El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Capítulo Treinta Y Nueve

Elina

Absorta, juego con mi yogur helado con una cucharita de plástico. La superficie de la zanja que voy abriendo se licua enseguida.

—¿Subimos? —pregunta Maya, con la voz amortiguada, como si hablara a kilómetros de distancia.

Alzo la vista y el sol me deslumbra. A nuestro alrededor todo bulle de actividad. Familias pasan a toda prisa junto a nosotras. Un grupo de adolescentes se espatarra en uno de los bancos de madera bajo los castaños. Gritos eufóricos y olor a algodón de azúcar flotan en el aire.

—¿Qué?

Mi mejor amiga apoya las manos en sus casi inexistentes caderas.

—A la montaña rusa. Para eso hemos venido, ¿no?

Cierto. Lo de venir al Prater de Viena fue idea mía. Esta mañana, la conversación con la junta directiva del hospital Herzogen salió bien. Me dieron el puesto. Es una noticia genial, pero ni siquiera soy capaz de alegrarme.

El ajetreo del Prater se suponía que iba a distraerme. Confiaba en que, al inhalar aquí adrenalina pura, por fin lograría acallar el silencio opresivo que llevo dentro. Pero lo que me había funcionado a la perfección toda la vida, de pronto dejó de hacerlo.

En absoluto.

—¿Elina? —Maya me agarra del brazo y me obliga a detenerme—. ¿Volvemos a casa?

¿Casa? ¿Dónde está eso? Ahora mismo solo estoy de prestado en el chalé del novio de Maya, Josh. Ni siquiera he deshecho las maletas.

—No. No podemos romper una tradición. Vamos a subir al Megablitz —digo, con un remordimiento extraño, aunque ya sospecho que tampoco me va a animar.

Maya niega con tanta energía que sus pendientes demasiado largos y llenos de brillantina le cuelgan alternativamente hasta la punta de la nariz.

—Es una tradición estúpida.

Con los labios apretados, bajo la mirada.

—Pero es lo que siempre hacemos. —El Megablitz es la montaña rusa en la que me subo cada vez que una relación acaba.

Cada vez que me doy cuenta de que ningún hombre puede quererme.

Me subo tantas veces como haga falta hasta olvidar. A veces son tres, a veces siete. Pero al final, cuando mi dolor se cansa, llega la bajada buena, la que por fin me permite sacudírmelo de encima. Hoy será igual. Porque tiene que serlo.

Maya no parece convencida.

—Está bien —responde de todos modos, con una sonrisa forzada.

Mientras hacemos cola para la montaña rusa, terminamos en silencio nuestros vasitos de helado. En mis pensamientos estoy con Noah. Veo su cara enfadada y oigo la decepción en su voz. Otra vez alargo la mano hacia él en mi imaginación, pero no agarro más que aire.

—Sabes que estoy aquí para ti —susurra de pronto Maya—. Pase lo que pase, siempre puedes contar conmigo.

Trago saliva sin querer mientras avanzo un paso para acercarme a la gente que tenemos delante.

Cuando volví a Viena hace tres días, mis padres se lo tomaron con indiferencia.

Mis amigos de la universidad me recibieron con entusiasmo, pero desaparecieron en cuanto vieron que no me apetecía salir de fiesta.

Maya es la única persona que está ahí para mí.

—Gracias —acierto a decir—. Pero puedo con esto yo sola. —Hago una mueca—. No es la primera vez —añado con sarcasmo.

Veo en la expresión de Maya que quiere contestar. Pero duda, y eso está bien.

Porque ahora mismo ninguna palabra podría hacerme bien.

La fila sigue avanzando y, unos minutos después, por fin tomamos asiento en uno de los vagones de la montaña rusa. Me abrocho el cinturón y respiro hondo.

Esto tiene que funcionar. Porque, como siga todo como en los últimos dos días, no sé qué voy a hacer.

Apenas si percibo la señal de salida y el vagón se pone en marcha. Entre traqueteos, nos arrastran hacia arriba por los raíles de metal pintados de rojo oscuro. La altura me abre el horizonte, pero el corazón me sigue oprimido.

Llegamos a una zona plana.

Está a punto de empezar.

Cierro los ojos y aprieto los puños.

—Suéltalo —me susurro a modo de recordatorio.

Noto cómo el suelo bajo nuestro vagón desaparece en la nada. Ya nos estamos precipitando hacia las profundidades. Las fuerzas centrífugas me clavan contra el cinturón de seguridad. Los niños gritan, los adolescentes vitorean y Maya chilla a pleno pulmón.

