El cielo que buscamos (Amor y otros sueños 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Capítulo Treinta Y Siete

Elina

Tengo los hombros pesados, los párpados hinchados. Me siento como un fantasma. Ni aquí ni del todo ausente.

En este estado no debería estar trabajando. Y, de hecho, hoy tengo el día libre. Al fin y al cabo, Noah y yo deberíamos estar en Múnich.

La visita de ayer a Klaus debía ser el primer paso para que él empezara a superar su trauma.

Se suponía que íbamos a reír juntos. A besarnos hasta quedarnos sin aliento. Y a sentir cómo nuestro amor nos llenaba de calor y seguridad.

Pero aquí estoy. Y estoy sola.

Desde que Noah salió hecho una furia de la consulta de Klaus, mi antiguo profesor, no lo he vuelto a ver.

No responde a mis llamadas ni me abre la puerta.

Me devolvió sin abrir la carta en la que le explicaba todo.

Si la cabaña de Hanna y Florian no hubiera estado libre por casualidad, ni siquiera habría tenido dónde quedarme.

Maldición. Cuando, investigando, descubrí que Klaus tenía consulta en Múnich, no podía creer mi suerte. El plan era perfecto. ¿Cómo pudo salir tan mal?

—Vaya. —Clara se cruza conmigo en el pasillo y me mira con una sonrisa traviesa—. Vaya fiestón os montasteis en Múnich.

Absorta en mis pensamientos, asiento. Hasta subir y bajar la cabeza me resulta un esfuerzo.

Clara enlaza su brazo con el mío y me arrastra hacia la cocina.

—Primero, un café bien cargado. Y luego quiero que me cuentes todo, absolutamente todo, sobre el viaje.

Un suspiro agotado se me escapa de los labios. ¿Qué se supone que debo decirle? En las últimas veinticuatro horas han pasado tantas cosas que mi mente es un completo caos. Ya no sé nada.

Ni quién soy. Ni qué estoy haciendo. Y desde luego no por qué sigo aquí.

Solo hay una cosa tan nítida que consigue atravesar el gris de mis pensamientos: Noah no me quiere. Y quizá nunca me quiso.

Sí. Es igual que todos los demás hombres que querían conquistar el mundo por mí y que, unas semanas después, me arrancaban el suelo bajo los pies.

—Seguro que quieres una taza enorme, ¿verdad? —Oigo la voz amortiguada de Clara como si me llegara a través de algodón.

Sigue tirando de mí. Abre una puerta. Me guía hasta una mesa robusta de madera maciza.

Me dejo caer en el banco esquinero como una piedra en el agua y bajo la mirada. Las vetas de la superficie de la mesa se desdibujan ante mis ojos.

¿Cómo he podido ser tan ingenua otra vez?

No quise hacer caso a Clara, a Helene ni a Maya. Todas me advirtieron. Y aunque Noah nunca fue peligroso ni lo será en el futuro, sus palabras de ayer me hicieron más daño que cualquier acto podría haberme hecho jamás.

—Aquí tienes. —Clara deja una taza de café rebosante delante de mí y se sienta en la silla de madera de enfrente. Luego apoya los antebrazos en la mesa y se inclina hacia mí—. Dispara.

En silencio, rodeo la taza con las manos y doy un buen sorbo, aunque sé que no va a servirme de nada.

Nada puede ayudarme.

—Noah me ha dejado —digo con la voz temblorosa.

La expresión vivaz de Clara desaparece al instante. Se le marcan hondos pliegues en la frente cuando alarga las manos para tomar las mías.

—Mierda.

Al menos no me pide detalles. Le dedico un asentimiento agradecido.

—¿Qué puedo hacer por ti? —pregunta. Se le nota en la cara que haría lo que fuera por ayudarme.

Si no tuviera los labios paralizados, ahora sonreiría.

—Eres una gran amiga, Clara. Pero no hay nada...

—Puedo ir a por helado. O nos tomamos algo —propone, alzando las cejas con aire conspirador—. ¿Quieres hablar o estar sola?

Me encojo de hombros, insegura. No tengo ni idea de lo que quiero. Y mucho menos de cómo seguir adelante desde aquí. Semmtal es tan pequeño que Noah y yo seguro que nos cruzamos en nada. Él afronta los problemas encerrándose y aislándose. Estoy segura de que ni siquiera me va a mirar.

—¿Qué es lo peor que se le puede hacer a una persona? —le pregunto a Clara, sin pensarlo.

Ella me mira, desconcertada.

—¿Asesinato? —pregunta, perpleja.

—Ignorarla —respondo, negando con la cabeza, abatida—. Hacer como si la otra persona no existiera. —No tengo ni idea de cómo se supone que voy a soportarlo.

Por el rabillo del ojo veo que Clara juguetea con sus dos trenzas.

—No entiendo —dice.

Y ahora no puedo explicárselo. Porque si lo hiciera, me pondría a llorar aquí mismo.

