Capítulo 42
Capítulo Cuarenta Y Dos
Noah
En cuanto llego a Lazarusweg, saco el teléfono del chaleco y cubro la pantalla para protegerla del resplandor del sol de la mañana.
Son las nueve y media.
Igual que entonces.
Por un instante cierro los ojos y agudizo el oído hacia dentro, en busca de mi recuerdo.
Ey, Noah . De pronto oigo la voz de Julian en mi mente y siento como si estuviera aquí conmigo.
Es mi mejor amigo. Aún lo es.
Me doy la vuelta e imagino que en realidad está de pie detrás de mí. Con su pelo medio largo y rizado, sus enormes gafas de pasta y su mochila pasada de moda. La imagen se vuelve cada vez más nítida, su sonrisa pícara y su figura enjuta ganan relieve.
Me duele verlo. Pero, al mismo tiempo, el recuerdo me abriga el alma. Desde su muerte no me he permitido pensar en él. Ni con tristeza ni con alegría. Estaba convencido de que me destrozaría.
Pero hoy es el día en que me enfrento al pasado.
Por mí. Y por un futuro junto a Elina.
—Eh —susurro tan bajo que casi ni yo mismo me oigo por encima del canto de los pájaros.
Parece que te acabas de topar con el propio Ötzi . Su risa me roza el oído. Está dentro de mí y hasta consigue que se me levanten un poco las comisuras de los labios.
—Bueno, pues vámonos de excursión, Ötzi —respondo y echo a andar con la misma mochila y la misma ropa de entonces.
Aunque Julian no está aquí, me empeño en sentirlo a mi lado. Es como si estuviera justo a mi derecha, sosteniéndome.
Cuando recorrí este camino con mi amigo, estuvimos bromeando todo el trayecto.
Pero hoy no tengo ganas de eso. Y, por lo visto, él tampoco.
En silencio, avanzamos por la senda del bosque.
Solo se oyen los sonidos del bosque: el crujido de las ramas, el susurro del viento en las agujas de los abetos y el leve correteo de los animales del bosque.
No tardo en llegar a la bifurcación que lleva a Semmtalklamm. Reduzco el paso y al final me detengo en el cruce.
Con el corazón desbocado, tomo el sendero que se adentra en el barranco.
Ahí fue donde pasó.
Ahí fue donde murió Julian.
El pecho se me agita con esfuerzo y las piernas me tiemblan.
De pronto, imagino la mano de Julian posándose en mi hombro.
Hoy el cielo está especialmente despejado Desde la cima del Großer Semm seguro que alcanzamos a ver algo más que Venus: Saturno, Júpiter y quizá incluso Marte .
Niego con la cabeza, divertido.
—Tú y tus estrellas.
Planetas, amigo mío. Planetas . Con el índice alzado y una expresión de profesor, me corrige.
Aunque hoy estoy aquí solo, lo veo con absoluta nitidez delante de mí. Me encantaría pasarle un brazo por los hombros con toda naturalidad y darle un codazo juguetón en el costado. Lo hice aquella vez y a cambio recibí una mirada furiosa de su parte.
Un momento. ¿De verdad estaba furioso? ¿O confundí lo que sentía?
Hago trabajar la memoria, incluso cierro los ojos para revivir mejor la escena en mi imaginación.
Sí, ahí está. Hace apenas unos instantes me estaba soltando su charla de astronomía y ahora se recoloca las gafas.
Niego con la cabeza, alzo el brazo y finjo darle un codazo en el costado.
Exclama una queja con expresión de dolor, aunque en realidad no llego a tocarlo.
Está gastándome una broma. ¿O no?
Hago todo lo posible por recordar, pero no acude ninguna imagen más. Durante una fracción de segundo lo veo entornar los ojos. Sin embargo, tampoco a ese gesto soy capaz de darle un significado claro.
Si ni siquiera soy capaz de recordar algo tan sencillo, ¿cómo voy a lograr rescatar de mi memoria el accidente en sí?
—Maldición —murmuro, dándome la vuelta y alejándome de la entrada del barranco del Semmtal. Si hoy se supone que todo tiene que transcurrir exactamente igual que aquel maldito día del otoño pasado, entonces todavía no debo entrar en el barranco.
Inspiro hondo para calmarme.
No puede pasar nada. Todo está bien. He subido al Großer Semm muchas veces, incluso después de la muerte de Julian.
Puedo con esto.
Cuando llegue a la cima, buscaré en el cielo los planetas que mi mejor amigo observaba entonces. Incluso llevo sus prismáticos en la mochila. Después del descenso, me enfrentaré al barranco. Tengo que llegar hasta el lugar exacto donde Julian dio su último aliento.
Solo de pensarlo, una oleada de náusea me recorre por dentro. Las dudas me asaltan, pero las aparto a un lado.
Nada está escrito. Primero subiré al Großer Semm. Lo demás vendrá después.
Voy a ser yo quien dé ese primer paso, eso seguro.
—Venga, una carrera hasta a la cima —le digo a mi mejor amigo, que ahora, en mi imaginación, se entretiene negando con la cabeza.