¿Y yo? Extiendo los brazos de par en par. El viento me golpea la camiseta, me azota el pelo y seca las lágrimas que me corren por las mejillas.

El recorrido se acaba demasiado rápido. Nos damos el gusto de otro. Y luego de otro más. Una y otra vez subimos al vagón de la montaña rusa, pero el resultado siempre es el mismo.

Mi dolor sigue ahí. Y eso que, a partir del décimo viaje, ya no derramo ni una lágrima. Solo se me revuelve el estómago. Nada más.

—No está funcionando, ¿verdad? —me pregunta Maya, ya bastante pálida, cuando salimos del Megablitz por vigésima vez.

Con la mano apretada contra el estómago, niego con la cabeza. Porque no es solo eso. Siempre me he sentido a gusto aquí, en el Prater. En medio del bullicio, donde la vida late, yo también me sentía viva. Pero hoy el ruido me ahoga. La multitud me estresa.

Mi amiga me pasa un brazo por los hombros y tira de mí.

—Entonces vamos a probar otra cosa.

Como no se me ocurre nada mejor, la dejo que me lleve hasta el parque de al lado. Aunque aquí hay más calma, sigo sin poder respirar a fondo. Los gases de los tubos de escape lo impregnan todo y hasta alcanzo a oír el zumbido de los autos.

—Cuéntame otra vez exactamente qué pasó —me anima Maya con suavidad mientras avanzamos por el sendero de grava.

Ya lo he hecho. Y no sirvió de nada.

—Él no me quiere —respondo seca. Porque esa es la verdad, la única verdad.

Mi mejor amiga no me mira. Seguro que no quiere presionarme, y se lo agradezco.

—¿Y tú? ¿Tú le quieres?

Eso no viene al caso.

—Después de tu primer encuentro con él, estabas segura de que era distinto —me recuerda en voz baja.

En realidad, debería añadir que me advirtió sobre él más de una vez. Tendría que haberle hecho caso. ¿Por qué fui tan tonta de involucrarme con él?

—Y no es lo que acaba de pasar lo que me demuestra que de verdad es distinto. Es lo que tú has cambiado.

La mirada de Maya recorre mi cara casi sin maquillar y mi ropa informal.

Es posible que ya no sea la misma. Pero eso no cambia nada. Al contrario, solo empeora las cosas.

Maya enlaza su brazo con el mío. Juntas doblamos por un sendero angosto flanqueado por rosales. Unos cuantos pájaros picotean migas de pan entre las piedritas, junto a un banco.

—Entonces, ¿qué es lo que lo hace tan especial?

¿Qué espera conseguir con esa pregunta? ¿Que lo eche aún más de menos de lo que ya lo echo? La miro desesperada.

—Basta. Por favor. No tiene ningún sentido.

Ella se encoge de hombros.

—Entonces, ¿qué tiene sentido?

Detesto cuando tiene tanta razón. El Megablitz era mi última esperanza.

Simplemente no tengo otro plan para olvidar a Noah.

Con un suspiro hondo, dejo que mi mirada se pierda en el paisaje cuidado del parque que se extiende delante de nosotras.

Aquí todo está moldeado, no hay nada salvaje ni auténtico.

—Noah nunca me dejó coquetear con él —digo de pronto—. Era como su hermosa tierra natal. Indomable y áspero.

Maya camina en silencio a mi lado. Detrás de unos arbustos distingo una fuente. El sonido vivaz del agua al caer me llega a los oídos, pero este pedazo de naturaleza domesticada por manos humanas no puede compararse con lo que ofrecen las montañas del Tirol.

—En ningún momento me miró con esa codicia ansiosa con la que me miraron muchos otros hombres antes que él. No quería llevarme a la cama, no le interesaba mi éxito y, desde luego, tampoco mi apariencia llamativa. —Al contrario, todo lo que yo mostraba al mundo parecía repelerlo.

—Entiendo. —Con un gesto, Maya me anima a seguir hablando.

—Era como si siempre quisiera ver solo mi interior. A mí. A la verdadera yo. —Un dolor agudo me atraviesa el pecho y me deja sin aire.

Nos acercamos a la fuente y nos sentamos en su borde ancho. Con la mirada sigo las hojas de un verde intenso que flotan sobre la superficie agitada del agua. La corriente las arrastra hasta la orilla, donde el agua se serena.

—Solo cuando el agua reposa ante ti puedes reconocerte en ella —murmuro.

Las palabras profundas de Hanna me obligan ahora a inclinarme hacia delante y buscar mi reflejo en el agua. Pero no hay nada. Apenas distingo contornos borrosos.

