Capítulo 44
Capítulo Cuarenta Y Cuatro
Noah
La lluvia vuelve resbaladiza la superficie de los guijarros. A cada paso, me deslizo cuesta abajo, pero mantengo el control de mi cuerpo. Son mis pensamientos los que me cuesta dominar.
He subido hasta el Großer Semm. Ahora, menos de cien metros me separan de la entrada del barranco.
Levanto la vista, mientras las gotas de lluvia me azotan la cara.
Meterme ahora en el desfiladero no es buena idea. Hoy no es el mejor día.
Vamos, tomemos un desvío , me ruega Julian, igual que entonces.
Aun hoy niego con la cabeza.
—¿Hace un momento te quejabas de dolor de estómago y ahora quieres alargar la caminata? —Me vuelvo hacia él en mis pensamientos, examinando su expresión.
¿Qué pasa?
El labio inferior apenas adelantado. La mandíbula tensa. Ahora, un leve encogimiento del hombro izquierdo. Desaparecen.
No tengo motivos para desconfiar de él. No hay señales de que me esté mintiendo, así que asiento hacia el desfiladero y digo:
—Bueno, entonces...
En mi mente veo a mi mejor amigo pasar a mi lado y adentrarse por el estrecho sendero hacia el barranco del Semmtal como si nada malo lo esperara allí.
Yo, en cambio, me quedo clavado en el sitio. Mis piernas se niegan a seguirlo. Gotas de agua se desprenden del borde de mi capucha y me nublan la vista.
—No puedo hacerlo. —¿Y si sigo a Julian y encuentro ahí algo que no puedo soportar, algo aún peor que no recordar nada? ¿Y si en el barranco me espera una verdad que haga añicos por completo mi mundo?
Durante meses he levantado esta barrera segura. Es la única manera en que logro sobrellevar el día a día.
Nada se pierde del todo mientras no renunciemos a ello , susurra Elina muy quedo en mi interior.
Si estuviera aquí, a mi lado, todo sería distinto. Con su mano en la mía, entraría en el barranco. Juntos podríamos abrirnos paso hasta el lugar que cambió mi vida para siempre. Me sostendría la mirada con esos ojos suyos tan intensos y yo sabría que, con ella, podría con todo.
Pero se ha ido porque la alejé de mi vida. Estoy solo y tengo que enfrentarme a esto por mi cuenta.
—Por Elina —me digo. Me obligo a dar un paso. Luego otro.
El corazón se me dispara y me cuesta respirar.
Otro paso.
Julian me hace señas desde lejos.
—Vamos, que no tenemos todo el día.
Desde la distancia lo observo. Paree normal. Solo lleva la espalda un poco encorvada, pero siempre la tiene así. Me indica que me dé prisa.
Lucho conmigo mismo y bajo la mirada. El suelo bajo mis botas de senderismo está húmedo, igual que mis botas. Sobre mí, dos frentes se estrellan con estruendo.
¡Meterse corriendo en el barranco con esta lluvia es una locura!
—¡Demos la vuelta! —le grito a Julian a través del velo de lluvia.
¿También sucedió así aquel día? ¿Acaso llovía cuando entramos en el desfiladero?
No lo sé. Donde debería estar mi recuerdo, solo hay una mancha oscura.
Julian actúa como si no me oyera en absoluto. Sin decir palabra, se vuelve y avanza. Al poco, toma la primera curva y desaparece de mi vista.
Miro indeciso el sendero.
—Hazlo de una vez —me ordeno—. Nunca habrá otro momento mejor.
Nunca será fácil. Nunca llegará el día en que pueda entrar en este maldito barranco sin problema alguno.
Aprieto los labios y trago saliva. Luego, de pronto, me pongo en marcha. Mi pie pisa el sendero que se adentra en el barranco.
Ya está. He cruzado el umbral.
Me siento abatido. Una fuerza me aplasta los hombros y me oprime el pecho. Aun así, no retrocedo. Mis pensamientos están con Elina. Cuánto se alegraría si pudiera verme aquí ahora. Asentiría, satisfecha, y sus ojos brillarían.
Creo en ti. Y creo en nosotros. Estoy seguro de que eso es lo que diría. Solo por eso me atrevo a internarme en el barranco.
