El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

Capítulo Cuarenta Y Cinco

Elina

Durante horas intenté imaginar cómo sería volver a ver a Noah. Mil frases posibles que podría decirle se repetían en mi mente.

Pero en ninguno de esos escenarios estaba yo tirada en el suelo, empapada hasta los huesos. En ninguno de ellos tocaba su mejilla con los dedos llenos de barro, y jamás había imaginado que la lluvia le correría por la cara como torrentes.

Me quedo sin palabras. No solo porque él está aquí, sino porque veo algo en su expresión.

Algo que nunca había visto. Paz interior.

Lo miro con gesto interrogante.

Asiente. Al principio apenas, luego con más fuerza.

—Lo has conseguido —murmuro, y de pronto nada importa más que nosotros dos.

Me importa más que el hecho de que estemos a la intemperie, a merced de las fuerzas desatadas de la naturaleza, en medio de la nada. Más que mi dolor de tobillo y mi sensación de tener la cabeza embotada.

Apoyo las manos en el suelo para incorporarme, pero Noah me detiene.

Su rostro es puro amor cuando desliza con cuidado los brazos por debajo de mí. Su mirada sigue anclada en la mía.

A nuestro alrededor se levanta una neblina. La lluvia cae sin tregua sobre los dos, acompañada por un trueno intenso que me hace vibrar el pecho.

Dentro de mí se agolpan tantas palabras que quiero decirle. Lo miro hondo a los ojos.

—Lo siento tanto, Noah. Fui…

Me detiene al apoyar su dedo índice en mis labios. Desde ahí, su mano sube hasta la nuca mientras se acerca más y más.

Contengo el aliento. Se me cierran los párpados. El repiqueteo de la lluvia, de pronto, suena a música.

Siento la magia que hay entre nosotros, aunque aún no nos hemos tocado. Está tan cerca que su aliento me roza los labios.

Ahora me besa con una ternura que me envuelve por completo.

Me abandono y cedo a mi deseo. Dentro de mí no hay nada más que amor por este hombre, que para mí significa más que cualquier otra cosa en el mundo.

Nuestros labios se rozan con suavidad. Es como si sellaran una promesa que ninguno de los dos necesita decir en voz alta. Es como si ya no fuéramos dos mitades incompletas, sino un todo perfecto.

El retumbar de los truenos se va apagando poco a poco mientras nos besamos, como si no quisiéramos soltarnos nunca más.

Unos minutos después, Noah me suelta. Abro los ojos a regañadientes.

El mundo que nos rodea se ha transformado de pronto.

Algunos rayos de sol se abren paso entre las nubes y proyectan haces dorados sobre la tierra.

Todo brilla. En el horizonte se dibuja un arcoíris que se extiende por todo nuestro cielo. Aunque la lluvia sigue cayendo sin descanso sobre nosotros y golpea con estrépito las rocas a nuestro lado, alcanzo a ver todos los magníficos colores de nuestro futuro.

Noah me sonríe, rebosante de felicidad. Luego me alza en brazos como si me llevara sobre el umbral. Sus labios forman palabras que no alcanzo a oír. Pero no lo necesito. Porque puedo ver con absoluta claridad lo que me está diciendo.

—Y yo te amo a ti —respondo con una sonrisa dichosa, y en lo más hondo de mí siento que este es el comienzo de una vida nueva.