—El trabajo me va a distraer —digo deprisa, intentando incorporarme un poco—. Todavía tengo mi empleo. Aquí, en la consulta, puedo hacer el bien y al menos sentirme necesaria durante unas horas. ¿Cuándo abrimos?

Justo cuando Clara alza la vista hacia el reloj de la cocina, la puerta se abre de golpe. Una Helene completamente enrojecida entra en la sala y se dirige hacia nosotras a toda prisa.

Su mirada frustrada está prácticamente clavada en mí.

—Necesito hablar contigo. En mi sala de tratamiento —dice, haciéndome señas para que me levante enseguida—. Ahora.

No hace falta haber dormido bien para ver que está estresada. Y ni siquiera hace falta ser capaz de hilar un solo pensamiento claro para saber que la culpa es mía.

¿Qué he hecho?

Esta pregunta me acompaña mientras voy tropezando detrás de Helene, que cruza la consulta a toda velocidad. Solo puede tratarse de una cosa.

Bueno, al menos tengo una buena noticia para ella.

—Si se trata de Noah... —digo, cerrando la puerta de la sala de tratamiento a mi espalda.

Ella alza la mano de inmediato para hacerme callar.

—No me hiciste caso.

No, no lo hice. Pero, maldita sea, tendría que haberlo hecho.

—¿Cómo pudiste salir con él? Todo Semmtal habla de tu aventura romántica en Múnich.

—Da vueltas por la sala, inquieta, mientras yo me dejo caer, agotada, contra la puerta fría.

De pronto se detiene en seco y se vuelve hacia mí con una expresión suplicante en el rostro—. Ese hombre ha hecho cosas terribles.

—No, no es cierto. —No tengo ni idea de por qué estoy defendiendo ahora a Noah, sobre todo después de que dejara tan claro lo poco que valora mi ayuda.

Aun así, no puedo evitarlo. La verdad tiene que salir a la luz—.

Nadie habría podido hacer nada por Julian aquel día fatídico.

Ni siquiera tú. Ni yo —añado sin más explicaciones.

Doy por hecho que ella conoce la historia como todo el mundo aquí.

Un estremecimiento violento le recorre el cuerpo.

—Él dejó que Julian muriera. Así, sin más.

¿Son lágrimas lo que le veo en los ojos?

—Creo que Julian estaba enfermo. Mucho antes del accidente —intento explicarle, porque, por mucho que sea mi jefa, no puedo quedarme tranquila con su negativa a creerme.

Negando con la cabeza, me mira desde el otro extremo de la sala. Cruza los brazos con tanta fuerza delante del pecho que parece que intentara sujetarse a sí misma.

—Tonterías.

—Mi teoría es que sufrió un aneurisma de aorta abdominal. —Una dolencia que, por lo visto, ella no supo reconocer, a pesar de que estaba bajo su cuidado—. Que se rompiera después de aquella caída inofensiva fue pura coincidencia.

Sus ojos se abren de par en par. El pánico le inunda el rostro y enseguida se transforma en rabia.

—Mi niño no tenía ningún aneurisma —me grita con una voz estridente.

¿Perdón? ¿Acaba de llamar a Julian «mi niño»?

En un instante, las piezas del rompecabezas encajan en mi cabeza.

¡Claro! El hecho de que Noah se negara en redondo a que ella lo tratara. Las fotos de la cocina: son imágenes de fenómenos celestes. Las hizo Julian. Y él no tiene historial médico porque ella lo atendía en privado.

Atónita, la miro a la cara demacrada.

—Era tu hijo —digo antes de comprender del todo lo que eso significa.

Su propio hijo estaba enfermo. Y ella no se dio cuenta.

No puede existir castigo mayor para ningún médico en este mundo que esa culpa.

Doy un paso hacia ella y extiendo la mano.

—Lo siento mucho, Helene.

Parece una estatua. Fría. Dura. Inamovible.

—Está claro que Noah te manipuló. ¿Si no, por qué ibas a hacer un diagnóstico tan descaradamente erróneo y seguir convencida de que es correcto?

Ahora Helene parece hablar más consigo misma que conmigo. Como si su mente buscara a tientas una forma de sostener su visión del mundo, solo para no asfixiarse con su propio fracaso.

Aunque entiendo todo esto, sus palabras me golpean con tanta fuerza que las piernas dejan de sostenerme. Nunca he hecho un diagnóstico equivocado. ¡Soy una buena médica!

—La medicina es un honor. Y conlleva una responsabilidad especial —dice de pronto con un tono tan distante que me siento aún más sola que antes.

Frunzo el ceño. ¿A qué viene este cambio de tema? ¿Qué intenta decirme?

El labio inferior le tiembla.

—No contrataría a alguien en quien no puedo confiar.

—Pero sí puedes…

No consigo terminar la frase. No porque Helene me interrumpa, sino porque a mí misma se me agota la fuerza.