Bajo el aguacero, cruzo el puente de madera. Los tablones están tan resbaladizos como un lago de montaña helado. Una vez al otro lado del barranco, avanzo con cautela, poniendo un pie delante del otro. El sendero es estrecho y el suelo está resbaladizo. Con cada paso, cede un poco más.
Sin apartar la vista del suelo, sigo tanteando el camino hacia delante. De pronto, distingo huellas. Alguien debió de pasar por aquí hace poco. ¿O solo me las estoy imaginando? ¿Igual que llevo viendo a mi amigo muerto todo el día?
¿Quién se metería en el barranco con este tiempo? Nadie haría eso. Nadie está tan loco.
¡Un momento!
«Nadie está tan loco» . Eso fue lo que le dije a mi mejor amigo entonces.
Sí, así fue. Justo aquí, en este paso angosto donde estoy ahora, la tormenta nos sorprendió.
De pronto, la situación se perfila con total nitidez en mi mente. Y Julian vuelve a aparecer ante mis ojos, aunque sé que en realidad no está aquí.
—Tenemos que dar la vuelta —le digo, igual que entonces. Tiro a toda prisa de la funda impermeable de la mochila, aunque ya está todo empapado.
Mi amigo alza la mirada al cielo, tratando de calibrar la situación.
—Va a pasar rápido.
No, no va a pasar. Lo sé porque los recuerdos han vuelto de golpe. Ha estado diluviando sin tregua todo este tiempo. Incluso cuando llegó el helicóptero para llevarse a Julian, la tormenta no había amainado.
Tengo que conseguir que lo entienda. Si lo sabe, no seguirá caminando. Y entonces no caerá, y todo irá bien.
—Es posible —digo, aun sabiendo la verdad.
Igual que aquel día espantoso.
Mierda.
Julian se da la vuelta y sigue andando. Entonces, igual que hoy, voy detrás de él.
Se dirige hacia la siguiente curva.
Ahí fue donde ocurrió.
Alargo la mano para advertirle, pero no sale ni una palabra de mi boca. Con el corazón desbocado y la respiración entrecortada, lo observo impotente mientras desaparece tras una cornisa de roca.
Dios mío, ¡tengo que hacer algo!
Un grito desgarrador me llega a los oídos.
—¡Julian! —grito. En cuanto pronuncio su nombre, el pánico se desata dentro de mí.
Sin pensar en mi propia seguridad, echo a correr a toda velocidad.
—¡Ayuda! ¿Hay alguien? —Su voz suena demasiado femenina. Aun así, estoy seguro de que mi memoria me está jugando una mala pasada.
Sin aliento, llego hasta la cornisa de roca.
Un paso más y lo veré.
Y sabré si Elina tenía realmente razón.
A pesar de la lluvia ensordecedora, oigo los latidos de mi corazón. Siento la garganta oprimida, como si yo mismo estuviera apretando una soga con mis propias manos.
Tengo calor. Con los dedos inquietos, me quito la capucha del impermeable de la cabeza. Las gotas heladas me empapan el pelo al instante.
—¡Ayuda! —lo oigo gritar otra vez—. ¿Hay alguien ahí?
Tenso, aprieto los labios y contengo el aliento.
Y entonces lo hago.
Doy el paso decisivo.
La escena ante mis ojos es tan vívida que parece que el sol brilla con toda su fuerza, iluminando hasta el último rincón escondido.
Hay largas marcas de resbalones en la tierra que conducen directamente al borde del precipicio.
Forzando la vista para encontrar a Julian, bajo a trompicones.
Pero no hay ni rastro de mi amigo.
En su lugar, distingo a Elina.
La voz de antes. Era de ella.
Empapada de pies a cabeza, con el antebrazo despellejado y una mancha de barro en la mejilla, está en cuclillas en el suelo. Le falta el zapato derecho y tiene los ojos cerrados.
¿Es real? ¿De verdad está aquí? ¿O mi mente me está engañando?
Pase lo que pase, tengo que ayudarla.
—¿Qué ha pasado? —Bajo hacia ella tan rápido como puedo. Recorro su cuerpo con la mirada en busca de heridas.
Tiene una brecha en la parte posterior de la cabeza. Sus extremidades parecen ilesas, salvo el tobillo del pie derecho, hinchado al menos al doble de su tamaño normal.