¿Cómo pudo Noah fingir que me veía si yo ni siquiera soy capaz de verme a mí misma?

Maya me acaricia la espalda con delicadeza.

—Es un pensamiento precioso.

—Noah no puede hacer eso. —De pronto lo comprendo—. Él tampoco puede verse a sí mismo.

Igual que yo.

Los dos estamos ciegos.

Cada uno a su manera.

—Tú me ayudaste a verme a mí —susurra Maya de pronto, tan bajo que apenas la oigo.

Aun así, sus palabras llegan sin esfuerzo hasta lo más hondo de mí. Alzo la mirada y la encaro directamente.

—¿De verdad?

En lugar de responder, solo asiente. Y no hace falta nada más, porque el día en que Maya se desprendió de su pasado es algo que nunca vamos a olvidar. En mi mente retrocedo. Hasta donde me alcanza la memoria.

Durante años mantuvimos en secreto su infancia. Yo la encubrí porque eso era lo que Maya quería. Por miedo a que se apartara de mí. Para que le agradara. Pero al final, lo único que conseguí fue apuntalar su huida constante de sí misma.

—Solo quería ayudar a Noah. Una visita a un experto le habría hecho ver que él no tiene la culpa de la muerte de Julian. —Negando con la cabeza, observo el agua golpear con suavidad el borde de la fuente—. Tenía que volver a ser feliz y disfrutar de la vida.

Apenas pronuncié la última frase, sentí hasta qué punto era verdad. Sorprendiéndome a mí misma, abrí mucho los ojos. Porque en ese instante comprendí qué es lo que realmente distinguía a Noah de todos los otros hombres que me habían decepcionado en los últimos años.

Es el primero que no solo me quiere a mí.

Ninguna de mis aventuras fue nunca real.

Solo calmaban por un momento mi anhelo de ser amada y vista.

Lo que yo sentía por esos hombres nunca importó.

Ellos me daban lo que yo necesitaba con desesperación, y yo lo aceptaba, dejándome envolver por una falsa sensación de felicidad cuando no podía tener una felicidad verdadera.

Aunque cueste creerlo, es verdad. Uno tras otro, los hombres me decepcionaron y yo me abandoné a mi dolor irreal. Sin oponer resistencia.

Da igual que Noah me quiera o no. Siento algo con una claridad absoluta: que yo lo quiero a él. Tanto, que haría cualquier cosa por verlo feliz.

—Este hombre ha roto mi maldición —balbuceo.

—¿Qué maldición? —pregunta Maya, dándome un pequeño empujón en la parte alta del brazo.

Alzo la vista hacia ella.

—La felicidad es como un lago de montaña.

El brillo engañoso de la superficie solo aparece cuando el sol le da desde fuera.

Pero, para encontrar el verdadero tesoro, hay que bucear hasta el fondo —repito lo que Noah me enseñó.

Con cada palabra que pronuncio entiendo un poco más.

Es como si me viera reflejada en una lámina de agua inmóvil y, por fin, reconociera qué es lo que me define en lo más hondo.

—Desde que tengo memoria, he intentado ser la hija perfecta. Soy obediente y trabajadora. Soy modesta. Ayudo en todo lo que puedo —miro fijamente a mi mejor amiga—. Y hago todo eso solo para que me quieran.

Esa no soy yo. La chica de ciudad, ambiciosa, subida a unos tacones y con notas perfectas… ¡esa no soy yo! La especialización en medicina no va a hacerme feliz. Y la idea de que podría salvar a mi hermano y, por fin, hacer que mis padres se sientan orgullosos no es más que una ilusión.

El Tirol me hizo feliz. La consulta rural de Helene, con sus pacientes entrañables. La vida apacible, en armonía con la naturaleza, salpicada puntualmente con un poco de acción.

Y Noah, que no se interesó ni un segundo por mi brillo superficial, sino que miró directamente a las profundidades de mi ser.

Dios mío, eso es.

De pronto, todo se me vuelve más nítido que nunca. He estado persiguiendo un sueño falso toda mi vida. Creí que, si me esforzaba lo suficiente, podría curar a Aaron y, por fin, recibir el cariño de mis padres.

—¿Qué valor tiene el amor si es condicional? —Eso es. La pregunta que ha estado enterrada en lo más hondo de mí y que ahora sale a la superficie. Sé la respuesta—. Ninguno —digo con firmeza.

Maya me mira, asombrada. Es evidente que se ha quedado sin palabras, pero no hace falta que responda.

Invadida por una oleada de energía desconocida, me incorporo de un salto del borde de la fuente.

—Tengo que irme —anuncio—, porque no me queda tiempo que perder.