Me mira fijamente con los labios apretados.

—Contratarte fue un error.

No. ¡No puede decir eso! Soy importante. Una gran empleada. Me necesitan. Eso es lo que tengo que creer. Esa es la fuerza que me ha impulsado a superarme toda la vida.

¿Cómo puede fingir que no es así?

Quizá porque sí es distinto.

Quizá de verdad no sirvo para nada.

Quizá mi vida sea tan insignificante como la de un insecto.

—Haz las maletas —dice Helene con tono helado—. No quiero volver a verte aquí.

¿Así termina todo? Ni siquiera la consulta rural perdida en el fin del mundo me quiere ya. Soy incapaz de mantenerme alejada de los hombres.

¿Cuántas pruebas más necesito para admitir por fin la derrota en mi búsqueda de reconocimiento de toda la vida?

Necio es quien sigue luchando incluso cuando ya ha perdido.

No puedo ayudar a nadie. Ni a mis pacientes. Ni a mi hermano. Ni siquiera a Noah.

Ni siquiera a mí misma.

—Ya no necesito mis cosas —digo con la voz estrangulada. ¿Para qué sirve el estetoscopio, al fin y al cabo? ¿Para escuchar el temblor incontrolable de mi propio corazón roto?

No. Puede quedarse aquí. Junto con todo el dolor que dejó en mí el rechazo de Noah.

Con los ojos llenos de lágrimas, salgo disparada de la consulta. Clara me llama, pero ya no quiero oírla.

Necesito alejarme de aquí.

Tengo que irme de este lugar antes de que todo lo que ha pasado aquí termine por consumirme.

Todo lo deprisa que me permiten mis piernas agotadas, echo a andar hacia la casa de Noah. En realidad, está demasiado lejos para ir a pie, pero no tengo otra opción.

Inevitablemente, mientras camino imagino qué le diría si llegara a encontrarlo allí.

«Solo quería ayudar, ¿no puedes entenderlo? Nunca vas a sanar si no superas tu trauma. ¿De verdad quieres vivir así? ¿Para siempre?»

Vaya pregunta. Claro que quiere vivir así. Una vida sin mí le parece preferible a enfrentarse al pasado.

Eso es lo que significo para él.

Ya no puedo contener las lágrimas. Sollozando, avanzo por el sendero del bosque. Cuando llego al claro, ya he agotado todos los pañuelos y también mi paquete de emergencia de malvaviscos.

Sorbiéndome los mocos, entro en casa.

Por supuesto, él no está aquí, ya que me dijo que estaría en el trabajo. Y tampoco aparece mientras guardo mi ropa en las maletas y lleno el neceser.

No tardo ni media hora en recoger todas mis cosas y dejarlas en el porche. Pido un taxi y escondo la llave de la casa en el escondite que Noah me enseñó. Luego me dejo caer en una de las sillas de madera hechas a mano y dejo que la mirada se pierda.

Miro el lago, que, irónicamente, hoy brilla aún con más intensidad que nunca.

Suspirando, bajo la vista hacia el bolso que tengo sobre las rodillas.

Luego abro la cremallera y saco la carta que escribí para Noah.

Una ráfaga de viento casi me arranca el sobre de las manos.

Esas palabras eran mi última oportunidad de llegar hasta él.

Un intento demasiado apasionado de hacerle entender que, de un modo u otro, no puede seguir evitando afrontar su trauma.

Ahora casi me avergüenza haber escrito siquiera el texto. Noah ha dejado más que claro que rechaza mi ayuda. No es de extrañar que no quisiera la carta.

Es evidente que ni siquiera vale el papel en el que están escritas las palabras. Debería quemarla justo aquí, donde hace apenas unas semanas nos miramos a los ojos junto a la hoguera y yo creí de verdad estar viendo su yo más profundo.

—Eres tan increíblemente necia.

Aunque duela, tengo que decirlo en voz alta. Porque, en el fondo, mi corazón sigue deseando que Noah aparezca en ese mismo momento. Que me vea sentada aquí con el equipaje y se dé cuenta de lo mal que ha salido todo.

Pero el taxi que he pedido es el único vehículo que entra en el claro, entre los árboles que se balancean con el viento.

—Él no te quiere. Cuanto antes lo entiendas, mejor.

Inspiro hondo. A partir de ahora, tiene que ser como arrancarse una tirita de golpe.

Rápidamente.

Meto la carta bajo el asa de una de las maletas y tomo la primera bolsa de viaje para meterla en el coche. El taxista me ayuda y, en menos de cinco minutos, todo está cargado en el vehículo. Cierro el maletero, me aparto el cabello de la cara y me doy la vuelta una última vez para mirar la casa.

El porche está vacío. El edificio parece tan desierto como el día en que llegué aquí por primera vez.

Mi presencia no ha dejado huellas en este lugar.

—Adiós, Noah —susurro.

Luego bajo la mirada, abro la puerta del copiloto y subo al taxi.