy a menudo —digo con suavidad, porque esto seguramente no es fácil para ella—. Te acuerdas, ¿verdad? Incluso le recetaste pastillas para el estómago.

De pronto, se echa a llorar. Se levanta de un salto de la silla, se tapa la cara con las manos y camina hasta la ventana. A la luz de los rayos de sol que se cuelan a intervalos, veo cómo le tiembla todo el cuerpo.

Con torpeza, me coloco a su lado. Había imaginado muchas cosas, pero no esto. Como no se me ocurre nada mejor, la atraigo hacia mí y la rodeo con los brazos. Le acaricio la espalda con cuidado para consolarla.

—Lo siento mucho —solloza de pronto—. Es todo culpa mía.

¿A qué se refiere? ¿Por qué, de repente, se siente responsable de la muerte de su hijo?

Busco a Elina con la mirada; nos observa con la férula en la mano. Responde a mi pregunta muda con un gesto triste de la cabeza.

No me lo puedo creer.

—Nadie tiene la culpa de su muerte —digo con convicción.

Elina se acerca apoyándose en las muletas. Le acaricia con cariño la parte superior del brazo a Helene.

—Ni la mejor médica del mundo habría sospechado un aneurisma de aorta con los síntomas que tenía Julian.

Así que fue un aneurisma de aorta. Debió de romperse durante el accidente. Con razón sus constantes estaban tan mal y perdió el conocimiento de inmediato.

Con la cara hundida en mi hombro, Helene niega con la cabeza.

—Tendría que haberme dado cuenta.

Aunque no sé gran cosa, hay algo de lo que estoy seguro: se equivoca.

—Julian siempre le restaba importancia a lo que sentía. Nunca nos dejó ver lo enfermo que estaba en realidad.

Era así. Ni siquiera mi mejor amigo era perfecto. Como cualquier otra persona, tenía sus defectos.

—Si no quería comer, siempre decía que se había puesto morado en tu casa —dice Helene, separándose de mi abrazo y tocándose la frente con gesto pensativo—.

Y una vez lo pillé subiendo las escaleras a rastras, con una grave expresión de dolor en la cara.

Dijo que era cansancio después de una excursión.

Julian siempre tenía una excusa preparada, es verdad. Mientras Helene habla, me vienen a la cabeza varias situaciones en las que yo mismo tendría que haber sospechado algo.

En los minutos siguientes reunimos más recuerdos entre los tres. Sonreímos, reímos y lloramos con las escenas que nos asaltan. Sienta bien desahogarse y, por primera vez, siento paz interior cuando pienso en Julian.

—Lo ves, no tenías ninguna posibilidad —dice Elina con dulzura a Helene media hora más tarde, y luego fija la mirada en mí—. Y tú tampoco.

Lo sé. Después de meses de cargar con la culpa y dejar que me atormentara, por fin me siento libre.

Le debo a Elina que por fin vuelva a ser yo mismo.

Me giro hacia la mujer que lo significa todo para mí y la beso con tanta ternura que a los dos se nos corta la respiración. Cuando me aparto, tiene las mejillas encendidas. No puedo evitar volver a besarla justo allí donde su piel brilla por mi presencia.

Con todo el amor que vuelve a latir en mi corazón gracias a esta mujer, me vuelvo de nuevo hacia Helene.

—Empecemos de cero —le tiendo la mano—. Hola, soy Noah.

Con una sonrisa nostálgica y la nariz aún congestionada, coloca su mano en la mía.

—Helene. Encantada de conocerte.