—Elina, mi amor, ¿me oyes? —Acaricio su mejilla con cuidado, pero solo responde con un gemido ahogado.
De pronto, todo a mi alrededor cambia. El recuerdo irrumpe con violencia. Frente a mí ya no está la mujer a la que amo.
No. Es Julian.
Mi mejor amigo, de pronto, se encoge ante mis ojos, con el rostro deformado por el dolor. Esta imagen, que se abre paso a la fuerza en mi mente, es tan real que no soy capaz de distinguirla de la realidad.
Un dolor punzante me atraviesa el hombro, justo donde está la cicatriz de aquel día en que Julian murió en este barranco.
Sin dudarlo, igual que entonces, caigo de rodillas frente a él. Tanto entonces como ahora, siento la tierra húmeda calándose en mis pantalones.
El instinto se impone mientras examino su cuerpo en busca de lesiones.
—Apenas hay sangre —murmuro, desconcertado. Por cómo se retuerce y grita delante de mí, debería estar gravemente herido. Sin embargo, lo único que veo es una pequeña herida en la frente—. ¡Apenas hay sangre, Julian! —El miedo tiñe mi voz.
No responde. Solo se agarra el estómago y grita de dolor.
Alzo la vista hacia el precipicio.
Algo no encaja.
—Si solo te has deslizado unos metros —grito con un tono estridente para hacerme oír por encima del estruendo de la lluvia—, no debería haberte pasado nada.
Está claro que mi mejor amigo es incapaz de contestar.
Una inquietud creciente me atenaza mientras le tomo el pulso en la carótida. Es demasiado débil. Compruebo su respiración: apenas es perceptible.
Dios mío, ¿qué está pasando aquí?
—Solo tienes unas heridas leves.
No tengo ni idea de por qué te estoy explicando esto con un tono tan exigente. No cambia nada.
¿Cómo puede tener unas constantes vitales tan malas con solo unos cuantos rasguños? Aunque tuviera una fractura cerrada, su estado debería ser mejor.
—Julian, aguanta. A toda prisa, saco el teléfono del bolsillo de la chaqueta y llamo a emergencias. Los va a necesitar, estoy seguro. Doy los datos necesarios y luego vuelvo con mi amigo—. Están en camino, Julian. Ya vienen.
De pronto, su cuerpo se relaja por completo. La cabeza se le desploma hacia un lado.
Impulsado por un pánico lacerante, le sostengo la cara entre las manos.
—Quédate conmigo. ¡Háblame! —suplico, pero no responde.
Con el corazón desbocado, lo coloco en posición lateral de seguridad.
Quiero hacer más, pero no sé qué. No tengo el equipo necesario para evaluar mejor su estado.
—¿Por qué estás inconsciente? —pregunto, presa del pánico—. ¡No tiene ningún sentido!
Aquí hay algo que no cuadra. Su estado no se corresponde con su accidente.
¿Qué ha pasado?
Espera un momento. ¡Su estómago!
Sus gritos de dolor al principio de la caminata, aunque yo no lo toqué, quizá no eran fingidos. Y en la cima no quiso comer.
Por el dolor de estómago.
En mi mente regreso al instante en que encontré a Julian en el lugar del accidente.
Se sujetaba el estómago, retorciéndose de dolor.
Algo dentro de él le causa ese sufrimiento.
Me dejo caer al suelo. El frío y la humedad me calan en la parte de atrás del pantalón, pero casi no lo noto. Porque un pensamiento me devora.
Elina tenía razón.
Julian no está muerto por no haberlo salvado.
Está muerto porque nadie habría podido salvarlo.
Todo a mi alrededor da vueltas. El velo gris de la lluvia se espesa. Un relámpago poderoso desgarra el cielo.
—Ayuda —gime Julian.
Atrapado entre mi recuerdo y la realidad, apenas alcanzo a comprender lo que está pasando.
Confundido, lo miro.
Ya no está aquí. En su lugar yace otra persona.
Elina.
Sus párpados tiemblan un instante, luego alza la vista.
El mejor espejo en el que uno puede mirarse son los ojos de la persona a la que ama. Hanna me lo enseñó, y cuando Elina me mira, de pronto sé con absoluta certeza que esto es real.
Entiendo lo que tengo que hacer. Y en lo más hondo de mí siento que soy capaz de hacerlo.